Anoche, un amigo me comentó que le preocupaba lo que se les ocurriría a los universitarios en cuanto a música. Estábamos en una barra de estudiantes en Mayagüez donde sonaba el reggeatón. A mí no me preocupa qué se les puede ocurrir: más bien lo que no se les ocurre.

Hubo una banda de “rock” que tocó lo mismo que tocan las demás: temas que se escuchaban diez años atrás (tal vez más). Estas bandas hasta tocan las canciones en el mismo orden que las demás, parece. Apenas ninguna toca temas compuestos por ellos mismos. La cantante parecía que le habían informado que el cielo era azul, por lo entusiasmada que estaba. Luego exigía aplausos. Aplaudí para que se acabara de callar, en realidad. Son bandas velloneras, si venimos a ver.

Cuando la banda tomaba un receso, tocaba un DJ. Se parecía a los mismos idiotas que se escuchan en la radio: “Levanten la mano las mujeres solteras”, etc. Al parecer, para ser DJ, sólo necesitas un iPod y un equipo de sonido. Había muy poco que hacía el de anoche, además de acumular una cuenta en la barra.

Me preocupa todo esto porque vivimos en un momento de la historia que nos permite crear imágenes, sonidos, música y literatura con más facilidad que nunca. Escribir una novela, tocar un instrumento o pintar un cuadro es físicamente más fácil hoy día. Puedes crear una sinfonía sin tener que reunir a veinte músicos para tocar los instrumentos, pintar tu obra maestra sin tocar una gota de pintura o escribir en un procesador de palabras sin mancharte los dedos de tinta. El arte está más accesible que nunca.

Sin embargo, fuera del Internet, no se ve que estemos tomando mucha ventaja de estas herramientas. Hay excepciones, sí; pero  pensaría que habría más. Espero que sea que aún no lo he descubierto. Tal vez, espero demasiado de los más jóvenes. Quizá nos toque a los, er, menos jóvenes esta tarea.

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