Cuento: Barrancos

Barrancos

José Borges © 2010

Me habían dicho que el tramo hacia Barrancos tardaba una hora. Por alguna razón, ninguno de los servicios de taxi de Río del Valle llegaba allá. Así que llamé al despacho de Barrancos y pedí que me recogieran.

Saqué mi computadora para adelantar un poco de trabajo en lo que me buscaban. Si tendría que esperar tanto en lo que llegaba el taxi, era mejor aprovechar el tiempo de alguna manera.

Cinco minutos más tarde, llegó un automóvil amarillo que tocaba su bocina insistentemente. En la puerta tenía pintado en letras negras: “Expreso Barrancos”.

Era demasiado pronto para que vinieran a recogerme, pero yo era el único en el café. Comencé el procedimiento para apagar la computadora que recién había prendido y le hice señas al chofer para que supiera que saldría en un minuto. Dejó de tocar bocina, aunque me miraba con insistencia. No esperaría mucho antes de hacer más ruido.

El chofer del taxi me apresuraba con la vista, aunque no tocó la bocina otra vez. Por fin logré guardar la computadora a toda prisa. Coloqué mi maleta en el baúl y me monté en el auto.

Me di cuenta en ese momento de lo raro del auto. El chofer estaba en la parte derecha y el pasajero, a la izquierda, como los automóviles en Inglaterra o los que usan los carteros en Norteamérica. Tampoco había cinturón de seguridad, por lo que pregunté.

―No hace falta, jefe. Anda con un experto al volante.

Lo dijo con tanta seguridad, que no me atreví a dudar de su exageración; al menos, en voz alta.

Coloqué el bolso de mi computadora a mis pies; no podía estar fuera de mi vista en ningún momento. Su contenido era confidencial y no podía ofrecerle ninguna oportunidad a nadie de que se lo llevara.

Como advertido, el camino hacia Barrancos tomó una hora. La carretera era empinada y tenía muchas curvas apretadas. El chofer no logró acelerar el taxi a más de ochenta kilómetros por hora en ningún momento y la transmisión del auto parecía a punto de estallar a juzgar por el ruido que hacía.

Le pregunté al chofer que si estaba cerca de Río del Valle cuando recibió la llamada para que me recogiera. Contestó con una carcajada y no dijo nada más el resto del camino. Su concentración en el camino era autística.

Cuando llegamos a la plaza de Barrancos, me sentía un poco mareado por la altura y las curvas del viaje. Antes de visitar al alcalde, decidí tomarme un café en un negocio cercano a la alcaldía. No pude darle las gracias al taxista: luego de sacar mi maleta del baúl, arrancó a toda prisa.

En el cafetín había tres personas: el encargado, un cliente y yo. Escuché un noticiario radial, mientras que los dos hombres comentaban acerca de lo que oían. Ambos callaron tan pronto entré. Pedí un café y me senté a una mesa pequeña.

Luego de mi primer sorbo, el cliente se acercó a la mesa.

―Buenas tardes ―dijo el cliente―, viene del Gobierno, ¿no?

Dije que así era.

―Mucho gusto. Soy Enrique D’Ebre, alcalde de Barrancos. Supongo que viene a investigar las finanzas. ¿Es así?

Asentí.

―Bien. Acá todo está en orden. Puede preguntarle a cualquiera. Me atrevo a apostar que este es el pueblo más feliz que haya visto. Nuestros ciudadanos tienen justamente lo que necesitan.

Contesté que estaba seguro de que era así. Sin embargo, mi trabajo era investigar que los fondos que el Gobierno central enviaba al pueblo eran utilizados como se debía. Mi investigación comenzaría al día siguiente y esperaba toda la cooperación posible de parte del alcalde y sus funcionarios.

―Por supuesto ―dijo D’Ebre―. Todos los años viene un auditor y nunca reporta nada fuera de lo normal. Estoy seguro de que será así con usted.

Aunque lo normal era enviar a alguien cada cuatro años, la falta de detalles en los informes levantaba sospechas en las oficinas centrales. Se rumoraba que sobornaban a los investigadores, ya que nunca hablaban de sus visitas a Barrancos.

―Lo invito a pasear por el pueblo ―dijo el alcalde―. Conozca a nuestra gente, disfrute del paisaje y descanse. Lo veré mañana en mi oficina, ¿sí?

Afirmé y le di la mano al alcalde, quien se marchó del cafetín. Tomé mi café en silencio. El encargado no demostró mucho interés en mí.

Llegué al hotel del pueblo para dejar mi maleta. Decidí hacerle caso al alcalde: daría un paseo por el pueblo.

Era un lugar tranquilo. El único negocio abierto era el cafetín, que ahora tenía más clientes. La música de una vellonera reemplazó las noticias y, en vez de café, bebían cerveza y tragos. Todas las conversaciones se detuvieron cuando notaron mi presencia. Cuando salí, continuaron su tertulia.

Noté que no había basura en el piso, que las casas estaban cerradas y que, de vez en cuando, se escuchaba el sonido de algún televisor. Había estado en pueblos tranquilos, pero este asustaba. No encontré a nadie con quien conversar. Me encontraba en una comuna de ermitaños, al parecer.

Regresé a mi habitación y saqué la computadora para adelantar trabajo. Si podía salir de Barrancos antes del mediodía siguiente, estaría contento.

Me di cuenta de que no tenía el cable de electricidad para la computadora. Busqué dentro del maletín, en la maleta y en el maletín otra vez. No estaba. Tenía que estar en el café de Río del Valle y eso me presentaba un problema: si comenzaba a trabajar en la habitación, no tendría suficiente carga para el día siguiente. Como la computadora era tan vieja, solo duraba dos horas sin recargar. Era posible que en el pueblo alguien vendiera el cable; así como era posible que mil dólares me cayeran en la palma de la mano.

Opté por acostarme temprano y bajar a la ciudad tan pronto me levantase el día siguiente.

La lluvia matutina me paralizó en la cama al otro día. Desperté tarde y tan confundido que se me olvidó por qué debía levantarme temprano. Cuando recordé todo, me bañé y me vestí de prisa.

Como no tenía paraguas, llegué empapado a la alcaldía. D’Ebre me recibió en su oficina con cierta vacilación ante el rastro mojado que dejaba dondequiera.

Pregunté si había alguna tienda en el pueblo que vendiera el cable para mi computadora o si podía prestarme uno.

―La única tienda en el pueblo solamente vende comestibles ―rio el alcalde―. Y en esta oficina no usamos computadoras. Tendría que ir a la ciudad. Le llamo el taxi, si desea.

Accedí a bajar a Río del Valle, así que esperé en el vestíbulo de la alcaldía en lo que llegaba el chofer. Había formado un charco donde estaba parado y me sentía miserable. Hasta mis medias estaban mojadas y hacían un sonido desagradable y mojado con cada paso que daba.

En menos de cinco minutos, el mismo chofer del día anterior estaba frente al edificio. Al entrar en el vehículo, me disculpé por mojar los asientos. No obtuve reacción. Luego, le dije que era necesario hacer el viaje en corto tiempo, ya que tenía mucho trabajo en la alcaldía.

El chofer sonrió, hundió el acelerador y salimos disparados. El arranque abrupto me suprimió al espaldar del asiento. Logré mirar al velocímetro y ya íbamos a 160 kilómetros por hora. Estaba tan asustado que no podía hablar. Nos acercábamos a una curva y el loco al volante solo aceleraba.

La inercia aplastó mi rostro a la ventana. Lo único que veía era el risco que terminaba en Río del Valle. Imaginé una sucesión de autos, en fila india, caídos desde Barrancos hasta el medio de la ciudad. Por fin pude gritar. El chofer reía a carcajadas.

Había una bajada empinada en el camino y sentí mi estómago en la garganta. Luego, hubo otra curva y más risco. Era como si me colgaran del borde de un edificio. Llegamos a un lomo y la gravedad me impulsó al asiento nuevamente. Le grité al chofer que parara, pero solo le causó más risa.

Como el pavimento estaba mojado, cada viraje en el camino hacía que la parte de atrás del carro se deslizara. En cualquier momento despegaríamos de la carretera y volaríamos. Comencé a respirar profundo e intenté retomar un poco de control.

―Vas a dejarnos sin oxígeno ―dijo el chofer y abrió las ventanas.

Ahora era peor: entraban la lluvia y el viento. Las gotas de agua parecían agujas en mi piel. No sé cómo el chofer veía la carretera. Tal vez la conocía de memoria. Mi ejercicio de respiración se fue al carajo, junto con mi cordura. Ahora era todo risco, aire, presión, más presión.

Otra vez le di a la ventana con el rostro, luego con el resto de mi cuerpo. El mundo daba una vuelta horizontal. Y paramos.

Abrí la puerta y me arrastré fuera del vehículo. El chofer aún se reía, demente.

―Se le queda el bulto ―dijo y me lanzó el bolso de la computadora a mis pies―. ¿Quiere que lo espere?

Seguí arrastrándome para alejarme del carro y del chofer. No me importó la computadora que yacía en un charco de agua marrón ni mi ropa pintada de lodo.

Quería insultarlo, pero sólo logré balbucear algo entre un quejido y un llanto.

El chofer rio otra vez; ahora, lo hacía más alto, y se montó en el vehículo.

―Le enviaremos la maleta por correo ―dijo a través de la ventana y arrancó bañándome en fango.

Tirado en el piso, escupí lodo y agua mientras la lluvia intentaba limpiar mi ropa. Vi el reloj de la estación del tren, donde me había dejado. Solo habían pasado cinco minutos desde que habíamos salido de Barrancos.

Tardé en recomponerme y no sabría decir cuánto. Aunque el tren hacia mi casa no viajaba a la mitad de la velocidad del taxi, no pude relajarme.

Cuando llegué a mi oficina, entregué una copia de los informes anteriores de Barrancos: “Todos los fondos se utilizan a la perfección”, leía. Me transferí a otro departamento en el cual no tuviera que viajar, ya que no podía ni montarme en un autobús para llegar al trabajo, mucho menos atravesar el país en automóvil.

Hoy día, trato de olvidar que existe un pueblo llamado Barrancos, así como debería hacerlo el Gobierno central.

Tal como prometió el chofer, mi maleta llegó por correo la semana siguiente. El cable de la computadora estaba colocado en espiral alrededor del equipaje.

Fin

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