Cuatro pies al margen, Parte III

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III.

El resto del viaje fue silencioso. Cuando el vehículo al fin se detuvo, Valeria sintió las manos de sus captores en los brazos; la forzaban a caminar con ellos. No sabía dónde estaba, pero la peste a basura, excrementos y químicos casi la hacen vomitar dentro de la capucha. Sintió que entraba en algún edificio, y de pronto pudo respirar otra vez.
Todavía en silencio, la sentaron y la amarraron de nuevo.
—Quítale eso —escuchó decir a Dos Minutos. Una mano sudada, casi gelatinosa, levantó de la cabeza de Valeria una máscara negra para esquiar. Se la habían colocado al revés sobre la cabeza. Al fin pudo ver sus alrededores.
Parecía un almacén, ya en desuso, convertido en un espacio para vivir. Le recordó a una aldea primitiva. El lugar apenas estaba iluminado con unas pocas bombillas amarillentas. Notó unos catres en el piso de concreto, que le recordaban a los refugios usados por las autoridades cuando había un desastre. No podía imaginarse viviendo en un lugar como ése.
Pensó que debía estar en Los Bajos. Recordó un reportaje acerca del lugar. Era donde vivían los pocos rebeldes que rehusaban formar parte del mundo corporativo y los criminales. Casi nadie que entraba en Los Bajos volvía a salir.
Aunque no era de su agrado, tampoco le pareció tan mal lugar como el descrito en el reportaje.
Parecía que unas siete u ocho personas vivían allí, pero sólo podía ver a tres hombres. Uno de ellos colocó una silla desplegable frente a ella y se sentó con el pecho recostado del espaldar del asiento. Lucía una camisa, unos mahones y unas botas de trabajo, todos negros. Valeria no podía apartar la vista de la pistola que tenía el hombre en la baqueta del cinturón.
—Bien. Esto es lo que va a suceder —dijo el hombre. Por la voz, Valeria lo reconoció como Dos Minutos—. En unos minutos va a llegar un camión repleto de personas… enfermas. Usted los va a atender lo mejor que pueda, pero no hasta que yo le diga. ¿Entendido?
—Pero, no estamos en la clínica… ¿Cómo voy a atenderlos?
— ¿Qué cree que hacíamos allí? Limpiamos la clínica, doctora. Casi todo está aquí —dijo, apuntando a una esquina, donde estaba la mayoría de los instrumentos, equipos y medicamentos del consultorio de la doctora—. No esperábamos que volviera, pero nos aprovechamos para utilizar sus… destrezas. No es lo mismo vender el “material” que vender los servicios de alguien que sabe utilizarlo.
Antes de Valeria contestar, los interrumpió un hombre de apenas cinco pies de estatura, ropa manchada y espejuelos.
— Llegaron, Jefe —dijo. Al oírle la voz, Valeria supo que el hombrecillo era Visitante.
El tercer hombre abrió una puerta de metal por la antigua área de embarque del almacén, para permitir que entrara un camión en reversa. Una vez se detuvo, el conductor y tres hombres más se bajaron del vehículo mohoso y abrieron el vagón. Valeria se sorprendió al ver un vehículo tan viejo en funcionamiento.
El vagón estaba lleno de personas en varios estados de agonía. Parecían sacos, por la forma como estaban acostados.
Dos Minutos comenzó a desatar a Valeria mientras le recordaba:
—No hagas nada al menos que te dé permiso. ¿Entendido?
La doctora, en silencio, asintió con la cabeza.
Después de liberarla, Dos Minutos la llevó del brazo hasta el vagón.
— ¿El dinero? —le preguntó al conductor. Lucía una camiseta gris, mahones azul, un abrigo blanco y unas gafas oscuras que había puesto encima de la cabeza, como una tiara.
El conductor miró a uno de sus acompañantes. Éste sacó de su bolsillo un pequeño objeto rectangular y lo mostró, como si fuera una identificación. Aunque apenas había visto uno, Valeria lo reconoció como un acreditador, mayormente usado por personas no registradas en la Comisión de Crédito. Una herramienta indispensable para los marginados. Era el equivalente de dinero en efectivo, décadas atrás.
—Grey…—dijo Dos Minutos, asintiendo con la cabeza hacia Visitante. Éste tomó el acreditador y lo insertó en un lector.
—Cinco mil —dijo Grey.
—Dije 250 créditos por cada uno. Hay más de veinte ahí —dijo, con la mano derecha acariciando el mango de la pistola.
—Oye, Mercurio, sólo son tres más —dijo el conductor—. Sé reaccionable…
— ¿Recuerdas el trato? Cuando hablamos, te pareció ra-zo-na-ble —dijo Mercurio, en voz alta y con un énfasis obvio en la última palabra—. Ya pasamos la parte de la negociación… ahora estamos en la transacción. Así que, escoge los veinte que la doctora va atender o produce los 750 adicionales, pero no voy a regalar servicios.
Desde su posición, Valeria observó a los enfermos. Aunque estaba lejos, determinó que ninguno sobreviviría mucho tiempo sin atención médica.
—Mercurio, ¿sí? —dijo la doctora—. No puedo dejar a ninguno sin tratamiento… sería una sentencia de muerte.
—Doctora, ¿recuerda mi advertencia? —preguntó Mercurio. Esperó a que asintiera y añadió, ahora con la mano recostada de la pistola: —Si usted toca a uno más de lo acordado, terminará igual de muerta que su paciente.
—No creo que usted me mataría —respondió, sin saber de dónde sacó las agallas.
Mercurio la miró a los ojos. En ese momento, Valeria se dio cuenta de cuán errónea era su aseveración.

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