Cuento: Cosa del pasado

Cosa del pasado

2010 © José Borges

Cuando primero lo vi, pensé que era mi tío. Sabía que no lo era, por supuesto: el hermano de mi padre había muerto cinco años antes. Iba a descartarlo a una mera casualidad y seguir mi camino, pero se acercaba para hablar conmigo. No me está malo saludar a la gente que veo en la calle, pero me limito a un “buenos días” o saludo semejante. Pero este señor se acercaba y me hacía sentir incómodo. De seguro, me pediría un cigarrillo: fijaba su mirada en mi mano derecha, de la cual husmeaba mi tabaco encendido.

—Con permiso —dijo el hombre—. ¿Me regalarías uno? —apuntaba al cigarrillo.

Extendí mi cajetilla abierta para que el extraño tomara uno y permanecí atónito mientras dejó mi mano vacía.

—Tienes que dejar este vicio —me dijo enseñándome los cigarrillos. Más bien, fue una orden; como si fuera mi padre.

Ahora bien, sé que fumar es pésimo para la salud. Conozco las enfermedades que causa, la peste que deja: todo lo que me podría decir este señor para convencerme de que dejara de fumar. Sin embargo, y esto es algo que alguien que jamás ha fumado no entiende, es lo más rico que existe. Estoy seguro de que un adicto diría lo mismo de su droga predilecta.

Además, no me gusta que nadie me diga qué hacer.

Exigí que me devolviera los cigarrillos. Creo que usé uno que otro adjetivo no muy favorable.

— Si dejas de fumar —contestó colocándose un tabaco en la boca—, no me dará este cáncer infernal. ¿Tienes fuego?

Le encendí el cigarrillo por mero reflejo. Me confundió lo que me había dicho. Aspiró el humo como un fumador lo habría hecho después de no haber fumado por días. Parecía marearse.

—¡Ah! —suspiró—. Casi como la primera vez. Ven. Tomemos un café mientras hablamos.

Señaló a una cafetería en la esquina y, sin esperar a que yo contestara, emprendió hacia el negocio.

Lo seguí porque quería recuperar mis tabacos. No sabía de dónde había salido el maldito loco, pero no iba a soltar un paquete entero de cigarrillos. Es un vicio caro.

El estrés de la situación me afectaba y necesitaba fumar. Imploré que me devolviera la cajetilla y me ignoró. Luego, le rogué que me diera al menos uno. Se detuvo y se volteó hacia mí:

—¡Es que no me has escuchado! Tienes que dejarlos —dijo y continuó su marcha.

Traté de discutir, pero no me hizo caso hasta que llegamos a la cafetería.

Tomó asiento donde lo habría hecho yo: una esquina cerca de la ventana y de la salida.

—Siéntate.

Le pregunté si no le molestaba cambiar su asiento con el mío, ya que prefería no darle la espalda a la puerta.

—Lo sé. Yo tampoco. La vejez tiene sus ventajas. Ordéname un café, ¿sí?

Cuando le pregunté cómo lo tomaba, me contestó:

—Igual que el tuyo: con leche y oscuro…

—…como el alma del diablo —completé lo que iba a decir. Siempre digo eso cada vez que ordeno un café. Así, quien lo preparara no dudaría sobre cómo me gustaba mi bebida. De todas formas, con frecuencia la servían mal.

Ya estaba bastante aturdido por este hombre. Me habría peleado con cualquier otro, pero la presencia de este señor no me permitía ese tipo de acción. Era como si lo hubiera conocido toda mi vida; parecía un familiar.

Regresé a la mesa con los dos cafés y sendos sobres de endulzador artificial para cada bebida. Le ofrecí uno a mi atormentador.

—Ah, no. Gracias, pero resulta que el azúcar falso sí hace daño —dijo.

—¿De veras? Pensé que habían averiguado que no.

—En dos años encontrarán que ayuda a que se propague el virus aviario… ¿o es la tuberculosis? Carajo, no recuerdo.

—¿Dos años?

—Sí, sí. Ya verás. Lo que sucede es que yo soy tú, de aquí a treinta años.

—¿Qué?

—Como lo oyes. Mira, nos fumamos el primer cigarrillo en una fiesta de la universidad, para caerle bien a la pelirroja. Nos masturbamos por primera vez a los catorce años, con un dibujo de una mujer y tu mascota favorita fue Gloria, la collie.

—Pero ¿cómo sabes…?

—Porque soy tú —me interrumpió—. Sabes que no hay otra manera de que sepa eso. Además, mírame: el parecido es demasiado. Menos pelo y más arrugas, pero somos prácticamente idénticos.

No sabía cómo contestar. Todo lo que decía era cierto.

—Vengo del futuro —continuó— y necesito que dejes de fumar. Calculé todo y me di cuenta de que, si no fumara, viviría al menos veinte años más. Además, mis finanzas serían mucho mejor. He desperdiciado demasiado en tratamientos contra el cáncer.

—Futuro —fue lo único que logré decir.

—Exacto. Necesito… no. Necesitamos que dejes el vicio. Todo nos irá mejor, créeme.

Permanecí callado. Pensaba en todo lo que había sucedido y escuchado.

—Sé que necesitas tiempo para creerme, pero hay prisa. No me… perdón. No nos queda mucho tiempo. El médico me ha dicho que me puedo morir en cualquier momento.

—Supongamos que eres del futuro —dije—. ¿No habría sido mejor que viajaras al día en que comencé a fumar?

—Por supuesto. Sin embargo, la manera de viajar en el tiempo fue descubierta hoy, diez minutos atrás. Pronto, las noticias estarán repletas de reportajes de “viajeros temporales”. Sucede que uno no puede retroceder en el tiempo más allá de hoy, a la hora en que se hizo la primera prueba de la máquina.

—No entiendo nada de lo que me has dicho —confesé—. A propósito, ¿saben cómo viajar por el tiempo, pero no han encontrado una cura contra el cáncer?

—Es un mundo jodido, ¿qué esperas? No hay carros voladores tampoco.

—No parece ser gran cosa este futuro tuyo.

—Tiene sus ventajas. La vida es mucho más simple ahora. Será más simple, mejor dicho.

—Si tú lo dices… ¿Encontraron la cura para el sida?

—En diez años más, según recuerdo. Causó la segunda revolución sexual. Y, por supuesto, surgió otra enfermedad venérea con peores síntomas.

—Creo que no funcionará tu plan —confesé.

—¿Por qué no?

—Pues, ya no tendrías cáncer.

—Ya había contemplado eso. El experto temporal me explicó que al momento en que me vaya, tomarás… tomaré una decisión. Dejo de fumar o no.

—¿No te afectaría desde ya?

—No necesariamente. Al tomar esa decisión, la realidad se bifurcará. En una, llegaré a mi tiempo curado. En la otra, casi muerto.

—¿Y cómo sabes a cuál regresarás?

—En realidad, no comprendo la teoría muy bien. El experto me aseguró que regresaría a la que me corresponde.

—Oh, Dios. Lo más difícil de creer de todo esto es que seré tan pendejo a tu edad —dije, verdaderamente decepcionado de mí.

—Bueno, fue lo que me dijo…

—¡Coño! ¿Tantos años y no te das cuenta de cuándo alguien te dice lo que quieres oír? Me imagino que le pagaste por adelantado.

Permaneció callado mientras miraba al suelo.

—Idiota —dije.

—Oye, si dejas de fumar, nada de esto sería un problema.

—Es que si dejo de fumar, no tendré que viajar en el tiempo para tener esta conversación conmigo. Por tanto, seguiría fumando.

—No creo que entiendo.

—Tampoco estoy muy seguro, pero es como las tragedias griegas: al intentar cambiar tu destino, aseguraste que se cumpla.

—Pero, si no venía, también se cumpliría.

Al pensarlo, me di cuenta de que tenía razón también.

—Cierto, cierto —dije—. Parece que no importa qué haga, entonces.

—¡No! Hazme caso. Deja de fumar. Ya se me olvida cómo el experto me explicó, pero al momento tenía sentido. Confía en mí. En ti.

Permanecí en silencio. Mi futuro yo tenía toda la razón: tenía que dejar de fumar. Era algo que he sabido desde que comencé. Sin embargo, es lo más difícil que he tratado de hacer. Lo único en lo que siempre he fracasado.

—¡Oh, no! —dijo mi futuro yo, preocupado—. Siento como si me halaran. Creo que regresaré a mi tie…

Desapareció en ese instante, sin terminar la oración. Por suerte, nadie notó su desvanecimiento y evité tener que contestar preguntas bochornosas.

Salí del cafetín determinado a dejar mi vicio. Era lo mejor para mí. Podría respirar bien, despertar sin toser, saborear la comida, no fatigarme al subir las escaleras… Iba a mejorar mi salud. Decidí comenzar una rutina de ejercicios esa misma tarde.

Lo único que me daba pena era que no había podido disfrutar de un último cigarrillo. Me sentía como cuando una amante se deja sin una última revolcada.

Aunque…

No. No podía pensar en eso…

Podía comprar un último…

Tenía que pensar en mi salud.

¡La cajetilla que me había quitado! ¿Estaría allí aún?

Debía ser fuerte; no sucumbir.

Sólo me llevaría uno y ya. No más.

Uno y ya.

Entré otra vez al cafetín y sentí alivio al ver que la cajetilla no había regresado al futuro también. Abrí la caja y saqué un último tabaco. Salí y lo encendí. Llené mis pulmones por lo que sería la última vez. Disfrutaba de cada molécula carcinogénica.

Terminé de fumar en completa serenidad y emprendí mi camino otra vez. Luego, me detuve. Entré otra vez al cafetín y tomé la caja de cigarrillos, decidido de que mañana mi adicción sería cosa del pasado.

Fin

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