5 Extraños hábitos

Bueno, gracias a La Madam, he sido escogido para este juego. Es un honor, aunque quizá mencione más información de la que quieran saber. Hay cosas que no se pueden olvidar una vez se ven o leen. Quedan advertidos.

El juego… Menciono 5 hábitos raros (míos, por supuesto), entonces escojo 5 blogueros (¿será aceptada esta palabra?) para que hagan lo mismo. Simple. Revelador. Bochornoso…

1. Tengo una concentración absoluta. Si estoy leyendo o jugando un juego, no respondo al resto del mundo. Si alguien me pregunta algo, sólo respondo “ajá” y después de un rato pregunto: “¿Dijiste algo?”. Existen personas que no soportan eso… no sé por qué.

2. Mi imaginación es muy… activa. Hay veces que me quedo en un trance imaginándome la trama de algún cuento, o reviviendo una escena de una película. A veces imito las acciones que imagino.

3. Se me hace difícil sentarme derecho. No sé por qué, pero sólo estoy cómodo si estoy casi acostado en la silla.

4. Corrijo sin pudor. Ya sea la palabra escrita o dicha. No importa quién sea. Le pueden preguntar a cualquiera.

5. No puedo resistir hacer comentarios cómicos, sarcásticos, irónicos o crípticos. Se me hace imposible cuando se me presenta la oportunidad de hacerlo. La mayoría de las veces no me importa si soy el único que le ve el humor al comentario.

Sí, ya sé. Mi advertencia estuvo demás. Creo que la lista es más advertencia que nada, je, je.

Bueno, ahora mis víctimas (lo cual me recuerda a algo que hacía mi papá. Salia a la sala de espera del su consultorio y decía ¡próxima víctima! Era dentista…):

1. Boreales, de Yolanda Arroyo
2. Mere Mores, de Alma Rivera
3. Nada del mundo real, de Isabel Batteria (escogería a Áxel, pero entre los dos se quedan sin espacio en la red… je, je… ¡los quiero mucho!).
4. Diario de una estudiante y otros cuentos, de Jenifer Pagán
5. La nave de los locos, de Maribel Ortiz

Bua, ja, ja, ja (Risa malvada)

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Luz entre sombras

Los días negros son necesarios, creo fielmente en eso. Sin ellos no podríamos apreciar los buenos. Todo depende en saber apreciar esos momentos cuando llegan. Puede ser ver viejos amigos, oír un chiste o presenciar una situación surreal. Cuando era más joven (y sabía todo, jeje), me hubiese reído al leer lo que acabo de escribir. Ahora sé apreciar los detalles mejor.

Pues, ¿qué les cuento? A ver. Comenzaron las clases y parece que el seminario va a ser fuerte, pero interesante. Estudiar con Mario Cancel es un honor y un placer. Si algún día tienen la oportunidad de hacerlo, háganlo sin reparaciones. Ahora bien, nos toca bastante lectura, pero hay flexibilidad en la lista y estoy muy agradecido.

He pasado las últimas noches leyendo cuentos para la clase y viendo (por no sé cuántas veces) algunos capitulos de las serie inglesa Blackadder, en específico la cuarta, y última, temporada. Trata de un personaje recurrente (ficticio, por cierto) en la historia inglesa durante la Edad Media (1ra temporada), el Renacimiento (2nda), siglo 18 (3ra), y la Primera Guerra Mundial (4ta). La primera temporada se puede descartar, pero las demás son joyas. Si te gusta Monty Python, de seguro te gustará Blackadder.

Hace poco terminé un cuento, pero aún lo reviso. Pronto lo verán aquí, con su explicación acerca de cómo llegó a ser. Además estoy escribiendo otro que va más por la vena fantástica, pero le falta bastante todavía.

El viernes fui a las fiestas de la Calle San Sebastián y la pasé súper bien. Vi personas que no había visto desde el año pasado y otras que no había visto en más de tres años. Las reuniones continúan esta noche, ya que voy a ver a varios ex compañeros de clase (¡de escuela superior!). Personas que no he visto en 18 años (!). Me parece interesante ver cómo han madurado (o no), qué han hecho y siempre salen secretos viejos a la luz… cosa de la cual pienso aprovecharme (sonrisa maquiavélica… carcajada… sonrisa).

Sigo tratando de aprender a tocar la guitarra (estoy seguro que los vecinos me aman… es eléctrica). Espero llegar a la etapa donde comience a sonar a música en vez de ruido. Por lo menos ya no es ruido prohibido por el tratado de Ginebra… sólo ruido. Mi meta es poder tocar y cantar al menos una canción antes de las próximas navidades.

Bueno, esto se alargó más de lo que pensaba, así que corto por ahora. Seguiré contando…

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Días así

Cuando nadie tiene una palabra bonita para uno y encuentras que las que te dicen sólo te hacen sentir peor.
Acciones e inacciones que pesan en contra de uno.
Días en que la preciada soledad pesa. Que los antiguos vicios te llaman y los existentes te agarran mejor.
Por más detestables que sean uno trata de aferrarse a la idea de que el próximo será mejor.

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Porque es casi obligatorio tener una entrada en esta fecha…

Curiosamente, camino al trabajo tropecé con un gato negro, causando que cayera debajo de una escalera, después de jugar el número 13 en el pega dos…

Pero, fuera de broma, quería recomendar este cómic de Warren Ellis. Se llama Fell y la primera edición se puede leer aquí. Es uno de los mejores que están saliendo estos días. Me dejan saber qué opinan.

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Cuento: Día a día

El primer cuento que publico aquí en el año, sin embargo, lo escribí más de dos años atrás. Muy apropiado para este cuento, como verán. Je, je. Después del final, les explico cómo me surgió la idea…

Día a día

-Es bueno verlo otra vez, señor Juan -dijo el vagabundo-. Después del accidente de ayer, no pensé volverlo a ver.

No sabía cómo supo mi nombre, pero tampoco pregunté. Captó mi atención con lo que había dicho del accidente.

Contesté que me confundía con otra persona, ya que no había sufrido un accidente en años.

-No… ¡Era usted! –insistió-. Me alegro de verlo saludable. ¡Qué clase de impacto!

Me dio curiosidad, pero el semáforo cambió a verde y seguí camino a casa. Horas más tarde ya había olvidado el incidente y me acosté temprano.

No me acordé de él hasta la tarde siguiente, cuando lo volví a ver frente al semáforo. Cojeaba del pie derecho mientras pedía limosnas con una mueca de dolor cada vez que pisaba. Despacio, caminó hacía mi auto.

Al acercarse, le pregunté qué le había sucedido. No acostumbro hablar con mendigos, pero mi curiosidad pudo más que mi aversión.

-¿No se acuerda del auto de ayer? Me pisó el pie.

Dije que debió haber sucedido después de irme; recordaba haberlo visto por el retrovisor y caminaba sin dificultad

-¡El carro rojo! Usted lo vio… fue al frente suyo.

Encogí los hombros. Seguramente estaba loco y no convenía llevarle la contraria. Al cambiar la luz, seguí la marcha hacía mi casa y no pensé más en el asunto en los días siguientes. Continué con la rutina semanal y, aunque veía al limosnero, no le presté mucha atención. Aun así, noté que cojeaba al azar. Unos días sí, otros no.

El lunes, con la luz roja, no pude evitar que se acercara otra vez. El conductor de frente a mí aceleró al notar la luz del carril de viraje cambiar a verde. Sin darse cuenta, pasó por encima del pie derecho del limosnero antes de frenar. En el reflejo del espejo de la puerta, detecté preocupación en el rostro del chofer del Mercedes rojo, pero supuse que era más por la complicación legal que le podía causar el incidente. Aceleró y desapareció entre las calles y los demás autos en la ciudad.

Recordé que el muchacho cojeaba la semana anterior y la explicación que me dio. Era como había descrito, pero cuatro días más tarde. El mendigo brincaba con el pie izquierdo e intercambiaba gritos de dolor con maldiciones al “hijo de puta”.

Cuando cambió el semáforo, seguí mi camino, pero sólo pensaba en las semejanzas entre lo que recordaba que me había dicho el vagabundo y lo que acababa de presenciar. Sin más remedio, viré y me estacioné cerca de la intersección.

Lo encontré sentado en la acera examinándose el pie, con un zapato vacío al lado.

Pregunté si estaba bien, a lo que respondió:

-Creo que sí. Me duele mucho, pero no es insoportable. Gracias por preguntar. ¿Cómo se llama usted?

Ya me desesperaba la habilidad de este hombre para confundirme. La semana pasada, sabía mi nombre y ahora no. Tal vez se le había olvidado…

Decidí echar a un lado la confusión y le dije mi nombre: Juan. Ofrecí llamarle una ambulancia, pero no terminé de pronunciar la palabra cuando noté que comenzó a exaltarse.

-¡No! ¡Por favor, no lo haga! No me gusta estar muy lejos del semáforo. Me confundo demasiado.

No tenía sentido, pero no esperaba mucha cordura de él. Por algo vivía allí. Le deseé una pronta recuperación y me despedí.

En mi casa, no podía pensar en nada más. ¿Cómo supo mi nombre la primera vez que hablamos, pero hoy no? ¿Por qué vio su accidente pasar una semana antes? ¿Conocía el futuro? La pregunta más alarmante era ésta: ¿cuándo sería mi accidente? ¿Sería grave? ¿Acaso mi muerte estaba cerca? ¿Había forma de evitarla?

No dormí bien esa noche.

En el trabajo, sólo pensaba en el limosnero. Decidí hablar con él por la tarde. Me estacioné cerca de la intersección donde estaba el semáforo. Allí estaba, como de costumbre. Desde la esquina, lo llamé Cuando llegó a mi lado le pregunté si podía contestar algunas preguntas. Noté que hoy no cojeaba.

-¿Es policía, señor Juan? No lo parece, pero…

Estaba un poco nervioso, pero pude convencerlo de que no era un oficial de la ley o algún funcionario del gobierno. Si dudó de mi sinceridad, cuando le ofrecí el billete de veinte, lo convencí por completo.

-Muy bien, hablemos -dijo sonriendo–. Un policía me hubiese hartado de bofetadas en vez de dinero.

Nos sentamos en un banco en la parada del autobús. Descubrí su nombre mientras hablamos; Ignacio.

Apunté al pie derecho, para saber si se había recuperado. No parecía hinchado.

-Ya está bien. Ni se nota que me pisó un auto. Me asustó la primera semana; la hinchazón no parecía bajar.

-Pero… eso pasó ayer -pregunté.

Me miró asustado, como si hubiese revelado un secreto, pero entonces su rostro dejó de mostrar miedo.

-De todas formas, ahora está bien. Mire -dijo. Se paró de un salto y caminó alrededor de la parada. No se quejó de dolor.

Mencioné lo raro que me parecía que sanara tan rápido.

-Cosas más raras suceden. No se preocupe por mí.

Callé por unos minutos. El autobús llegó y recogió pasajeros. El semáforo cambió y se despejó la intersección.

Al fin le hablé otra vez.

Ya no podía contener la pregunta; necesitaba saber y pregunté:

-Ignacio, ¿puedes ver el futuro?

-Sólo como usted… un minuto a la vez y día a día.

-¿Cómo sabías de tu accidente una semana antes?

-Bueno, es que para mí han pasado varios días.

Las palabras de Ignacio eran sinceras, pero yo había visto el accidente la tarde anterior. El lunes… estaba seguro. Ignacio me hacía dudar. Entonces, se me ocurrió una locura.

-Ignacio… ¿qué día es hoy?

-No sé. Este estilo de vida no tiene horario fijo -dijo con una sonrisa-. No es sábado ni domingo, porque en esos días apenas hay autos en la intersección.

-Y ayer ¿era sábado o domingo?

-Sí. Aquí no había autos ayer. No sé cuál de los dos era, pero era uno de esos.

-Sabes el orden de los días ¿verdad? Lunes, martes, miércoles…

-Sí. Así se supone que sea…

-¿Qué día será mañana? -interrumpí. Bajó la cabeza, abochornado.

-No sé, señor Juan, no sé. El que me toque, supongo -respondió, fijando la vista en el piso.

-¡Vamos! Si hoy es martes, entonces ¿qué será mañana?

-Para usted será miércoles. Para mí… no sé. Puede ser domingo o jueves. Se me hace imposible saber.

Por eso, para él había pasado una semana desde el accidente. Por eso, un día cojeaba y otro no. Ni él mismo sabía qué día le tocaría mañana, sólo que no sería el mismo que me tocaría a mí… o a más nadie.

No podía seguir usando esta intersección. Aquí sería el accidente. Me mudaría, para estar seguro.

Maquinaba cómo conseguir empleo en alguna otra ciudad, a cuál ciudad mudarme, abandonar a mis amigos, conseguir otros. Huir, huir. Comenzar de nuevo… sería una aventura.

-¡Señor Juan! ¡Cuidado! -gritó Ignacio. Agitaba los brazos encima de la cabeza; ahora sí parecía un loco y me sentí tonto por hacerle caso a sus cuentos y a mis supersticiones. Di unos pasos hacia mi carro. Crucé la calle frente a la parada del autobús. Inmerso en mis pensamientos, no me di cuenta de dónde me encontraba.

Al ver venir el autobús, supe un segundo antes del impacto que hoy sería el día de mi accidente.

Fin

Cuando escribí este cuento, tenía un empleo donde trabajaba más de diez horas diarias, a veces seis o siete días a la semana. Además, tenía que madrugar para poder llegar a tiempo al trabajo. Sucedía que nunca sabía qué día era… si era martes, domingo o nada. Un día, mientras regresaba a casa, se me ocurrió el personaje de Ignacio.

La avenida donde sucede todo puede ser cualquiera, pero para los lectores que conozcan el área de Hato Rey, pueden pensar que ocurre en la esquina de la Ponce de León y la Hostos (donde está el Choliseo y la estación del Tren Urbano).

He notado que este cuento le gusta a las personas que entienden los cuentos donde hay mucho viaje por el tiempo (Back to the Future II o The Time Machine). Lo cómico es que después de escribirlo, se me hacía difícil seguir la continuidad de acuerdo a lo que le ha o no sucedido a Ignacio. Espero que les haya gustado.

Por cierto, si a alguien se le ocurre un título mejor, me dejan saber. Nunca he estado 100% contento con el actual.

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De fiestas y otras cosas

“¿Estás bien?, ¿Te estás divirtiendo?, ¿Estás aburrido?, ¿Qué te pasa?”. Son preguntas que recibo cada vez que asisto a alguna fiesta. Mis respuestas son: Sí, Sí, No y Nada. Sucede que no brinco ni salto, apenas bailo, no bebo, y apenas hablo. Sólo observo. Así la paso bien.

¿Qué observo? Las interacciones de los demás, los pequeños dramas que suceden, como baila la gente, los gestos particulares de cada cual. Los detalles son archivados para que algún día salgan a la luz en un escrito (los nombres serán cambiados para proteger a los culpables… tal vez).

A veces participo en conversaciones, pero encuentro que los temas usualmente tocan cosas que no conozco o personas que jamás he visto. Prefiero callar y escuchar en esos casos. Como decía Mark Twain, “Mejor callar y parecer un idiota, que abrir la boca y eliminar la duda” (no creo que sea exactamente lo que dijo, pero es muy cercano). Otras veces, me dedico a ayudar con la comida o con los tragos (más de 8 años en restaurantes y hoteles… no lo puedo evitar). Pero de todas formas me divierto.

Lo que sí quiero perfeccionar es mi salida de las fiestas. Lo ideal sería desaparecer como hacen los magos. Me lo imagino: “Bueno, gracias por todo. Nos vemos luego”. Poof. Bola de humo. Desaparesco. Todo el mundo se pregunta cómo lo hice.

Jmm. Tal vez encuentre cómo hacer eso en el internet…

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