Cuento “Langosta blanca” en El Nuevo Día

En la sección La Revista. Me dejan saber qué opinan.

Editado: 4 de febrero de 2008
Ahora, reproducido aquí.

Langosta blanca

José Borges © 2008

Había algo de Carlos que me incomodaba. Me ponía nervioso cómo aparentaba mirarme a los ojos, sin que lo hiciera realmente. Era como si pudiera atravesarme con la mirada, como si yo no existiera. Tampoco hablaba mucho. Ramón, que parecía un enano a su lado, se encargaba de eso. Por más que vinieran a nuestra islita, nunca vestían de manera apropiada. Llegaban repletos de prendas, vestidos con ropa fina y se pasaban quejándose de la arena o el fango (Ramón, al menos; Carlos sólo miraba el sucio como si así pudiera lograr que dejara de existir. Juraría que lo logró un par de veces).

Aunque nunca lo mencionaron, todos sabíamos que eran colombianos. Tenían el mismo acento que Sor Adelaida, que en paz descanse. Por lo general, habíamos muchos que estábamos contentos de ver a Ramón y a Carlos. Esta vez teníamos miedo.

—¿Qué carajo pasa? —preguntó Ramón—. ¡Nadie ha pescado ni una langostita blanca en un mes!

Pude haberle mentido, pero la mirada de Carlos… Temía lo que haría si se daba cuenta de que no le decía la verdad. Y no es que fuese un tipo inteligente: era más, podía oler una mentira.

—Se han recuperado algunas —dije, nervioso—. Lo que pasa es que nos las quitaron.

—¿Quiénes?

Nada más pude apuntar hacia el cuartel; las palabras no me salían.

—¿Policías? —preguntó Ramón. Supe que no necesitaba una respuesta mía—. ¿Y el cargamento aún está ahí?

—Quieren hablar con ustedes —respondí asintiendo con la cabeza.

—Siempre hay listos, ¿eh, Carlos?

Fue la primera vez que vi a Carlos sonreír. Nada me ha atemorizado tanto en mi vida; ni cuando me encontré con el tiburón un día de pesca.

Recuerdo cuando aún pescaba langostas de verdad en Tasbapauni. Lo que cayera en mi red, en realidad. Vendía lo que sobraba después de tener suficiente para alimentarme. Eran tiempos difíciles aquéllos. Eso de tener una casa de concreto es de ahora. Apenas me daba para construir una choza de madera y palmas.

Pero todo cambió con la langosta blanca. No era un crustáceo, sino fardos de lo que parecía ser harina, envueltos en bolsas plásticas. Aparecían cerca de la orilla de vez en cuando y no sabíamos qué hacer con ellas. La esposa de uno de los pescadores trató de hacer bizcochos con la sustancia y murió intoxicada. Poco después aparecieron Ramón y Carlos. Nos ofrecían cuatro mil dólares por cada fardo (ellos les llamaban “kilos”). De pronto, no me interesaba pescar nada más que langostas blancas, como los llamó Ted.

Ahora, algunos tenemos casas de concreto, televisores y enseres eléctricos. Hasta podemos viajar a Managua y quedarnos en los hoteles con todos los lujos. Ted compró materiales para renovar la iglesia e instalarle abanicos. Es el que más “langostas” ha encontrado; sólo hay que ver su mansión para darse cuenta. Es muy generoso también: a cada rato ayuda a los demás residentes de Tasbapauni. Todo el mundo sabe cómo ha adquirido su fortuna, pero nadie te diría. Nos tardamos en saber de dónde venían los fardos y por qué nos pagaban tanto por ellos.

Los compañeros de Ramón y Carlos trafican cocaína a los Estados Unidos y sus lanchas pasan cerca de nuestra islita. Algunas veces la guardia costanera los sorprende y los traficantes se ven forzados a deshacerse de la droga. Así no hay evidencia. A veces, la embarcación se destroza contra las rocas en el mar. Las corrientes marinas nos traen sus cargamentos. He escuchado que los gringos pagan mucho más de los cuatro mil que nos dan a nosotros por cada kilo. Hay algunos aquí a quienes les gusta la droga, pero no tienen dinero para pagarla. Mejor se la vendemos a los colombianos.

A veces, la Policía encuentra las langostas. Entonces, llaman a la jefatura y sólo Dios sabe adónde se la llevan. Pero la noche que me encontré con Ramón y Carlos los policías habían decidido que ellos también podrían lucrarse. Tasbapauni es una aldea pequeña y todo se sabe, aunque no se comente. Los cuatro guardias vestidos de azul nos confiscaron todo lo que habíamos encontrado en el mes. Si alguien preguntaba por los fardos, nos dijeron, los dirigiríamos al cuartel.

Lo que más recuerdo de aquella noche es la sonrisa de Carlos antes de partir. Se fue con Ramón hacia donde les había indicado. Nadie sabe qué pasó después. Sólo sabemos que el cuartel amaneció bañado en sangre y la aldea se quedó sin policías por dos meses. Si vas al cuartel, verás sus fotos en la pared, en conmemoración a su servicio por el Departamento de Justicia de Nicaragua. Nunca volvimos a ver a los dos colombianos, pero una semana después de la masacre vinieron dos más y nos pagaron por lo que habíamos recobrado. Nadie se atrevió a hacer preguntas. Años después, Ted me comentó que los guardias querían vender los fardos al doble de lo que nos pagaban a nosotros. No sé si sea cierto: Ted estaba borracho y es dado a decir cualquier cosa cuando está así.

Siento pena por los policías. Para ser guardias, no eran mala gente. Ahora, veo el partido de fútbol con mis vecinos. Luego, me sentaré en mi terraza a ver el atardecer. En esos instantes siento remordimientos, como si debiera hacer algo con lo que sé. Pero, cuando pienso en la sonrisa de Carlos, dejo esas ideas peligrosas.

Fin
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