Cuento: Hasta el amanecer

Hasta el amanecer

2009 © José Borges

Noto un barco de vela en el horizonte según recojo la última red del día. Me alegro de haber pescado dos colirrubias antes de regresar a puerto. No me preocupo mucho por el barco: de vez en cuando se ven embarcaciones camino a Norteamérica o Europa. Nunca paran aquí.

Apenas recuerdo cuando todo esto eran hoteles y condominios. No podías ver el mar a menos que vivieras justo en la costa. Sólo los ricos podían hacer eso. Ahora viven entre las montañas de la isla, al menos, los que se quedaron acá. Los demás huyeron tan pronto se les hizo posible.

He escuchado que ya no son tan ricos. Pero no sabría corroborar eso. Difícil encontrar transportación segura hacia el extranjero. El viaje es largo y abundan los piratas. De vez en cuando, encontramos los restos de sus víctimas mientras pescamos. En esos casos, trato de sepultarlos en tierra firme. Es lo más decente que puedo hacer. No me gustaría terminar como comida de algún pez. Es el ciclo de la vida, supongo. Y, a la verdad, la pesca ha sido muy buena estos últimos años.

Cuando era chico, no pescábamos nada del tamaño que vemos hoy. He escuchado que hay más gente que pesca, pero en cantidades menores. Sin barcos capaces de almacenar miles de pescados, el impacto ha disminuido. Al menos, así me lo han explicado. Mi padre recuerda muy bien la “Era del petróleo”. Me ha contado que todo el mundo tenía automóviles (había más autos que gente, según él). Se podía llegar a Europa en horas, en vez de semanas.

Recuerdo haber visto aviones cuando pequeño. Eran rápidos, mucho más que los dirigibles.

He pescado todo lo que iba pescar hoy. Tengo tres colirrubias, cuatro capitanes y mucha carnada para mañana. Marco el número de Marcelo para informarle de mi cargamento. Apenas eche el ancla en el puerto, habré vendido todo. Espero que al menos uno de los compradores me pague con arroz; hace tiempo que no lo como. Marcelo se quedará con su parte, por supuesto, pero el restante sería suficiente para el resto de la semana. Mi padre ya no come tanto. Creo que no le queda mucho tiempo.

Sería una pérdida grande para la comunidad. Para mí también, claro, pero los demás ciudadanos lo echarán de menos. Gracias a él, logramos sobrevivir un sinnúmero de crisis. Junto con diez amigos, logró repoblar lo que permaneció sobre agua del antiguo casco urbano. Antes, lo llamaban el “área metro”. Ahora es sólo La Ciudad. Hasta donde sabemos, no hay otra en la isla. Existen pequeñas comunidades, sí, pero ninguna tiene más de cien habitantes. La Ciudad cuenta con mil. Tenemos dos médicos y cinco “magos”. Llega gente de toda la isla en bicicleta, a caballo y hasta a pie para verlos. Los magos son muy solicitados. La gente sabe usar su teléfono móvil y su computadora, pero casi nadie sabe cómo funcionan. Hacen trueques con lo que sea para que los magos les arreglen sus equipos. Tampoco hay muchos médicos en la isla. Muchas veces, es muy tarde para los que vienen a verlos. Esperan demasiado para emprender el viaje. No los culpo: cualquiera lo piensa dos veces antes viajar. No tanto por la distancia, sino por los ladrones.

Los bandidos ya ni reconocen lo que es ser civilizado. Se esconden hasta que la presa fácil cruza sus caminos. Nadie sale de La Ciudad sin al menos cinco hombres armados que le sirvan de guardaespaldas. Por fortuna, contamos con varias armas de fuego. Casi nadie en la isla las posee. Además, las balas son escasas. Creo que tenemos el único armero en la isla o, por lo menos, el único que sabe fabricar municiones. No es decir que los bandidos atacan con manos vacías: aún se puede conseguir un machete en la isla. También ha habido casos en que han utilizado flechas. Si tan sólo utilizaran su ingenuidad para el bien de todos…

Es la única manera de sobrevivir. Algunas personas, los viejos especialmente, añoran los tiempos de antes. Pero, según me han contado, nosotros vivimos mejor. Mi padre siempre dice que las inundaciones y el fin del petróleo fue lo mejor que nos pudo pasar. Aunque hay cosas que extraña también, como la facilidad de viajar por el mundo. Aún añora una oportunidad para volver a Italia.

Marcelo me espera en el puerto y me da la buena noticia:

—Una de esas colirrubias te ha traído dos libras de arroz —me dice, mientras me ayuda a bajar mi cargamento.

—¿Cómo les fue a los demás? —pregunto. Siempre me gusta saber cómo me comparo con los demás pescadores.

—Tito y Víctor trajeron buena pesca. Carla llamó, pero no ha llegado aún. Me preocupa, porque llamó antes que tú.

—¿Sabes adónde se tiró?

—Noroeste.

—Bueno, el viento no la favorece. Debe ser por eso.

—Espero que sí —responde Marcelo, preocupado. Carla es su compañera de más de tres años. No hay un día en que no se preocupe por ella. Lo cómico es que Carla es muy capaz de defenderse. Más que Marcelo… Aún recuerdo el día que le rompió la nariz a Víctor. Aún a la mitad del siglo veintiuno es difícil no encontrarse con un poco de machismo, especialmente entre pescadores.

—¿Por qué no la llamas?

—La última vez que hice eso, dejó de hablarme por una semana. Tú sabes cómo es.

—Cierto. Voy a casa. Me llamas cuando llegue Carla.

A mi padre siempre le ha sorprendido que todo el mundo posea un teléfono móvil. Cuando comenzaron las crisis mayores, pensó que sería el final de la era informática. Pero no fue así: todos tenemos una computadora o un teléfono celular, o ambos. Tengo amigos alrededor del mundo que con toda probabilidad jamás lograré ver. El mundo es grande y chico a la vez.

Mientras ato mis dos libras de arroz a la bicicleta, me doy cuenta de que el barco en el horizonte aún está a la vista. Se ve más grande. Es obvio que se acerca a puerto. Hace cuatro años desde la última vez que una embarcación llegó a La Ciudad. Es más fácil llegar por dirigible.

—¿Sabes algo de eso? —le pregunto a Marcelo apuntando a la nave.

—No. ¿Será algún navío en peligro?

—¿Quién sabe? A ese paso, le falta un par de horas antes de que llegue.

—Enviaré un mensaje global a ver si alguien sabe de qué se trata.

El mensaje de Marcelo recorrería el mundo en minutos. Si alguien sabía de la embarcación, le contestarían. Por alguna razón, no creo que recibirá respuesta.

Me monto en la bicicleta y comienzo el viaje de siete minutos a mi casa. Mi padre me ha contado que, en su época, casi todo el mundo era gordo porque no hacían ejercicio y comían mucha “porquería”. No sé cómo se puede comer porquerías, en realidad. Mi padre dice que tenía que ver con lo que usaban para confeccionar los alimentos.

Encuentro a mi padre acostado en la hamaca del patio.

—¿Cómo te fue? —me pregunta, aún con los ojos cerrados.

—Bien. Conseguí arroz.

—¡Al fin! Una de las gallinas dejó de poner huevos, así que podemos hacer un arroz con pollo.

Dejar de poner huevos era una sentencia de muerte para las gallinas en nuestra casa. Había veces que, al mencionar su destino, la gallina comenzaba a producir otra vez, pero no fue el caso de hoy. La agarro por la cabeza y le tuerzo el cuello. Media hora después le estamos arrancando las plumas después de haberla hervido en la olla. Estamos a mitad del desplume y suena mi celular.

—Tenemos un problema serio —dice Marcelo—. Es un barco pirata.

—¿Buscan refugio? —a veces hacían eso, pero nunca lo obtenían. No se puede auspiciar ese tipo de conducta, por más humanitario que queramos ser.

—Sí. Capturaron a Carla. Dicen que no la soltarán, a menos que los dejemos reabastecerse —puedo notar la voz de Marcelo a punto de quebrarse.

—¿Estás seguro de que tienen a Carla?

—La vi. Le han hecho daño… —oigo a Marcelo tratar de ocultar un llanto. Hago como si no lo hubiese escuchado.

—Diles que nos comunicaremos con ellos pronto. Se lo diré a Papá.

Aún enfermo como está, mi padre tiene una mente muy ágil para cualquier crisis. No es que sea un líder porque mande mucho, sino que sabe cómo motivar a la gente para que hagan lo que mejor puedan. Muchas veces, lo logra con sólo una mirada. Los otros viejos dicen que habría sido tremendo político. Según lo que he leído acerca de ellos, no creo: mi padre no es dado a mentir y menos, a robar.

Le cuento lo que ha sucedido y me ordena que convoque una reunión con los demás. Mi padre, en cierta forma, es el líder de La Ciudad, pero forma parte de los Siete. Su voz es importante, pero no sobrepasa la autoridad de los demás miembros. La mayoría de ellos son los que primero decidieron repoblar La Ciudad. Eran diez al principio, pero cuatro de ellos no quisieron la responsabilidad de ser líder. Entre ellos, mi padre era uno de los que rechazó el cargo. Sólo aceptó cuando estuvo seguro de que nadie tendría más potestad en el grupo. Fue lo mejor que pudo haberle pasado a La Ciudad. Mi padre me ha dicho muchas veces que los que deben estar al mando son los que menos quieran hacerlo. Varias veces me ha dicho que yo sería un candidato ideal para los Siete, pero me niego a tener tanta responsabilidad.

Como es una emergencia, la reunión comienza de inmediato en nuestra casa. El arroz con pollo tendrá que esperar hasta mañana, si es que estamos vivos para cocinar.

Los piratas son un peligro terrible, peores que los bandidos. Parece que, como están en alta mar por tanto tiempo, se convierten en verdaderos salvajes. Sabemos que hay que actuar rápido. Nadie quiere pensar en lo que le habrán hecho o le que le harán a Carla; Marcelo menos que nadie. Lo único que separa a los piratas de los animales es la habilidad de navegar un barco.

—No podemos dejar que salgan de la nave —dice mi padre. Todo el mundo asiente, ya sea con la cabeza o con un murmullo. Todos sabemos que hay que guardar silencio en este tipo de reunión.

—¿Y Carla? —pregunta Sigfredo, uno de los Siete. Noto que Marcelo esperaba a que alguien hiciera esa pregunta.

Los Siete se miran entre sí, sin decir nada.

—Tenemos que hacer lo que nos beneficie más. Si dejamos que toquen pie en La Ciudad, nos arriesgamos a que acaben con nosotros. ¿Quién sabe qué tipo de armamento poseen estos hijos de puta? —dice mi padre.

Regresan los murmullos. Marcelo se sienta en el piso y se abraza las rodillas. Llora, pero nadie se atreve a acercársele.

—Carla comprenderá lo que tenemos que hacer. Haremos lo posible para salvarla de ellos —dice mi padre—. Tengo un plan de acción.

Es un plan sencillo y recibe la aceptación de los Siete de inmediato. Alguien manda a dos hombres a que se lleven a Marcelo a su casa. Hasta él comprende que su presencia podría echar a perder todo. Asiente sin palabra.

Mi padre habla conmigo en privado. Me ha escogido para la parte clave del plan. Me sugiere maneras de pensar para que no interfieran mis emociones en lo que debo hacer y me recuerda lo importante que es mi participación.

No siento orgullo. En realidad, odio lo que me han mandado a hacer. Pero sé por qué me han escogido. Tengo la mejor puntería en La Ciudad y no hay margen para errar. Voy adonde se ha determinado que sería la mejor posición para mi tiro. Sé que sólo tendré una oportunidad.

Veo a mi padre pararse en el muelle para dialogar con los piratas. A través de la mira telescópica de mi rifle, puedo ver el rostro del capitán. Tiene el cabello largo y una barba inmensa, ambos quemados por el sol. No usa camisa y su pantalón está casi destrozado. Su piel parece cuero.

—Queremos que nos enseñes tu rehén —la voz de mi padre retumba por el muelle a través del altoparlante de mano.

—Ya la enseñamos —responde el capitán con su propio altoparlante. Son herramientas indispensables en alta mar.

—Queremos saber si aún vive. ¿Cómo sabremos si ustedes no la han matado ya?

—Sólo queremos un poco de comida a cambio de ella. Luego, nos marcharemos.

De Marcelo haber estado presente, habría suplicado de rodillas para que mi padre aceptara la oferta. No tendría efecto, pero haría el trabajo más difícil para todos.

—¡Enséñamela!

El capitán hace un gesto con la mano derecha hacia algún tripulante que no puedo ver. En unos segundos, veo un hombre calvo, con piel como cuero, llevar a Carla del brazo hasta donde está el capitán. La agarra por el otro brazo y la empuja levemente hacia el frente para que mi padre pueda verla.

A través de la mira, puedo observar que por lo menos la han abatido a golpes. Supongo que no fue fácil capturarla.

Carla aprovecha el empujón para voltearse hacia mí. Aguanto la respiración por un momento y apenas me doy cuenta de que he apretado el gatillo. Es un tiro justo: logro ver el punto color rojo en el lado izquierdo del pecho de Carla antes de que su cuerpo se desplome.

El sonido del disparo hace que los piratas se tiren a la cubierta del barco. Ruego por que uno de ellos se atreva a asomarse para ponerle un pedazo de plomo entre los ojos, pero son demasiado astutos.

—¡Son unos verdaderos cabrones! —dice el capitán. En unos minutos, logran alzar ancla y zarpan a alta mar otra vez. Una vez seguros de que están fuera de alcance, echan por la borda el cuerpo de Carla.

Suelto mi arma y me monto en mi pequeño velero. Por suerte, logro llegar al cadáver antes de que se pierda en el mar. Marcelo no habría querido que su amada se convirtiera en comida para los peces.

Llego y noto que La Ciudad está desanimada. Aunque nos deshicimos de la amenaza de los piratas, nadie se siente como si hubiéramos ganado algo.

Cuando llego a casa de Marcelo, lo encuentro tirado en el suelo de su sala. Su llanto muestra una mezcla de tristeza y rabia. No sé qué decirle. Sólo lo miro.

—¿Tú lo hiciste? —tiene los ojos rojos y líquido transparente le sale de la nariz. Jamás lo he visto así.

Asiento con la cabeza. No me atrevo a hablar.

—¡AAAAAAAAA! —grita Marcelo y entierra su cabeza entre sus brazos.

Me siento en el piso al lado de él y lo abrazo.

—Marcelo —le digo en voz baja al oído—, ella sabía. Se viró de tal manera para que fuese más fácil dispararle en el corazón. Era su única opción.

Marcelo sólo llora. Lo miro por unos instantes y me conmueve. Nos quedamos el resto de la noche sentados en el piso de la sala hasta el amanecer.

Fin


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