Tu almuerzo electrónico

Para los que me han preguntado por “El desahucio – un cuento de Santurtzi”, los pongo al día. Este cuento está disponible en un archivo tipo PDF. Se puede leer con un programa sencillo como Acrobat Reader.
También hay una versión tipo libro electrónico que puedes bajar por medio de Amazon.com y leer con un aparato Kindle. Si tienes un teléfono “inteligente”, como un iPhone, un Blackberry o un Android, puedes bajar la aplicación de Kindle para tu dispositivo y leerlo. Ambas versiones las puedes bajar con .99 centavos estadounidenses.

Es un cuento con humor y crítica al estilo del personaje de Santurtzi (si no conoces a este personaje, en esta página puedes leer gratuitamente otro cuento sobre él). Hay un fragmento aquí.

Has clic aquí para la versión en PDF (solo requiere abrir una cuenta con Paypal):

Add to Cart

Pulsa aquí para comprar la versión Kindle en Amazon:

A todos los que lo han leído, muchas gracias por sus comentarios. A los que no, los invito a apoyar siempre la literatura hispanoamericana. Estoy seguro de que el cuento les gustará. Buen fin de semana.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (2 votes cast)
Share

Presentación de la novela por Isamari Castrodad

Para aquellos que no pudieron asistir a la presentación de ESA ANTIGUA TRISTEZA o los que no han decidido si les gustaría. Isamari logró de alguna manera ilustrar los temas de la novela sin revelar ningún dato que le dañaría la obra al lector. Me halaga muchísimo que haya tomado el tiempo y la dedicación para escribir la presentación.

Esa antigua tristeza, novela de José Borges

Presentación en Borders

15 de julio de 2010

San Juan

Comienzo con una admisión que no parecería pertinente al tema, pero les aseguro que sí lo es: me gustan las películas de niños. Y me gustan, no porque lleve una niña por dentro, que sí, que la llevo, sino porque tengo la teoría de que están hechas para adultos y los niños, incidentalmente, también las disfrutan.

Hago esta mención porque cuando leí por primera vez el título de la novela de José Borges: Esa antigua tristeza, me acordé de la famosa película de Shrek, que se desarrolla en un entorno particular: el Reino de Muy, Muy lejano.

Y eso fue lo que de entrada me evocó el nombre: una tristeza aguda, de tiempos muy, muy lejanos. Y no una tristeza, sino “esa” tristeza, esa nostalgia de origen remoto que, curiosamente, sigue presente, como sucede con muchas angustias: perdura.

En esta novela hay planteamientos éticos muy serios. De hecho, yo me topé con uno personal a la hora de escribir esta presentación: ¿Cómo les cuento lo que quiero contarles sin revelar lo que no debo revelar: el secreto de Eleazar, su mayor temor y el final de la obra?

A ver, lo voy a intentar.

Esto será una síntesis, o como prefiero llamarlo: un aperitivo sabroso. Con él pretendo seducirles el paladar para que disfruten entonces del plato fuerte que es el libro.

José Borges sabe contar. Y uno de los aciertos de esta novela es precisamente esa habilidad narrativa. Esta historia se ha hilvanado puntada a puntada, en capítulos breves que se entrelazan, se abrazan, se bifurcan y se vuelven a unir; a veces, de modo casual, y otras veces desde la ficción más insospechada.

Sí, hay una conjunción de géneros, como destacó en su síntesis (en la contraportada del libro) Luis López Nieves. Hay elementos realistas, entre los que incluso podemos reconocernos, entre los que podemos ver reflejada nuestra propia cotidianidad, nuestro mejor semblante o esa sonrisa traviesa que se nos escapa en momentos de complicidad, o quizás de manera más arriesgada, podemos reconocer en Esa antigua tristeza nuestra propia miseria, esa de la que queremos escapar, como escapan Eleazar y Brommer, y hasta la propia Maureen en algún momento.

También hay elementos fantásticos, que le producen inquietud al lector, porque arrojan al ruedo un elemento sobrenatural, contrario al orden establecido y eso sorprende. De hecho, hay quien nombra el género fantástico como subversivo por el modo en que vulnera la realidad. Y aquí, en esta obra, tambíen se vulnera.

Hay, además, componentes de ciencia ficción, que se dan en el supuesto de un marco, un espacio temporal imaginario o especulativo. Como cuando en el capítulo 4, Eleazar, atrapado en un entorno que apenas reconoce, decide releer Cándido o el optimismo. (Y cito) “Este  —dijo el mendigo con el libro en la mano–. Hace siglos que no lo leo”. Recuerden esta cita.

La novela de Borges, de José Borges, es, supongo que a propósito, irreverente. Su protagonista es cínico en todos sus referentes religiosos, es además rebelde (me atrevería a decir que es un rebelde con causa). En su andar largo, larguísimo, no deja de reclamarle a Dios y de adjudicarle responsabilidad por su desdicha. Y lo digo en singular, desdicha, porque a pesar de que son muchos sus pesares, el origen es el mismo; (a su juicio) una mala pasada que Dios le ha hecho.

Dijo Saramago, hablando sobre su novela Caín: “Dios no es de fiar”. Lo dijo y se sostuvo, al punto que literariamente redimió a Caín. Y no habla Borges de Caín, ni de Abel, ni siquiera de Adán y Eva. Pero habla de Eleazar y de “El Caldero de Dios”, la entidad que socorre al mendigo y que no resulta ser lo que parecía. Y habla de los temores y de las inseguridades, y de lo que el protagonista (y quizás también el autor) consideran exageraciones espirituales.

Habla Borges también de la muerte, se acerca a ella con diversas miradas: la insensible, la científica, la física, la sufrida, la esperada, la que llega… y hasta la que no llega.

Si hay muerte es porque hubo vida, así que también se habla de la vida, de la existencia y de la supervivencia. Y en ese ciclo de la vida hay un matrimonio que tiene las altas y bajas que por definición supone el acto de matrimoniarse. Hay ganancias y pérdidas. Hay un mendigo que huye y un especialista en informática que también huye. Y aunque andan juntos, huyen por razones diferentes. Brommer, que es el especialista, experimentaba, como también experimentó José Borges, la ficción de trabajar en algo que no le apasionaba.

Así que, además de la huida física, llevaba una fuga emocional provocada por la rutina, por los compromisos ineludibles y por su hastío laboral. Esa huida no se daba en el vacío, era movida por la búsqueda de experimentar lo que ya otros habían hallado. Y eso podría resumirse en dos libros o en dos palabras: pura vida.

Esa antigua tristeza”, la novela, habla de todo lo que se da en el espacio intermedio entre la vida y la muerte: el amor, las intrigas, la pasión, la cena apresurada, las conferencias aburridas, la tentación, el poder, la salud, la corrupción, la enfermedad, la cura, el rescate, la redención.

El escenario físico protagónico es Seattle. O las múltiples caras de Seattle: un hotel, un cyber-café, unos callejones oscuros, unas azoteas homogéneas, un sótano, un laboratorio, la sede de una próspera compañía multinacional, un apartamento que resguarda y que delata, y hasta el Seattle de los amigos, de la complicidad y del detonante para el amor.

La novela te lleva como una montaña rusa: tan pronto arranca comienza a tomar velocidad y esta se intensifica gradualmente hasta que en un momento dado estás a merced del texto y no lo sueltas porque no puedes y te conviertes en aliado del mendigo y piensas que lo estás viendo todo suceder frente a ti, como si estuvieras en el cine y las letras se transformaran y las palabras ahora son personajes que se suceden uno al otro en la pantalla y te deslizas cómplice en tu silla para que no te vean y no se detengan y sepas de una vez y por todas cuál será el desenlace. Entonces el carrito comienza a descender por la montaña rusa y baja con sutileza y llega a su destino y finalmente detiene su movimiento porque ha quedado exhausto. Y tú te bajas extasiado, seguro de que ahora sabes algo que otros no saben y ese es tu secreto, pero te volteas y miras ese carrito de la montaña rusa que dejaste allí detenido y te parece que cobra vida, una vida que nunca se va a agotar, porque le toca comenzar de nuevo la carrera con otros pasajeros que no se imaginan la aventura que les espera.

Ese carrito es el texto y es Eleazar, el mendigo, y será tal vez alguno de nosotros, quién sabe…

Lo que sí sé es que cuando termine esta novela usted: meditará sobre su carrera laboral, reconsiderará el matrimonio, sospechará de las compañías multinacionales, dará limosna a los mendigos, repasará algunos textos bíblicos, quizás no quiera ir nunca a Seattle, pero sí se aventurará a escudriñar mejor los rostros nuevos, tal vez se lleve una sorpresa.

La cantante nicaraguense, Katia Cardenal canta una canción hermosa que se llama “Regresando por más”. Y tomando ese título, les aseguro que cuando terminen de leer “Esa antigua tristeza” ustedes querrán regresar por más. Esperamos que Borges los complazca.

¡Que la disfruten!

Isamari Castrodad

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.6/10 (8 votes cast)
Share

Para los lectores nuevos

Mi nombre es José Borges y soy escritor. En esta página pueden leer mis cuentos y mantenerse al tanto de nuevos proyectos (entre otras cosas).

Mis novelas, Esa antigua tristeza y Fortaleza, están disponibles en las librerías del País, Amazon.com, Apple, Createspace, Barnes & Noble y Smashwords.

Hay otros lugares en la Internet donde me pueden encontrar:

Twitter – donde escribo y retuiteo breves mensajes que me parecen cómicos.

Facebook – donde me he sometido al carpeteo voluntario.

Mi correo electrónico es jose.borges.escritor [arroba] gmail.com. Esta cuenta se verifica periódicamente, así que, paciencia si me escriben por ahí.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (6 votes cast)
Share

Cuento “Langosta blanca” en El Nuevo Día

En la sección La Revista. Me dejan saber qué opinan.

Editado: 4 de febrero de 2008
Ahora, reproducido aquí.

Langosta blanca

José Borges © 2008

Había algo de Carlos que me incomodaba. Me ponía nervioso cómo aparentaba mirarme a los ojos, sin que lo hiciera realmente. Era como si pudiera atravesarme con la mirada, como si yo no existiera. Tampoco hablaba mucho. Ramón, que parecía un enano a su lado, se encargaba de eso. Por más que vinieran a nuestra islita, nunca vestían de manera apropiada. Llegaban repletos de prendas, vestidos con ropa fina y se pasaban quejándose de la arena o el fango (Ramón, al menos; Carlos sólo miraba el sucio como si así pudiera lograr que dejara de existir. Juraría que lo logró un par de veces).

Aunque nunca lo mencionaron, todos sabíamos que eran colombianos. Tenían el mismo acento que Sor Adelaida, que en paz descanse. Por lo general, habíamos muchos que estábamos contentos de ver a Ramón y a Carlos. Esta vez teníamos miedo.

—¿Qué carajo pasa? —preguntó Ramón—. ¡Nadie ha pescado ni una langostita blanca en un mes!

Pude haberle mentido, pero la mirada de Carlos… Temía lo que haría si se daba cuenta de que no le decía la verdad. Y no es que fuese un tipo inteligente: era más, podía oler una mentira.

—Se han recuperado algunas —dije, nervioso—. Lo que pasa es que nos las quitaron.

—¿Quiénes?

Nada más pude apuntar hacia el cuartel; las palabras no me salían.

—¿Policías? —preguntó Ramón. Supe que no necesitaba una respuesta mía—. ¿Y el cargamento aún está ahí?

—Quieren hablar con ustedes —respondí asintiendo con la cabeza.

—Siempre hay listos, ¿eh, Carlos?

Fue la primera vez que vi a Carlos sonreír. Nada me ha atemorizado tanto en mi vida; ni cuando me encontré con el tiburón un día de pesca.

Recuerdo cuando aún pescaba langostas de verdad en Tasbapauni. Lo que cayera en mi red, en realidad. Vendía lo que sobraba después de tener suficiente para alimentarme. Eran tiempos difíciles aquéllos. Eso de tener una casa de concreto es de ahora. Apenas me daba para construir una choza de madera y palmas.

Pero todo cambió con la langosta blanca. No era un crustáceo, sino fardos de lo que parecía ser harina, envueltos en bolsas plásticas. Aparecían cerca de la orilla de vez en cuando y no sabíamos qué hacer con ellas. La esposa de uno de los pescadores trató de hacer bizcochos con la sustancia y murió intoxicada. Poco después aparecieron Ramón y Carlos. Nos ofrecían cuatro mil dólares por cada fardo (ellos les llamaban “kilos”). De pronto, no me interesaba pescar nada más que langostas blancas, como los llamó Ted.

Ahora, algunos tenemos casas de concreto, televisores y enseres eléctricos. Hasta podemos viajar a Managua y quedarnos en los hoteles con todos los lujos. Ted compró materiales para renovar la iglesia e instalarle abanicos. Es el que más “langostas” ha encontrado; sólo hay que ver su mansión para darse cuenta. Es muy generoso también: a cada rato ayuda a los demás residentes de Tasbapauni. Todo el mundo sabe cómo ha adquirido su fortuna, pero nadie te diría. Nos tardamos en saber de dónde venían los fardos y por qué nos pagaban tanto por ellos.

Los compañeros de Ramón y Carlos trafican cocaína a los Estados Unidos y sus lanchas pasan cerca de nuestra islita. Algunas veces la guardia costanera los sorprende y los traficantes se ven forzados a deshacerse de la droga. Así no hay evidencia. A veces, la embarcación se destroza contra las rocas en el mar. Las corrientes marinas nos traen sus cargamentos. He escuchado que los gringos pagan mucho más de los cuatro mil que nos dan a nosotros por cada kilo. Hay algunos aquí a quienes les gusta la droga, pero no tienen dinero para pagarla. Mejor se la vendemos a los colombianos.

A veces, la Policía encuentra las langostas. Entonces, llaman a la jefatura y sólo Dios sabe adónde se la llevan. Pero la noche que me encontré con Ramón y Carlos los policías habían decidido que ellos también podrían lucrarse. Tasbapauni es una aldea pequeña y todo se sabe, aunque no se comente. Los cuatro guardias vestidos de azul nos confiscaron todo lo que habíamos encontrado en el mes. Si alguien preguntaba por los fardos, nos dijeron, los dirigiríamos al cuartel.

Lo que más recuerdo de aquella noche es la sonrisa de Carlos antes de partir. Se fue con Ramón hacia donde les había indicado. Nadie sabe qué pasó después. Sólo sabemos que el cuartel amaneció bañado en sangre y la aldea se quedó sin policías por dos meses. Si vas al cuartel, verás sus fotos en la pared, en conmemoración a su servicio por el Departamento de Justicia de Nicaragua. Nunca volvimos a ver a los dos colombianos, pero una semana después de la masacre vinieron dos más y nos pagaron por lo que habíamos recobrado. Nadie se atrevió a hacer preguntas. Años después, Ted me comentó que los guardias querían vender los fardos al doble de lo que nos pagaban a nosotros. No sé si sea cierto: Ted estaba borracho y es dado a decir cualquier cosa cuando está así.

Siento pena por los policías. Para ser guardias, no eran mala gente. Ahora, veo el partido de fútbol con mis vecinos. Luego, me sentaré en mi terraza a ver el atardecer. En esos instantes siento remordimientos, como si debiera hacer algo con lo que sé. Pero, cuando pienso en la sonrisa de Carlos, dejo esas ideas peligrosas.

Fin
©2008 derechos reservados

Technorati Tags: , , , ,

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.





VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (2 votes cast)
Share