Cuatro pies al margen – Parte V.

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Cuatro pies al margen — Parte V

Mientras Valeria atendía a los pacientes, Mercurio se sentó al lado del vagón para descansar y velar a los dos compañeros del difunto Cervantes. Aunque tenía mucho de su equipo, no era fácil atender a tantas personas sin ni siquiera tener camillas. Por buena fortuna, casi nadie sufría de nada muy complicado para tratar. Eran infecciones que no habían sido atendidas adecuadamente o enfermedades venéreas sin tratar; era obvio, no habían recibido ningún tipo de atención médica. Valeria se preguntó cómo podía surgir tal situación, ya que los medicamentos no eran difíciles de conseguir y los tratamientos eran tan sencillos.

No se dio cuenta del hombre alto, barbudo y vestido de fatigas verdes que se le acercó a Mercurio. Tenía un rifle enganchado con una tira de cuero alrededor del hombro derecho.

—Buena puntería, Rodríguez —dijo Mercurio.

—Gracias, jefe. Lástima que te hayan herido —respondió el hombre barbudo.

—Bueno, si Grey hubiese tenido balas, tal vez no tendría este pedazo de plomo en la pierna —Mercurio miró hacia Grey. No escondía su insatisfacción.

Rodríguez miró a Mercurio a los ojos.

—Jefe, usted sabe que no fue culpa de él —dijo Rodríguez—. Llevamos tiempo sin cobrar nada. A mí me quedan balas sólo porque tengo buena puntería.

—Bueno, pues que practique más, entonces — respondió Mercurio.

—¿Sin balas?

—Ah, cierto. Es un maldito círculo vicioso, ¿no? Hay que comprar más balas, para que practique más, para que utilice menos balas. ¡Pura locura!

—¿Nos da con lo que sacamos de esto? —dijo Rodríguez apuntando al acreditador en las manos de Grey.

—Apenas alcanza para comprar comida para este mes, mi amor —respondió Grey.

Rodríguez abrazó a Grey y lo besó en la mejilla.

—No te preocupes. Estoy seguro de que el jefe tiene un plan para ganar más —dijo Rodríguez.

—¿Creen que puedan dejar eso para más tarde? —dijo Mercurio—. Tal vez cuando no tengamos visita —apuntó a los prisioneros—. ¿Les parece?

Rodríguez se apartó de Grey abruptamente. Se sentó al lado de Mercurio e inspeccionó la herida en la pierna.

—¿Por qué no dejas que la doctora atienda eso? —dijo Rodríguez.

—El negocio tiene prioridad. Ya debe estar apunto de terminar, de todas formas.

En efecto, Valeria atendía al último paciente. Cuando terminó, recogió sus pertenencias y se dirigió hacia donde estaba Mercurio.

—Si siguen mis instrucciones, todos deben estar en buenas condiciones pronto —dijo Valeria—. Déjame ver eso.

La doctora se arrodilló frente a Mercurio y sacó unas tijeras de su maletín. Con cuidado, pero movimientos ligeros y precisos, cortó el pantalón en la parte superior a la herida en el muslo de Mercurio.

—Espero que sepa coser ropa tan bien como cose la piel, doctora —dijo Mercurio—. Éste es mi último pantalón.

Valeria ignoró el comentario mientras lavaba y examinaba el orificio sangriento.

—Tienes suerte. La bala salió por atrás, sin atravesar la arteria. Aun así, me sorprende que estés tan alerta. Has perdido bastante sangre… ¿No te sientes débil?

—Pues, ahora que lo menciona, no estaría mal, si pudiera dormir, pero hay que terminar esto antes —dijo Mercurio. Apuntaba al vagón y sus pasajeros.

Rodríguez y Grey, como si entendieran la orden implícita en el comentario de su jefe, comenzaron a ajorar a los prisioneros para que se fueran. Minutos después, estaban solos en el almacén. Mercurio estaba de pie, aunque se apoyaba de una mesa para mantenerse parado. Miró su pierna desnuda.

—Mierda —dijo, a sí mismo—. Espero que sobre para comprarme unos pantalones…

Valeria estaba sentada a una de las mesas. Quería preguntar cuándo podría regresar a su casa, pero no se atrevía.

Rodríguez y Grey recogían varias pertenencias, entre ellas, ropa, pistolas y algunas latas de comida, y las guardaban en una furgoneta blanca.

—¿De dónde salió él? —preguntó Valeria apuntando a Rodríguez.

—¿Rodríguez? Es nuestro francotirador. Estaba escondido en algún lugar cerca del techo. No me preguntes dónde. Ni sé cómo rayos se trepa —contestó Mercurio—. Sin él, estaríamos como Cervantes.

—¿Por qué están recogiendo?

—Es posible que la muerte de Cervantes nos traiga repercusiones. Es verdad que era antipático y no creo que tenga, o tuviera, amigos, pero no podemos arriesgarnos a quedarnos aquí. Puede que esos idiotas les dé con volver con refuerzos.

—¿Adónde irán?

—Oiga, ¿es doctora o reportera? Mira que hace preguntas… Iremos a otro lugar un poco más seguro.

—¿Iremos?

El rostro de Mercurio se tornó serio.

—Lo siento, doctora, pero aún no podemos llevarla a su casa. Sería demasiado arriesgado. Estamos forzados a escondernos por unos días.

Valeria no escuchaba lo que decía Mercurio. La desilusión era demasiado para ella. Su mente comenzó a maquinar maneras de escapar; no podía depender de sus captores para regresar a su casa. Se preguntaba por qué había confiado en ellos, en primer lugar.

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Cuatro pies al margen Parte IV.

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IV.

—No sólo la mataría a usted —dijo Mercurio—, sino a cualquier enfermo adicional que se le ocurra atender.

No era una amenaza, sino un simple hecho. Valeria no sabía qué hacer. Si Mercurio llevaba a cabo lo que había dicho, los demás pacientes no tendrían ninguna oportunidad de sobrevivir. Al final, decidió no atenderlos. Por lo menos tendrían un chance minúsculo, aunque improbable, de sobrevivir. Era como único podía justificar lo que estaba a punto de hacer.

—Oye, Mercurio —interrumpió el conductor—, se me ocurre algo mejor…

Sin apartar la vista de la doctora, Mercurio alzó una ceja y dijo:

—Por alguna razón, lo dudo.

El conductor tenía una pistola apuntada hacia la cabeza de Mercurio. Sus dos acompañantes sacaron sus armas también. Uno cubría a Grey; el otro, a Mercurio.

—La doctora atiende a toda mi gente, no te pagamos nada y ustedes sobreviven. Ahora, alcen las manos —continuó el conductor.

—¿Puedes creer que este tipo se llama Cervantes? —le comentó, entre dientes, Mercurio a la doctora. Alzó los brazos de manera lenta. Valeria apenas lo escuchó; estaba ocupada con una oración; le pedía a Dios que la socorriera. Entonces, Mercurio dijo en voz alta:

—Cervantes… Vani… —dijo, como si fueran íntimos amigos —no estás tomando la decisión correcta.

—Doctora, atienda a mi gente —dijo Cervantes, ignorando a Mercurio.

—Última oportunidad, Vani…

—Doctora…

Valeria comenzó a caminar hacia el vagón, pero la mirada de Mercurio la detuvo. No sabía qué hacer.

De repente, Mercurio la empujó con fuerza. A la misma vez, se tiró hacía el piso en dirección contraria. Valeria cayó al suelo también y escuchó varios disparos. Se cubrió la cabeza con los brazos y cerró los ojos. No vio a Mercurio desenfundar su pistola y disparar hacia los acompañantes de Cervantes, ni el agujero rojo que apareció en la sien derecha de éste.

Cuando por fin abrió los ojos, vio a Cervantes bocabajo en el piso, muerto. Los acompañantes del conductor estaban sentados en el suelo. Uno de ellos trataba de tapar, con las manos sangrientas, una herida en el estómago. El otro agarraba su brazo derecho, como si se le fuera a caer.

Mercurio, con la pistola aún en la mano, comenzó a levantarse. Tan pronto afirmó con la pierna izquierda, se cayó; estaba herido también.

—Diez años atrás, hubiese salido ileso… —murmuró, mientras trataba de pararse, con más cuidado esta vez.

Grey, con su arma en la mano, vigilaba a los dos heridos. Valeria y él eran los únicos ilesos.

—Coño, Grey, estabas más cerca que cualquiera de nosotros —dijo Mercurio—. ¿Cómo pudiste fallar?

—Nunca disparé, jefe.

— ¡No disparaste! ¿Por qué?

—No tenía balas.

—“¡No tenía balas!” —dijo, como si se dirigiera a un público imaginario —. ¿Pensabas decírmelo?

—Se lo dije, jefe.

—¿Cuándo? —preguntó Mercurio, agitado.

—Dos días atrás.

Mercurio puso un dedo en la nariz; parecía evaluar las palabras de Grey.

—Es cierto —dijo, ahora calmado—. Oye, pero la próxima vez recuérdamelo… o tírale con la pistola… lo que sea. Los balazos duelen, ¿sabes?

—Sí, jefe.

—Y con lo que ganemos de esto, compras balas.

—Sí, jefe.

Valeria escuchaba estupefacta el intercambio. Recordó las discusiones semejantes que había tenido con su secretaria y las enfermeras. Es igual dondequiera, pensó.

—Verifica bien el vagón… no quiero más sorpresas. Yo tengo a estos dos —Mercurio se agachó cerca del que estaba herido en el brazo—. ¿Van a pagar por los enfermos adicionales, o qué?

En silencio, el acompañante del difunto Cervantes sacó otro acreditador y se lo dio a Mercurio. Éste verificó la cantidad, y sonrió.

—Eres mucho más razonable que Vani…—dijo Mercurio—. Doctora, puede atenderlos a todos. A estos dos, también —apuntó a los heridos—. Va por la casa, chicos —añadió con una sonrisa.

Valeria sólo asintió con la cabeza y comenzó a trabajar.

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Cuatro pies al margen, Parte III

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III.

El resto del viaje fue silencioso. Cuando el vehículo al fin se detuvo, Valeria sintió las manos de sus captores en los brazos; la forzaban a caminar con ellos. No sabía dónde estaba, pero la peste a basura, excrementos y químicos casi la hacen vomitar dentro de la capucha. Sintió que entraba en algún edificio, y de pronto pudo respirar otra vez.
Todavía en silencio, la sentaron y la amarraron de nuevo.
—Quítale eso —escuchó decir a Dos Minutos. Una mano sudada, casi gelatinosa, levantó de la cabeza de Valeria una máscara negra para esquiar. Se la habían colocado al revés sobre la cabeza. Al fin pudo ver sus alrededores.
Parecía un almacén, ya en desuso, convertido en un espacio para vivir. Le recordó a una aldea primitiva. El lugar apenas estaba iluminado con unas pocas bombillas amarillentas. Notó unos catres en el piso de concreto, que le recordaban a los refugios usados por las autoridades cuando había un desastre. No podía imaginarse viviendo en un lugar como ése.
Pensó que debía estar en Los Bajos. Recordó un reportaje acerca del lugar. Era donde vivían los pocos rebeldes que rehusaban formar parte del mundo corporativo y los criminales. Casi nadie que entraba en Los Bajos volvía a salir.
Aunque no era de su agrado, tampoco le pareció tan mal lugar como el descrito en el reportaje.
Parecía que unas siete u ocho personas vivían allí, pero sólo podía ver a tres hombres. Uno de ellos colocó una silla desplegable frente a ella y se sentó con el pecho recostado del espaldar del asiento. Lucía una camisa, unos mahones y unas botas de trabajo, todos negros. Valeria no podía apartar la vista de la pistola que tenía el hombre en la baqueta del cinturón.
—Bien. Esto es lo que va a suceder —dijo el hombre. Por la voz, Valeria lo reconoció como Dos Minutos—. En unos minutos va a llegar un camión repleto de personas… enfermas. Usted los va a atender lo mejor que pueda, pero no hasta que yo le diga. ¿Entendido?
—Pero, no estamos en la clínica… ¿Cómo voy a atenderlos?
— ¿Qué cree que hacíamos allí? Limpiamos la clínica, doctora. Casi todo está aquí —dijo, apuntando a una esquina, donde estaba la mayoría de los instrumentos, equipos y medicamentos del consultorio de la doctora—. No esperábamos que volviera, pero nos aprovechamos para utilizar sus… destrezas. No es lo mismo vender el “material” que vender los servicios de alguien que sabe utilizarlo.
Antes de Valeria contestar, los interrumpió un hombre de apenas cinco pies de estatura, ropa manchada y espejuelos.
— Llegaron, Jefe —dijo. Al oírle la voz, Valeria supo que el hombrecillo era Visitante.
El tercer hombre abrió una puerta de metal por la antigua área de embarque del almacén, para permitir que entrara un camión en reversa. Una vez se detuvo, el conductor y tres hombres más se bajaron del vehículo mohoso y abrieron el vagón. Valeria se sorprendió al ver un vehículo tan viejo en funcionamiento.
El vagón estaba lleno de personas en varios estados de agonía. Parecían sacos, por la forma como estaban acostados.
Dos Minutos comenzó a desatar a Valeria mientras le recordaba:
—No hagas nada al menos que te dé permiso. ¿Entendido?
La doctora, en silencio, asintió con la cabeza.
Después de liberarla, Dos Minutos la llevó del brazo hasta el vagón.
— ¿El dinero? —le preguntó al conductor. Lucía una camiseta gris, mahones azul, un abrigo blanco y unas gafas oscuras que había puesto encima de la cabeza, como una tiara.
El conductor miró a uno de sus acompañantes. Éste sacó de su bolsillo un pequeño objeto rectangular y lo mostró, como si fuera una identificación. Aunque apenas había visto uno, Valeria lo reconoció como un acreditador, mayormente usado por personas no registradas en la Comisión de Crédito. Una herramienta indispensable para los marginados. Era el equivalente de dinero en efectivo, décadas atrás.
—Grey…—dijo Dos Minutos, asintiendo con la cabeza hacia Visitante. Éste tomó el acreditador y lo insertó en un lector.
—Cinco mil —dijo Grey.
—Dije 250 créditos por cada uno. Hay más de veinte ahí —dijo, con la mano derecha acariciando el mango de la pistola.
—Oye, Mercurio, sólo son tres más —dijo el conductor—. Sé reaccionable…
— ¿Recuerdas el trato? Cuando hablamos, te pareció ra-zo-na-ble —dijo Mercurio, en voz alta y con un énfasis obvio en la última palabra—. Ya pasamos la parte de la negociación… ahora estamos en la transacción. Así que, escoge los veinte que la doctora va atender o produce los 750 adicionales, pero no voy a regalar servicios.
Desde su posición, Valeria observó a los enfermos. Aunque estaba lejos, determinó que ninguno sobreviviría mucho tiempo sin atención médica.
—Mercurio, ¿sí? —dijo la doctora—. No puedo dejar a ninguno sin tratamiento… sería una sentencia de muerte.
—Doctora, ¿recuerda mi advertencia? —preguntó Mercurio. Esperó a que asintiera y añadió, ahora con la mano recostada de la pistola: —Si usted toca a uno más de lo acordado, terminará igual de muerta que su paciente.
—No creo que usted me mataría —respondió, sin saber de dónde sacó las agallas.
Mercurio la miró a los ojos. En ese momento, Valeria se dio cuenta de cuán errónea era su aseveración.

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Cuatro pies al margen, Partes I y II

Cuatro pies al margen

I.

Valeria no se dio cuenta de que algo estaba mal en la clínica hasta que oyó las voces.
—Quedan dos minutos —escuchó la voz de un hombre. Parecía venir de la sala de examen; donde guardaba las medicinas—. No quiero ajorarlos, pero… Bueno, sí. Quiero ajorarlos.
—Visita —dijo otro hombre. Valeria sintió miedo al escuchar esa voz.
Ni siquiera tuvo tiempo para virarse y salir, cuando sintió un rocío en el rostro. Entonces, no sintió nada.

II.

No supo que había despertado hasta que comenzó a escuchar voces. No veía nada. Sintió algo hecho de tela encima de la cabeza. Trató de levantarse y no pudo. Estaba amarrada.
—Despertó, jefe —era el mismo hombre que había dicho “visita” cuando estaba en la clínica.
Valeria trató de hablar, pero sólo logró exhalar e inhalar de forma acelerada.
—Cálmese, Doctora. Va a hiperventilar —era el hombre que había dicho “dos minutos”.
La prisionera inclinó la cabeza encapuchada hacia donde suponía que oía la voz de Dos Minutos, como para escuchar mejor.
—Estoy mucho más calificada para hacer ese diagnóstico —dijo Valeria, entre dientes—. Pleno 2049 y aún prevalece la macharranería…
—Creo que la prefería hiperventilando, jefe —dijo Visita.
Dos Minutos miró al otro hombre sin mostrar emoción y Visita supo callarse.
—Por favor, déjenme ir. No los puedo delatar… ni siquiera he visto sus rostros.
—Cierto, pero tenemos otros planes para usted —dijo Dos Minutos. Valeria aguanto la respiración mientras se preguntaba qué querían con ella. Como si leyera sus pensamientos, el hombre añadió— No se asuste, Doctora. Siga instrucciones y verá que pronto estará de vuelta en su apartamento con su esposo y sus dos punto cinco hijos.
Por alguna razón, el sarcasmo en la voz del hombre no la hizo sentir mejor.

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