Día de la dependencia

Llegó el Presidente de los Estados Unidos a Puerto Rico, un martes 14 de junio de 2011. Días antes, calles, carreteras y residenciales públicos (cortesía del Gobierno Federal) fueron pintados y arreglados. Como aquel que recibe visita sin avisar, Puerto Rico escondió los trapos sucios debajo de los muebles.

Los que pudieron pagar o “cobrar” cualquier favor o puesto político pudieron ver al Presidente de lejos por unos minutos. Muchos de ellos, funcionarios de alto rango del partido estadista, apenas entienden inglés, pero fue fácil lucir como si lo hablaran: reían cada vez que les sonaba algún nombre de un deportista o un cantante, y se preparaban para aplaudir cuando una oración bien entonada les avisaba que había dicho algo agradable.

Por alguna razón y contra todo tipo de inteligencia, había quien esperaba que la visita del mandatario solucionara todos los problemas de la Isla. Por eso, no estuvieron satisfechos con el contenido del discurso ni con lo rápido que se trasladó a la Fortaleza. A otros se les aguó el día al saber que el Presidente se reunió con el actual líder del partido colonial estadolibrista. De seguro, los que pagaron 35 000 dólares para comer aperitivos en el mismo salón que Obama también tendrán de qué quejarse.

Durante la fugaz visita, hubo protestas para la liberación de Oscar López, un preso político encarcelado hace treinta años, y por la investigación del asesinato de Carlos Muñiz Varela, ambos víctimas de la disidencia. También hubo manifestaciones en contra de la continuación de nuestro estatus de colonia en pleno siglo XXI, como un intento por ejercer algo de presión de la prensa en foros internacionales. Estos reclamos lógicos a un ilógico ganador del Premio Nobel de la Paz eran criticados por aquellos que no entendían el porqué de las manifestaciones.

Hoy mientras una minoría indignada reclamaba lo que debería ser, a todas luces, un derecho de libertad inalienable, una población colonizada celebraba, se humillaba y vaciaba sus bolsillos para llenar los de un presidente por el que ni siquiera votan. Entre desplantes, protestas y almuerzos inesperados, el único ganador de la visita de Obama fue el mismo mandatario, quien llenó sus maletas de dinero en cuatro horas de trabajo liviano. No tuvo que confrontar a republicanos hostiles ni escándalos demócratas. Solo tuvo puertorriqueños sumisos que celebraban las cuatros horas de lucro presidencial.

A poco tiempo de dejar el País,todo sigue igual en el Trópico. Mañana cuando nos levantemos, seguiremos matándonos, robando y, sobre todo, creyendo que nada de esas pequeñeces importa, pues de aquí a otros cincuenta años tendremos otra oportunidad para celebrar un día más de dependencia.

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