Cuento: Amor en los tiempos del Feisbuk

Amor en los tiempos del Feisbuk

 Llegó al café veinte minutos antes de la cita. Abrió su bulto de mensajero, sacó un libro y lo puso sobre la pequeña mesa. Luego, se untó una muestra de colonia que había buscado en la tienda de departamentos una hora antes. Dos minutos previos a la cita pidió dos cafés cortados con una cucharada de azúcar morena para cada taza.

Melodi “Cuqui” Sánchez, acabada de romper una relación una semana antes, soltera con una hija de cinco años, egresada del programa de Empresas de la Universidad y empleada de Seguros Coop, llegó puntual a la cita. Supo en su corazón que el hombre de las dos tazas era Carlos tan pronto olió Vertiver Brut, su colonia de hombre favorita.

―¡Amor en los tiempos del cólera! ―dijo Melodi, mientras se sentaba a la pequeña mesa―. Es mi novela favorita.

Carlos sonrió suprimiendo el deseo de decir “lo sé”.

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El desahucio – un cuento de Santurtzi (fragmento)

El desahucio

2010 © José Borges

El café que preparaba Antonio estaba listo; se olía por todo el apartamento, pero Santurtzi no parecía darse cuenta. Estaba sentado a la mesa del pequeño comedor y miraba al vacío. Antonio estaba seguro de que tampoco se había dado cuenta de su presencia. En sus primeros días de trabajo, le había asustado el estado de su patrono, pero ya estaba acostumbrado. La rutina era idéntica todos los días: Antonio llegaba cerca de la una de la tarde y comenzaba a preparar café. Al poco rato, Santurtzi salía de su habitación sólo con sus pantalones puestos y se sentaba en silencio a la mesa del comedor.

No era hasta que Antonio le colocaba la taza de café al frente que Santurtzi emitía alguna palabra.

―¿Café? ―dijo Santurtzi, con una voz débil y casi inaudible.

―Sí, jefe: café ―respondió Antonio.

―¿Jefe?

Antonio ignoraba lo que le decía su patrono hasta que tomara el primer sorbo de la bebida.

―Vamos, toma ―dijo Antonio.

―¿Toma? ―dijo Santurtzi, mientras acercaba la taza a los labios. Antonio suponía que lo hacía por instinto, sin comprender sus acciones.

Tan pronto tomó el primer sorbo, Santurtzi cambió por completo. Se levantó de la silla de repente y dijo en voz alta y de manera confiada:

―¡Ah! ¡Un día nuevo! A ver qué nos depara. Guaynabo, ¿pagaste las cuentas? ¿Recogiste la correspondencia? ¿Harás más café?

―Sí, sí y supongo que sí.

―Bien. Bien. Bien ―dijo Santurtzi. Comenzó a buscar algo en el cuarto, aún con la taza en la mano.

―Llegó una carta…

―Pues, ya sabes pagar la cuenta ―interrumpió Santurtzi―. Debe de haber una por aquí ―murmuró mientras continuaba su búsqueda―.

―No es una factura. Está escrita a puño y letra, dirigida a Mateo de Cangrejos. No tiene dirección.

―Ésta no huele mal ―murmuró Santurtzi mientras acercaba la nariz a una camisa que encontró en una silla llena de ropa, libros y periódicos―. Mateo, ¿eh? Pocos me conocen por ese nombre hoy día. A ver…

Antonio le entregó la carta.

―Ah, claro ―continuó Santurtzi―. Doña Edora… Debe de tener casi cien años ya.

Santurtzi dobló la carta y la colocó con mucho cuidado en la mesa.

―Tenemos que ir a casa de doña Edora, Guaynabo. Ayúdame a encontrar mis zapatos. Preferiblemente, que sean del mismo par.

Como siempre hacía al salir del apartamento, Santurtzi hizo un gesto con la mano derecha en dirección a la puerta, que nunca cerraba con candado. Antonio ya estaba acostumbrado a la protección que su patrono decía “crearle” a su hogar, aunque dudaba de cuán eficaz era. La verdad era que en las semanas que llevaba trabajando con él, nadie había entrado en la casa sin autorización del dueño.

―¿A dónde vamos? ―preguntó Antonio.

―Ya te dije: a la casa de doña Edora. No perdamos tiempo con preguntas tontas, Guaynabo.

―Me refería a cuán lejos es.

―Tres cuadras. ¿Por qué preguntas?

―Es que ―Antonio pausó un momento―. Es que siempre caminamos a todos los lugares, por más lejos que estén. Y con el calor que hace, siempre termino empapado de sudor.

―Esta generación está perdida ―dijo Santurtzi mirando al cielo. Luego se dirigió a Antonio nuevamente―. Presumo que preferirías ir en automóvil, ¿no? Cangrejos está… bueno, estaba… construido para caminar. Hay que experimentar la ciudad. Desde un auto, no se puede.

―Podríamos utilizar un autobús de vez en cuando…

―Bah. Deja de quejarte ya. El café de doña Edora será tu recompensa.

―Ah. Qué bien. Siempre quise derretirme de calor. Un café de seguro lo logrará después de esta caminata.

Les tomó quince minutos completar el trayecto. Tal y como Antonio había predicho, su camisa estaba bañada en sudor y se le pegaba a la espalda. Aún le faltaban los últimos veinte metros, los más empinados del trayecto. Se sintió sin aliento al llegar.

Era una casa blanca de concreto, pequeña con un balcón minúsculo, donde solamente cabía una silla. En cada ventana y en el balcón había rejas negras para evitar la entrada de algún intruso. Al lado de la propiedad se construía un edificio de al menos veinte pisos. Antonio se preguntaba cómo la señora podía permanecer dentro de su hogar con tanto ruido cerca. Además, el polvo que emanaba del local se regaba por todo el vecindario. Santurtzi se sacudía la guayabera blanca que tenía puesta. Se notaba disgustado.

―Maldito “progreso” ―dijo―. Todo para vender un espacio en el cielo, sin terreno. Es vergonzoso. ¿Qué te pasa?

―No acostumbro caminar tanto bajo el sol. Además, esta calle es muy empinada ―dijo Antonio, inclinado hacia el frente con las manos en las rodillas.

―Tu generación es demasiado cómoda, Guaynabo. Te apuesto a que doña Edora sube y baja esta cuesta varias veces durante el día y jamás se queja ―respondió Santurtzi. Luego, gritó hacia la puerta de la casa―: ¡Doña Edora, espero que haya preparado café para su visita!

―¿Mateo? ―se escuchó la voz de una anciana dentro de la casa. Momentos después, había abierto la puerta y se asomaba al balcón. Era una anciana con la espalda encorvada y de tez negra. Las arrugas en su rostro se escondían detrás de sus ojos verdes, los cuales le parecían a Antonio como los de una mujer joven―. ¿Te mataría visitar a una pobre anciana de vez en cuando?

―He estado muy ocupado, Edora ―respondió Santurtzi mientras la anciana abría el portón del balcón y luego el de la entrada desde la calle.

―¿Por cinco años? Pensaría que podías sacar al menos una tarde en todo ese tiempo. Ven y dame un abrazo.

Santurtzi abrazó a Edora y la besó en la frente.

―¿Y este muchacho? ―preguntó Edora apuntando a Antonio.

―Mi nuevo asistente.

―¿Tiene nombre?

―Sí, señora: Antonio. Un placer ―dijo Antonio.

―Ay, es mucho más educado que la ninfita aquella. ¿Cómo se llamaba?

―Mejor no hablemos de ella ―dijo Santurtzi.

―Qué decepción, ¿no?

―Edora…

―Está bien, está bien. No la mencionaré más. Pasen, por favor. Creo que me queda suficiente café. Con este calor, no he podido salir a comprar en los últimos días.

―Sube y baja varias veces, ¿eh? ―murmuró Antonio mientras entraban en la casa.

―Es ochenta años más vieja que tú, Guaynabo.

―Seré vieja ―interrumpió Edora―, pero aún escucho muy bien. Mira a ver si no quieres un bastonazo para que veas qué otras facultades me quedan.

Fin de fragmento

Te quedan 8 páginas por leer. El resto del cuento vale menos que una botella de agua en la mayoría de los lugares del mundo.
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A pesar de que es un segundo cuento con el personaje de Santurtzi, el mago de Santurce, es una historia independiente del primero.

Espero que lo disfruten.

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Cuento: El desahucio – un cuento de Santurtzi

Esto es un experimento. Quiero ver cuán dispuesto está el público lector a comprar un cuento a un precio módico. La cifra de 99 centavos es comparable a una canción por iTunes o un sevicio semejante. Vale menos que una botella de agua en la mayoría de los lugares del mundo.
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Pronto habrá una versión digital para Kindle (espero por el visto bueno de Amazon). Añadiré más formatos para uso en otros lectores digitales según aprenda a trabajar con ellos.

A pesar de que es un segundo cuento con el personaje de Santurtzi, el mago de Santurce, es una historia independiente del primero.

Espero que lo disfruten.

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Cuento: Como en París

Como en París

2010 © José Borges

Tenía 17 años la primera vez que fue a París y, desde ese momento, se enamoró de la ciudad. Al regresar a su casa dos semanas después, buscó cómo emular la vida parisina. No le fue fácil.

Encontró que no había repostería en su pueblo que vendiera croissants para un desayuno verdaderamente francés. Ni hablar de un miserable baguette. En el supermercado vendían una masa enlatada que se horneaba y aparentaba ser un croissant, pero el sabor no se comparaba con la delicia auténtica, por más jalea que le untara.

De todas formas, intentó comérselos por una semana. Luego, aprendió a confeccionarlos. Nunca dio con la receta original, pero los suyos sabían mucho mejor que los de la masa enlatada.

Sus problemas incrementaron cuando quiso tomarse un café en un establecimiento francés. No había tal cosa en su pueblo. Intentó convencer al dueño de la panadería de que colocara unas mesas en la acera, con las sillas mirando hacia la calle. El panadero lo miró como si fuera un escapado del manicomio.

―¿Y si llueve? ―dijo Pepe, el panadero.

―¡Merde! No pensé en eso. Tendrás que conseguir una sombrilla.

Pepe no dijo nada más, seguro de que el comensal bromeaba. Al otro día, le preguntó si había ordenado la sombrilla.

―Si llamas a Cinzano, tal vez te la regalen. Las sombrillas con ese emblema están por todas partes.

―¿Cinzano?

Oui, oui.

Pepe se preguntaba si debería llamar a la Policía. Decidió que, aunque loco, el muchacho no era peligroso.

―En lo que consigues la sombrilla, ¿puedes colocar la mesa afuera? No hay nubes hoy.

Pepe miró a su alrededor. No había nadie en la panadería y el muchacho estaba dispuesto a pagar por el café. La situación no ameritaba ahuyentar a un cliente, aunque tocado de la mente. Suspiró y sacó la mesa a la acera, con la silla mirando hacia la calle.

Merci beaucoup, monsieur. Un café au lait, s’il vous plait.

―¿Qué?

―Un café con leche, por favor.

―Ah. De haberlo dicho antes…

Pasó el resto de la mañana tomando café bajo el sol. Sudó encima de la mesa, del café y de la tostada con mantequilla que pidió para conformarse ante la ausencia del croissant. A eso de las once de la mañana decidió regresar a su casa; ya no podía ver bien debido a la resolana en sus ojos. El muchacho había comprado diez dolares en café y tostadas, ocho dólares más que el cliente promedio. Pepe pensó que sería lo último que vería de él.

Se sorprendió el día después cuando llegó el muchacho, esta vez por la tarde. Nuevamente, le pidió sacar una mesa a la acera y le pidió café en francés.

―¿Te respondieron los de Cinzano?

―Eh, no. Era muy tarde allá, por el cambio de hora y eso.

―Ah. Oui, oui. Vous tendrá que llamar en la mañana. ¿Qué hay de dejeneur?

―¿De qué?

―Almuerzo. ¿Tienes algún especial?

―¿Sándwich?

¡Oui! Jambon et fromage, s’il vous plait.

―Mira, no sé francés, ¿entiendes? O me lo pides en castellano o te quedas sin un carajo.

―Jamón y queso, garçon.

Pepe decidió ignorar lo de “garsón” y le trajo el sándwich con el café.

―¿Sabes? Deberías decirle a tu proveedor de café que te supla las tazas con el emblema de la compañía. Así lo hacen en París.

―No estamos en París.

El muchacho lo miró con tanta tristeza, que Pepe jamás mencionó ese detalle otra vez. No era buen negocio incomodar a su mejor cliente. Pasaron las semanas y el muchacho volvía todos los días a la misma hora. Tomaba su café mientras leía algún libro francés y veía a la gente pasar. Como era un pueblo pequeño, leía más de lo que observaba a la gente.

Un mes después de la primera visita, Pepe sorprendió al muchacho con una sombrilla roja con el emblema de Cinzano en letras blancas y fondo azul marino. El muchacho lloró de la emoción y besó a Pepe en cada mejilla, mientras gritaba “¡Mon amie, mon amie!”. A Pepe le había dado trabajo conseguir la dichosa sombrilla; la compañía no se la regaló y se vio forzado a comprarla. La consiguió por ebay en cien dólares, pero el muchacho había gastado más de quinientos en cafés y sándwiches.

Esa tarde, el muchacho se sintió casi como si estuviera en su amado París. Al día siguiente, le trajo a Pepe una receta para croissants que había encontrado por Internet. Le tomó trabajo al panadero, pero luego de una semana lo había logrado; complació al muchacho con un croissant perfectamente fresco e igual de los que había comido en la llamada Ciudad Luz, ya casi un año atrás.

Pasaron las semanas y los demás compueblanos notaron al muchacho sentado bajo la sombrilla de la panadería. Al principio se rieron y se burlaron de él. Lo llamaban Perrier y le gritaban “uí, uí” o “mercí” donde quiera que lo veían. El muchacho los ignoraba y hasta le gustaba que le llamaran Perrier. Sabía que se burlaban de él, pero no le importaba: se sentía casi en su ciudad favorita del mundo.

―¿Sabes qué hace falta? ―dijo Perrier un día. Había pasado la tarde completa a la mesa en la acera.

―¿Un buen aguacero? Mira que hace calor hoy ―dijo Pepe.

―¡Non, non! Hace falta música.

―Puedo encender el radio, si quieres.

―¿Hay una estación francesa?

―Presumo que no.

―No prendas el radio.

Cuando regresó a la panadería el día siguiente, trajo un iPod con unas bocinas pequeñas y tocó todos los éxitos de Edith Piaf. “La vie en rose”, en particular, era la que más escuchaba. Pepe no entendía qué se cantaba, pero luego de dos días tatareaba una que otra estrofa de la canción.

Un día, don Orozco Santiesteban decidió acompañar al muchacho. Le compró un café y se sentó a su lado a platicar. Los temas eran variados: el clima, la figura de mademoiselle Carla, la falta de fuentes en la plaza y el terrible estado intelectual de la mayoría de los ciudadanos.

Al día siguiente, don Orozco vino con su esposa y le pidió a Pepe una mesa adicional; prefería respetar la privacidad de Perrier. El panadero accedió con la advertencia de que tendría que compartir la sombrilla con el muchacho.

A la semana, la panadería gozaba de diez a quince clientes diarios que querían emular al joven Perrier. Pepe se vio forzado a comprar más sillas, mesas y sombrillas. Después del horno y la cafetera, fueron sus mejores inversiones. La panadería jamás había visto tales ingresos.

Perrier estaba complacido. Había logrado emular un café en París en su pueblo natal. Sin embargo, faltaba algo y no sabía qué. “Je ne se quoi”, pensaba Perrier.

Se dio cuenta de lo que era una tarde en la que Pepe le preguntaba amablemente si quería otro café. No supo cómo no lo había notado antes.

―Pepe, no puedes tratarme tan bien.

―¿Estás loco? Gracias a ti, la panadería ve sus mejores días. Te trataré como a un rey.

Non, non, non. Vous me debe tratar indiferentemente. Así son los garçones en París. Me debes ignorar, y solo acudir a la mesa luego de habértelo pedido al menos tres veces. Si esperas más, mejor. Debes darme malas recomendaciones también y enojarte cuando no pida lo que me digas. Es más, no importa qué te pida, actúa enojado.

―¿Estás seguro? ―Pepe ya estaba más que acostumbrado a los pedidos excéntricos de Perrier. Si quería que lo tratara mal, así lo haría.

Oui.

Y así fue. El panadero procuraba atender al muchacho último y fingía enojo con él. No lo hacía con los demás, pero Perrier sabía que el resto del pueblo no estaba listo para la experiencia parisina. Al menos, no de lleno; tal vez con el tiempo. El muchacho también notaba que Pepe fingía y mal. Era obvio que su indiferencia no era sincera, pero lo aceptó. Nada podía ser perfecto.

La panadería de Pepe fue solo un comienzo. Perrier comenzó un movimiento para rotular las calles en el pueblo, pero en vez de calle Luis Muñoz Marín o avenida Piñero, sugirió que fuera Rue Muñoz Marín y Boulevard Piñero. La asamblea municipal rechazó su idea al igual que se opuso a una moción para construir una torre de hierro y un arco gigante de concreto. Intentó convencer a varios artistas locales de que pintaran sus obras cerca de la iglesia, pero no accedieron. Creó una fundación para convertir la alcaldía en un museo, pero fue su único miembro y jamás recaudó un centavo.

Poco a poco se daba cuenta de que jamás podría recrear el París de su mente. Tendría que conformarse con el café de Pepe y soñar con que algún día regresaría a la ciudad de sus sueños.

El día de su vigésimo séptimo cumpleaños, luego de una enorme celebración en la panadería con vinos, quesos y baguettes, fue asaltado a punta de cañón por un desconocido.

―Dame los chavos o te vuelo la cabeza ―dijo el maleante.

―Están en mi cartera, monsieur. Debería usted aprender a ser más sutil. ¿Por qué no intenta quitarme la cartera sin que me dé cuenta?

―¿Qué?

―Sólo sáquela. Así es que roban en París; no usan armas bárbaras ―dijo Perrier y se viró para que se le hiciera más fácil al ladrón quitarle la cartera del bolsillo de atrás.

―Jodido loco ―dijo el asaltante y le propinó un golpe en la cabeza con la culata de la pistola. Le quitó la cartera al inconsciente Perrier y se largó.

Perrier despertó con dolor de cabeza y desilusionado; había demasiada gente que no le importaba seguir el modo de vida parisino. Regresó a la panadería y le contó a Pepe lo que le había ocurrido. El panadero no demoró en llamar a un médico y consolar a su amigo. Hasta lo acompañó a la casa luego de que el galeno le dijera que estaba bien.

Perrier regresó a la panadería el día siguiente, pero ya no era el mismo. Miraba al vacío mientras tomaba sorbos del café y no prestaba atención a nada ni nadie. Ni se molestaba en encender el iPod. Pepe pensó que sería algo pasajero hasta que se olvidara del incidente del ladrón. Sin embargo, después de un mes notó que su humor sólo empeoraba.

Pepe sentía que debía pagarle una deuda al muchacho. Habló con un amigo dueño de una agencia de viajes y le compró unas vacaciones en París, en agradecimiento por todo lo que había hecho por la panadería en los últimos diez años. Perrier no supo qué decir y lloró de la emoción. Apenas durmió la noche antes del viaje.

Al regresar, lo primero que hizo fue ir a un verdadero café parisino y se sentó a una mesa en la acera. Pidió un café y encendió un Galouise. Cuando regresó el mesero con el café y el pequeño vaso de agua, le informó que debería apagar el cigarrillo, ya que fumar en áreas públicas estaba prohibido. El mesero trató de decírselo de la manera más amable posible. Perrier apagó el cigarrillo y pidió un croissant. En poco tiempo tomaba el primer bocado. Por poco lo escupe: era un croissant congelado previamente y sabía peor que los primeros que había confeccionado en su casa. Pidió la cuenta y el mesero la trajo enseguida. Se marchó a otro café convencido de que había escogido el peor lugar en todo París. La experiencia fue semejante; servicio rápido y amable, croissant malo y café mediocre. Paseó las calles de París y vio los restaurantes de comida rápida, la gente con sus iPods y sus iPhones, los comentarios del juego de baloncesto de la NBA en vez de los de la liga de fútbol francesa. En las barras vio cervezas americanas y vinos californianos. No era el París que recordaba; semejante, pero no el mismo. De todas formas, disfrutó su semana en París.

Cuando regresó, fue directo a la panadería de Pepe para darle las gracias.

―Pensé que no regresarías ―dijo Pepe―. Es donde quisieras vivir, ¿no?

Oui, Pepe. Pero ya ese París solo existe aquí ―Perrier apuntó a su cabeza. Luego hizo un gesto con la mano, como si le mostrara el interior de la panadería a alguien ―, y en esta boulangerie.

Fin

Editado el 2 de agosto de 2013 (errata y modificación al final)

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Vida imita ficción

Mi ficción, en este caso, y la mejora. Hace dos años, más o menos, que escribí algo semejante a esto:

Tokyo fishermen update seafood e-commerce site from their boats

Pescadores en Tokyo toman fotos de su pesca y las suben a la Internet, para venderla en un portal. Al llegar a puerto, ya tienen compradores. En “Hasta el amanecer” describí algo semejante, pero no logré imaginarme que le tomarían fotos. Es una grata sorpresa leer la noticia, aunque espero que el Condado no quede sumergida en los próximos años.

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Cuento: Contraoferta

Contraoferta

José Borges © 2010

―Por cien, le pegamos un tiro en la cabeza y ya ―dijo el corredor, sentado a su escritorio. Era de baja estatura, por lo que se aseguraba siempre de negociar sentado, para estar en un plano igual con los clientes. Tenía un gabán gris, manchado con grasas y salsas de comidas antiguas en diferentes lugares. Frente a él había una libreta de contable. Cada línea tenía un nombre, una descripción de servicio y una cifra. El hombre tenía el lápiz sobre lo que podría ser la próxima entrada, ansioso por escribir otra vez.

Como en cualquier otro mercado, había ruido, pero aquí era suprimido por la naturaleza del negocio. Era como un bullicio de rezos en una iglesia. Todos los negocios se hacían en voz baja. Era difícil atrapar clientes en el mercado. En el salón había otros treinta corredores más y, aunque había bastante demanda por los servicios ofrecidos, existía un superávit de suplidores.

―Sé de gente que sobrevive a ese tipo de ataque ―dijo el hombre frente al escritorio. Estaba parado, ya que estaba acostumbrado a este tipo de negociación y rehusaba brindarle ventaja alguna al corredor. También lucía un gabán, pero éste era impecable y de material fino―. ¿Cuánto me cuesta para que se aseguren de que esté muerto?

―Quinientos adicionales ―dijo el corredor. Su posible cliente abrió los ojos y el hombrecillo añadió― Es un riesgo adicional para el operador, ya que tiene que permanecer más tiempo en el área.

―Doscientos adicionales. Sólo le pido que vacíe dos balas más en el cerebro de Rivera. De seguro alguien aceptaría mi oferta ―dijo en voz alta.

Hubo silencio en el salón. A todos les interesaba la negociación, de repente.

―¡Señor González, por favor! Debe ser discreto…

―No me diga cómo debo comportarme ―interrumpió González, aún en voz alta―. Me es insoportable que me hagan perder el tiempo. Si usted no va a negociar, estoy seguro de que alguien aquí lo hará.

El corredor colocó el lápiz al lado de la libreta: no sería cuestión de tomar una orden y ya.

―Como usted diga, señor González. Negociemos, pero bajito ¿eh? Es por el bien de todos ―el corredor tomó el lápiz en la mano otra vez―. Digamos: trescientos por los tres balazos y cincuenta adicionales por el tiempo adicional.

―Suena justo. ¿En cuánto me sale enviar un mensaje? ―dijo González, en voz baja. El salón aún estaba atento a ellos.

―¿A qué se refiere? ¿Mutilarle el cuerpo a la víctima?

―Exacto. Rivera ha sido un estorbo para mi escaño y no quiero que surja otro como él. ¿Qué servicios ofrecen en esa línea?

―Todo depende. Podemos decapitarlo por quinientos, descuartizarlo por seiscientos, cortarle el rostro y coserlo a un balón de fútbol por mil… la imaginación es el límite. Y lo que esté dispuesto a pagar, por supuesto. Ah. Hay un cargo adicional por exhibir el producto en un lugar público.

―Me gusta lo de cortarle el rostro, pero un balón de fútbol no tendría sentido en su caso. ¿Se le podría coser a la bandera de la Unión?

―Con gusto. Ese trabajo le costaría mil quinientos, más otros quinientos si quiere que icemos la bandera en algún lugar ―el corredor preparaba el lápiz para escribir en la libreta.

―¡Coño! Pensé que dijo que negociaríamos ―dijo González en voz alta, otra vez. La multitud se había desinteresado en la transacción hasta ahora. Todos los ojos y oídos estaban pendientes al corredor y a González. Una que otra persona reconoció al senador, aunque no supiesen de dónde.

―¡Me cago en su boca! ―regañó el corredor y tiró el lápiz en el escritorio. Ahora era él quien casi gritaba―. ¿Es que no sabe ser discreto? Aquí no vendemos naranjas, por el amor a Cristo. Con lo que usted me pague, yo debo contratar un sicario que pueda llevar a cabo su encargo.

―Usted no sabe negociar. ¿No ve que puedo brindarle más clientes si hace un buen trabajo por mí? A mis colegas les encantaría encontrar una buena manera de… silenciar una que otra voz. Y si es costo efectivo, más aun.

―Linda democracia, senador ―dijo el corredor y tomó el lápiz. La mano le temblaba encima de la libreta―. A ver, ¿cuánto está dispuesto a pagar?

―Ochocientos.

―¿Está loco? Con esa cantidad, apenas encontraría un sicario ciego. Mil doscientos, si quiere que esto se cumpla sin complicación.

―Mil. Es mi última oferta. Ya he gastado demasiado tiempo.

―Y pensar que voté por usted… Bien. Mil. Pero no hay límite de tiempo y la puta bandera la iza usted ―dijo el corredor. La punta del lápiz estaba en el papel de la libreta.

―¿Sin límite? No puede ser. Hay que silenciarlo antes de que termine el mes.

―¿Usted no entiende que no es una operación sencilla? Hay que vigilar al sujeto, encontrar el momento adecuado para atraparlo, hacer la obra y luego precisar las terminaciones adecuadas. Puede tomar meses, en algunos casos. Es casi una obra de arte; pedir que lo haga en ocho días es absurdo, señor.

―No se agite tanto. Es un negocio, nada personal. Mire, le pago cien más para que lo complete en el tiempo requerido. ¿Está bien?

―¡Carajo, no! No está bien. Si usted va al extranjero, tendría que pagar diez veces más por el servicio. Y eso, por un trabajo descuidado. Acá se obra mejor, por menos, y aun así quiere pagar una miseria.

―Eso es en el extranjero, sí. La realidad es que estamos aquí. Mil cien o me voy a otro ―dijo González. Hablaba calmado y en voz baja.

―¡De acuerdo, puñeta! Ustedes los políticos son una verdadera escoria ― el corredor comenzó a escribir los datos del contrato.

―¿Acepta cheques?

El corredor se detuvo de repente y alzó la vista a González, quien sonreía con un paquete de billetes de cien en la mano. Ambos se rieron a carcajadas.

―¿Necesita recibo? ―dijo riéndose el corredor.

Antes de que intercambiara el dinero, un hombre se acercó a González, disparó una pistola y esperó a que el senador se desplomara. González cayó al suelo con su estómago ensangrentado.

―¿Mauricio, qué has hecho? ―dijo el corredor.

González agonizaba a gritos en el suelo.

―Completo un contrato, Luisito. Jugoso, ¿sabes? Dame un momentito…

Mauricio puso una rodilla sobre el pecho de González. Sacó un alicate y un cuchillo de caza de su abrigo. Luisito el corredor quería ver lo que sucedía, pero la espalda de Mauricio le ocultaba la vista. González gritó más fuerte, cosa que Luisito no creía posible.

―Vamos, tranquilo. Duele más si te mueves… Eso… Ahí ―decía Mauricio.

González parecía hacer gárgaras mientras Mauricio lo rodaba boca abajo.

―Ya pasó. Descansa un rato en lo que te la guardo ―dijo Mauricio.

El alicate aguantaba la lengua del senador. Mauricio limpió la sangre de la cuchilla con el pantalón de González y la guardó en su abrigo. Luego sacó una bolsa pequeña de plástico, colocó la lengua dentro y guardó todo en otro bolsillo del abrigo.

―Por eso me encantan los abrigos ―dijo Mauricio―. Aguantan todo cómodamente. Pena que haga tanto calor todo el año.

―Ay, Mauricio. Me jodiste la venta, chico. ¿Tenías que cortarle la lengua? Aun con la bala en el estómago, pude haber completado la transacción, pero sin lengua…

―Lo siento, Luisito. Las instrucciones fueron específicas. Ahora me lo llevo, lo mantengo vivo y en agonía por una semana, y luego lo decapito y descuartizo para enviarles las partes a sus familiares. El que me contrató tiene sentido de humor: quiere que le envíe la verga a la amante y los testículos a la esposa.

―¡Ea! Es jugoso el contrato, sí. Casi cinco mil, ¿no?

―Pagó el doble, según Diego. Por suerte, estaba aquí cuando bajó la orden.

―¿Fue ahora entonces?

―Sí, hombre. Fue el líder de la Unión: el Rivera ese. Alguien le dijo que negociaba contigo y llamó enseguida. No escatimó.

―¿Ve por qué debe ser discreto, senador? A ver si aprende la lección ―dijo Luisito al senador, que respiraba profundo y miraba el charco de sangre que formaba su vientre, incrédulo―. Pues, me jodí, entonces. ¿Qué hará con el dinero? ― le dijo Luisito a Mauricio. Apuntaba a los billetes empapados de sangre que yacían al lado de González.

―El cliente no dijo nada de eso. Quédatelos. Diego y yo estamos conformes con las ganancias del contrato.

―Coño, Mauricio, gracias. Eres todo una dama.

―Hay que ayudar al prójimo, hermano ―dijo Mauricio. Luego, se dirigió a González―. Ven putita, que te espera una semana de horror.

Luisito limpió la sangre de los billetes. No le importó tener que lavarse la manos, ni las manchas en la libreta.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Puedes utilizar una tarjeta de débito o crédito y “Paypal”. Deja $1.00 si deseas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


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Cuento: Barrancos

Barrancos

José Borges © 2010

Me habían dicho que el tramo hacia Barrancos tardaba una hora. Por alguna razón, ninguno de los servicios de taxi de Río del Valle llegaba allá. Así que llamé al despacho de Barrancos y pedí que me recogieran.

Saqué mi computadora para adelantar un poco de trabajo en lo que me buscaban. Si tendría que esperar tanto en lo que llegaba el taxi, era mejor aprovechar el tiempo de alguna manera.

Cinco minutos más tarde, llegó un automóvil amarillo que tocaba su bocina insistentemente. En la puerta tenía pintado en letras negras: “Expreso Barrancos”.

Era demasiado pronto para que vinieran a recogerme, pero yo era el único en el café. Comencé el procedimiento para apagar la computadora que recién había prendido y le hice señas al chofer para que supiera que saldría en un minuto. Dejó de tocar bocina, aunque me miraba con insistencia. No esperaría mucho antes de hacer más ruido.

El chofer del taxi me apresuraba con la vista, aunque no tocó la bocina otra vez. Por fin logré guardar la computadora a toda prisa. Coloqué mi maleta en el baúl y me monté en el auto.

Me di cuenta en ese momento de lo raro del auto. El chofer estaba en la parte derecha y el pasajero, a la izquierda, como los automóviles en Inglaterra o los que usan los carteros en Norteamérica. Tampoco había cinturón de seguridad, por lo que pregunté.

―No hace falta, jefe. Anda con un experto al volante.

Lo dijo con tanta seguridad, que no me atreví a dudar de su exageración; al menos, en voz alta.

Coloqué el bolso de mi computadora a mis pies; no podía estar fuera de mi vista en ningún momento. Su contenido era confidencial y no podía ofrecerle ninguna oportunidad a nadie de que se lo llevara.

Como advertido, el camino hacia Barrancos tomó una hora. La carretera era empinada y tenía muchas curvas apretadas. El chofer no logró acelerar el taxi a más de ochenta kilómetros por hora en ningún momento y la transmisión del auto parecía a punto de estallar a juzgar por el ruido que hacía.

Le pregunté al chofer que si estaba cerca de Río del Valle cuando recibió la llamada para que me recogiera. Contestó con una carcajada y no dijo nada más el resto del camino. Su concentración en el camino era autística.

Cuando llegamos a la plaza de Barrancos, me sentía un poco mareado por la altura y las curvas del viaje. Antes de visitar al alcalde, decidí tomarme un café en un negocio cercano a la alcaldía. No pude darle las gracias al taxista: luego de sacar mi maleta del baúl, arrancó a toda prisa.

En el cafetín había tres personas: el encargado, un cliente y yo. Escuché un noticiario radial, mientras que los dos hombres comentaban acerca de lo que oían. Ambos callaron tan pronto entré. Pedí un café y me senté a una mesa pequeña.

Luego de mi primer sorbo, el cliente se acercó a la mesa.

―Buenas tardes ―dijo el cliente―, viene del Gobierno, ¿no?

Dije que así era.

―Mucho gusto. Soy Enrique D’Ebre, alcalde de Barrancos. Supongo que viene a investigar las finanzas. ¿Es así?

Asentí.

―Bien. Acá todo está en orden. Puede preguntarle a cualquiera. Me atrevo a apostar que este es el pueblo más feliz que haya visto. Nuestros ciudadanos tienen justamente lo que necesitan.

Contesté que estaba seguro de que era así. Sin embargo, mi trabajo era investigar que los fondos que el Gobierno central enviaba al pueblo eran utilizados como se debía. Mi investigación comenzaría al día siguiente y esperaba toda la cooperación posible de parte del alcalde y sus funcionarios.

―Por supuesto ―dijo D’Ebre―. Todos los años viene un auditor y nunca reporta nada fuera de lo normal. Estoy seguro de que será así con usted.

Aunque lo normal era enviar a alguien cada cuatro años, la falta de detalles en los informes levantaba sospechas en las oficinas centrales. Se rumoraba que sobornaban a los investigadores, ya que nunca hablaban de sus visitas a Barrancos.

―Lo invito a pasear por el pueblo ―dijo el alcalde―. Conozca a nuestra gente, disfrute del paisaje y descanse. Lo veré mañana en mi oficina, ¿sí?

Afirmé y le di la mano al alcalde, quien se marchó del cafetín. Tomé mi café en silencio. El encargado no demostró mucho interés en mí.

Llegué al hotel del pueblo para dejar mi maleta. Decidí hacerle caso al alcalde: daría un paseo por el pueblo.

Era un lugar tranquilo. El único negocio abierto era el cafetín, que ahora tenía más clientes. La música de una vellonera reemplazó las noticias y, en vez de café, bebían cerveza y tragos. Todas las conversaciones se detuvieron cuando notaron mi presencia. Cuando salí, continuaron su tertulia.

Noté que no había basura en el piso, que las casas estaban cerradas y que, de vez en cuando, se escuchaba el sonido de algún televisor. Había estado en pueblos tranquilos, pero este asustaba. No encontré a nadie con quien conversar. Me encontraba en una comuna de ermitaños, al parecer.

Regresé a mi habitación y saqué la computadora para adelantar trabajo. Si podía salir de Barrancos antes del mediodía siguiente, estaría contento.

Me di cuenta de que no tenía el cable de electricidad para la computadora. Busqué dentro del maletín, en la maleta y en el maletín otra vez. No estaba. Tenía que estar en el café de Río del Valle y eso me presentaba un problema: si comenzaba a trabajar en la habitación, no tendría suficiente carga para el día siguiente. Como la computadora era tan vieja, solo duraba dos horas sin recargar. Era posible que en el pueblo alguien vendiera el cable; así como era posible que mil dólares me cayeran en la palma de la mano.

Opté por acostarme temprano y bajar a la ciudad tan pronto me levantase el día siguiente.

La lluvia matutina me paralizó en la cama al otro día. Desperté tarde y tan confundido que se me olvidó por qué debía levantarme temprano. Cuando recordé todo, me bañé y me vestí de prisa.

Como no tenía paraguas, llegué empapado a la alcaldía. D’Ebre me recibió en su oficina con cierta vacilación ante el rastro mojado que dejaba dondequiera.

Pregunté si había alguna tienda en el pueblo que vendiera el cable para mi computadora o si podía prestarme uno.

―La única tienda en el pueblo solamente vende comestibles ―rio el alcalde―. Y en esta oficina no usamos computadoras. Tendría que ir a la ciudad. Le llamo el taxi, si desea.

Accedí a bajar a Río del Valle, así que esperé en el vestíbulo de la alcaldía en lo que llegaba el chofer. Había formado un charco donde estaba parado y me sentía miserable. Hasta mis medias estaban mojadas y hacían un sonido desagradable y mojado con cada paso que daba.

En menos de cinco minutos, el mismo chofer del día anterior estaba frente al edificio. Al entrar en el vehículo, me disculpé por mojar los asientos. No obtuve reacción. Luego, le dije que era necesario hacer el viaje en corto tiempo, ya que tenía mucho trabajo en la alcaldía.

El chofer sonrió, hundió el acelerador y salimos disparados. El arranque abrupto me suprimió al espaldar del asiento. Logré mirar al velocímetro y ya íbamos a 160 kilómetros por hora. Estaba tan asustado que no podía hablar. Nos acercábamos a una curva y el loco al volante solo aceleraba.

La inercia aplastó mi rostro a la ventana. Lo único que veía era el risco que terminaba en Río del Valle. Imaginé una sucesión de autos, en fila india, caídos desde Barrancos hasta el medio de la ciudad. Por fin pude gritar. El chofer reía a carcajadas.

Había una bajada empinada en el camino y sentí mi estómago en la garganta. Luego, hubo otra curva y más risco. Era como si me colgaran del borde de un edificio. Llegamos a un lomo y la gravedad me impulsó al asiento nuevamente. Le grité al chofer que parara, pero solo le causó más risa.

Como el pavimento estaba mojado, cada viraje en el camino hacía que la parte de atrás del carro se deslizara. En cualquier momento despegaríamos de la carretera y volaríamos. Comencé a respirar profundo e intenté retomar un poco de control.

―Vas a dejarnos sin oxígeno ―dijo el chofer y abrió las ventanas.

Ahora era peor: entraban la lluvia y el viento. Las gotas de agua parecían agujas en mi piel. No sé cómo el chofer veía la carretera. Tal vez la conocía de memoria. Mi ejercicio de respiración se fue al carajo, junto con mi cordura. Ahora era todo risco, aire, presión, más presión.

Otra vez le di a la ventana con el rostro, luego con el resto de mi cuerpo. El mundo daba una vuelta horizontal. Y paramos.

Abrí la puerta y me arrastré fuera del vehículo. El chofer aún se reía, demente.

―Se le queda el bulto ―dijo y me lanzó el bolso de la computadora a mis pies―. ¿Quiere que lo espere?

Seguí arrastrándome para alejarme del carro y del chofer. No me importó la computadora que yacía en un charco de agua marrón ni mi ropa pintada de lodo.

Quería insultarlo, pero sólo logré balbucear algo entre un quejido y un llanto.

El chofer rio otra vez; ahora, lo hacía más alto, y se montó en el vehículo.

―Le enviaremos la maleta por correo ―dijo a través de la ventana y arrancó bañándome en fango.

Tirado en el piso, escupí lodo y agua mientras la lluvia intentaba limpiar mi ropa. Vi el reloj de la estación del tren, donde me había dejado. Solo habían pasado cinco minutos desde que habíamos salido de Barrancos.

Tardé en recomponerme y no sabría decir cuánto. Aunque el tren hacia mi casa no viajaba a la mitad de la velocidad del taxi, no pude relajarme.

Cuando llegué a mi oficina, entregué una copia de los informes anteriores de Barrancos: “Todos los fondos se utilizan a la perfección”, leía. Me transferí a otro departamento en el cual no tuviera que viajar, ya que no podía ni montarme en un autobús para llegar al trabajo, mucho menos atravesar el país en automóvil.

Hoy día, trato de olvidar que existe un pueblo llamado Barrancos, así como debería hacerlo el Gobierno central.

Tal como prometió el chofer, mi maleta llegó por correo la semana siguiente. El cable de la computadora estaba colocado en espiral alrededor del equipaje.

Fin

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Cuento (mini): Cómo Nav’yal escogió experimentar con sus torturas

Cómo Nav’yal escogió experimentar con sus torturas

José Borges © 2010

Cada uno escogió su nombre, sus poderes e historia. Nadie sabía qué podría escoger Nav’yal, maestro de tortura del antiguo reinado estelar. Era una leyenda, temido por todos, hasta por Reiss’yul, líder de los Matni. Nav’yal inventaba y llevaba a cabo torturas que desafiaban la definición de las palabras “crueldad”, “sufrimiento” y “dolor”. Necesitaba una palabra para definir los tres conceptos juntos y un nombre por el que lo llamaran.

De pronto, agarró un arco y flechas y dijo:

—Lo tengo: “Cupido”.

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Cuento: Cosa del pasado

Cosa del pasado

2010 © José Borges

Cuando primero lo vi, pensé que era mi tío. Sabía que no lo era, por supuesto: el hermano de mi padre había muerto cinco años antes. Iba a descartarlo a una mera casualidad y seguir mi camino, pero se acercaba para hablar conmigo. No me está malo saludar a la gente que veo en la calle, pero me limito a un “buenos días” o saludo semejante. Pero este señor se acercaba y me hacía sentir incómodo. De seguro, me pediría un cigarrillo: fijaba su mirada en mi mano derecha, de la cual husmeaba mi tabaco encendido.

—Con permiso —dijo el hombre—. ¿Me regalarías uno? —apuntaba al cigarrillo.

Extendí mi cajetilla abierta para que el extraño tomara uno y permanecí atónito mientras dejó mi mano vacía.

—Tienes que dejar este vicio —me dijo enseñándome los cigarrillos. Más bien, fue una orden; como si fuera mi padre.

Ahora bien, sé que fumar es pésimo para la salud. Conozco las enfermedades que causa, la peste que deja: todo lo que me podría decir este señor para convencerme de que dejara de fumar. Sin embargo, y esto es algo que alguien que jamás ha fumado no entiende, es lo más rico que existe. Estoy seguro de que un adicto diría lo mismo de su droga predilecta.

Además, no me gusta que nadie me diga qué hacer.

Exigí que me devolviera los cigarrillos. Creo que usé uno que otro adjetivo no muy favorable.

— Si dejas de fumar —contestó colocándose un tabaco en la boca—, no me dará este cáncer infernal. ¿Tienes fuego?

Le encendí el cigarrillo por mero reflejo. Me confundió lo que me había dicho. Aspiró el humo como un fumador lo habría hecho después de no haber fumado por días. Parecía marearse.

—¡Ah! —suspiró—. Casi como la primera vez. Ven. Tomemos un café mientras hablamos.

Señaló a una cafetería en la esquina y, sin esperar a que yo contestara, emprendió hacia el negocio.

Lo seguí porque quería recuperar mis tabacos. No sabía de dónde había salido el maldito loco, pero no iba a soltar un paquete entero de cigarrillos. Es un vicio caro.

El estrés de la situación me afectaba y necesitaba fumar. Imploré que me devolviera la cajetilla y me ignoró. Luego, le rogué que me diera al menos uno. Se detuvo y se volteó hacia mí:

—¡Es que no me has escuchado! Tienes que dejarlos —dijo y continuó su marcha.

Traté de discutir, pero no me hizo caso hasta que llegamos a la cafetería.

Tomó asiento donde lo habría hecho yo: una esquina cerca de la ventana y de la salida.

—Siéntate.

Le pregunté si no le molestaba cambiar su asiento con el mío, ya que prefería no darle la espalda a la puerta.

—Lo sé. Yo tampoco. La vejez tiene sus ventajas. Ordéname un café, ¿sí?

Cuando le pregunté cómo lo tomaba, me contestó:

—Igual que el tuyo: con leche y oscuro…

—…como el alma del diablo —completé lo que iba a decir. Siempre digo eso cada vez que ordeno un café. Así, quien lo preparara no dudaría sobre cómo me gustaba mi bebida. De todas formas, con frecuencia la servían mal.

Ya estaba bastante aturdido por este hombre. Me habría peleado con cualquier otro, pero la presencia de este señor no me permitía ese tipo de acción. Era como si lo hubiera conocido toda mi vida; parecía un familiar.

Regresé a la mesa con los dos cafés y sendos sobres de endulzador artificial para cada bebida. Le ofrecí uno a mi atormentador.

—Ah, no. Gracias, pero resulta que el azúcar falso sí hace daño —dijo.

—¿De veras? Pensé que habían averiguado que no.

—En dos años encontrarán que ayuda a que se propague el virus aviario… ¿o es la tuberculosis? Carajo, no recuerdo.

—¿Dos años?

—Sí, sí. Ya verás. Lo que sucede es que yo soy tú, de aquí a treinta años.

—¿Qué?

—Como lo oyes. Mira, nos fumamos el primer cigarrillo en una fiesta de la universidad, para caerle bien a la pelirroja. Nos masturbamos por primera vez a los catorce años, con un dibujo de una mujer y tu mascota favorita fue Gloria, la collie.

—Pero ¿cómo sabes…?

—Porque soy tú —me interrumpió—. Sabes que no hay otra manera de que sepa eso. Además, mírame: el parecido es demasiado. Menos pelo y más arrugas, pero somos prácticamente idénticos.

No sabía cómo contestar. Todo lo que decía era cierto.

—Vengo del futuro —continuó— y necesito que dejes de fumar. Calculé todo y me di cuenta de que, si no fumara, viviría al menos veinte años más. Además, mis finanzas serían mucho mejor. He desperdiciado demasiado en tratamientos contra el cáncer.

—Futuro —fue lo único que logré decir.

—Exacto. Necesito… no. Necesitamos que dejes el vicio. Todo nos irá mejor, créeme.

Permanecí callado. Pensaba en todo lo que había sucedido y escuchado.

—Sé que necesitas tiempo para creerme, pero hay prisa. No me… perdón. No nos queda mucho tiempo. El médico me ha dicho que me puedo morir en cualquier momento.

—Supongamos que eres del futuro —dije—. ¿No habría sido mejor que viajaras al día en que comencé a fumar?

—Por supuesto. Sin embargo, la manera de viajar en el tiempo fue descubierta hoy, diez minutos atrás. Pronto, las noticias estarán repletas de reportajes de “viajeros temporales”. Sucede que uno no puede retroceder en el tiempo más allá de hoy, a la hora en que se hizo la primera prueba de la máquina.

—No entiendo nada de lo que me has dicho —confesé—. A propósito, ¿saben cómo viajar por el tiempo, pero no han encontrado una cura contra el cáncer?

—Es un mundo jodido, ¿qué esperas? No hay carros voladores tampoco.

—No parece ser gran cosa este futuro tuyo.

—Tiene sus ventajas. La vida es mucho más simple ahora. Será más simple, mejor dicho.

—Si tú lo dices… ¿Encontraron la cura para el sida?

—En diez años más, según recuerdo. Causó la segunda revolución sexual. Y, por supuesto, surgió otra enfermedad venérea con peores síntomas.

—Creo que no funcionará tu plan —confesé.

—¿Por qué no?

—Pues, ya no tendrías cáncer.

—Ya había contemplado eso. El experto temporal me explicó que al momento en que me vaya, tomarás… tomaré una decisión. Dejo de fumar o no.

—¿No te afectaría desde ya?

—No necesariamente. Al tomar esa decisión, la realidad se bifurcará. En una, llegaré a mi tiempo curado. En la otra, casi muerto.

—¿Y cómo sabes a cuál regresarás?

—En realidad, no comprendo la teoría muy bien. El experto me aseguró que regresaría a la que me corresponde.

—Oh, Dios. Lo más difícil de creer de todo esto es que seré tan pendejo a tu edad —dije, verdaderamente decepcionado de mí.

—Bueno, fue lo que me dijo…

—¡Coño! ¿Tantos años y no te das cuenta de cuándo alguien te dice lo que quieres oír? Me imagino que le pagaste por adelantado.

Permaneció callado mientras miraba al suelo.

—Idiota —dije.

—Oye, si dejas de fumar, nada de esto sería un problema.

—Es que si dejo de fumar, no tendré que viajar en el tiempo para tener esta conversación conmigo. Por tanto, seguiría fumando.

—No creo que entiendo.

—Tampoco estoy muy seguro, pero es como las tragedias griegas: al intentar cambiar tu destino, aseguraste que se cumpla.

—Pero, si no venía, también se cumpliría.

Al pensarlo, me di cuenta de que tenía razón también.

—Cierto, cierto —dije—. Parece que no importa qué haga, entonces.

—¡No! Hazme caso. Deja de fumar. Ya se me olvida cómo el experto me explicó, pero al momento tenía sentido. Confía en mí. En ti.

Permanecí en silencio. Mi futuro yo tenía toda la razón: tenía que dejar de fumar. Era algo que he sabido desde que comencé. Sin embargo, es lo más difícil que he tratado de hacer. Lo único en lo que siempre he fracasado.

—¡Oh, no! —dijo mi futuro yo, preocupado—. Siento como si me halaran. Creo que regresaré a mi tie…

Desapareció en ese instante, sin terminar la oración. Por suerte, nadie notó su desvanecimiento y evité tener que contestar preguntas bochornosas.

Salí del cafetín determinado a dejar mi vicio. Era lo mejor para mí. Podría respirar bien, despertar sin toser, saborear la comida, no fatigarme al subir las escaleras… Iba a mejorar mi salud. Decidí comenzar una rutina de ejercicios esa misma tarde.

Lo único que me daba pena era que no había podido disfrutar de un último cigarrillo. Me sentía como cuando una amante se deja sin una última revolcada.

Aunque…

No. No podía pensar en eso…

Podía comprar un último…

Tenía que pensar en mi salud.

¡La cajetilla que me había quitado! ¿Estaría allí aún?

Debía ser fuerte; no sucumbir.

Sólo me llevaría uno y ya. No más.

Uno y ya.

Entré otra vez al cafetín y sentí alivio al ver que la cajetilla no había regresado al futuro también. Abrí la caja y saqué un último tabaco. Salí y lo encendí. Llené mis pulmones por lo que sería la última vez. Disfrutaba de cada molécula carcinogénica.

Terminé de fumar en completa serenidad y emprendí mi camino otra vez. Luego, me detuve. Entré otra vez al cafetín y tomé la caja de cigarrillos, decidido de que mañana mi adicción sería cosa del pasado.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Puedes utilizar una tarjeta de débito o crédito y “Paypal”. No tiene que ser una cantidad grande.: desde .01 hasta lo que gustes. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


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