Presentación de la novela por Isamari Castrodad

Para aquellos que no pudieron asistir a la presentación de ESA ANTIGUA TRISTEZA o los que no han decidido si les gustaría. Isamari logró de alguna manera ilustrar los temas de la novela sin revelar ningún dato que le dañaría la obra al lector. Me halaga muchísimo que haya tomado el tiempo y la dedicación para escribir la presentación.

Esa antigua tristeza, novela de José Borges

Presentación en Borders

15 de julio de 2010

San Juan

Comienzo con una admisión que no parecería pertinente al tema, pero les aseguro que sí lo es: me gustan las películas de niños. Y me gustan, no porque lleve una niña por dentro, que sí, que la llevo, sino porque tengo la teoría de que están hechas para adultos y los niños, incidentalmente, también las disfrutan.

Hago esta mención porque cuando leí por primera vez el título de la novela de José Borges: Esa antigua tristeza, me acordé de la famosa película de Shrek, que se desarrolla en un entorno particular: el Reino de Muy, Muy lejano.

Y eso fue lo que de entrada me evocó el nombre: una tristeza aguda, de tiempos muy, muy lejanos. Y no una tristeza, sino “esa” tristeza, esa nostalgia de origen remoto que, curiosamente, sigue presente, como sucede con muchas angustias: perdura.

En esta novela hay planteamientos éticos muy serios. De hecho, yo me topé con uno personal a la hora de escribir esta presentación: ¿Cómo les cuento lo que quiero contarles sin revelar lo que no debo revelar: el secreto de Eleazar, su mayor temor y el final de la obra?

A ver, lo voy a intentar.

Esto será una síntesis, o como prefiero llamarlo: un aperitivo sabroso. Con él pretendo seducirles el paladar para que disfruten entonces del plato fuerte que es el libro.

José Borges sabe contar. Y uno de los aciertos de esta novela es precisamente esa habilidad narrativa. Esta historia se ha hilvanado puntada a puntada, en capítulos breves que se entrelazan, se abrazan, se bifurcan y se vuelven a unir; a veces, de modo casual, y otras veces desde la ficción más insospechada.

Sí, hay una conjunción de géneros, como destacó en su síntesis (en la contraportada del libro) Luis López Nieves. Hay elementos realistas, entre los que incluso podemos reconocernos, entre los que podemos ver reflejada nuestra propia cotidianidad, nuestro mejor semblante o esa sonrisa traviesa que se nos escapa en momentos de complicidad, o quizás de manera más arriesgada, podemos reconocer en Esa antigua tristeza nuestra propia miseria, esa de la que queremos escapar, como escapan Eleazar y Brommer, y hasta la propia Maureen en algún momento.

También hay elementos fantásticos, que le producen inquietud al lector, porque arrojan al ruedo un elemento sobrenatural, contrario al orden establecido y eso sorprende. De hecho, hay quien nombra el género fantástico como subversivo por el modo en que vulnera la realidad. Y aquí, en esta obra, tambíen se vulnera.

Hay, además, componentes de ciencia ficción, que se dan en el supuesto de un marco, un espacio temporal imaginario o especulativo. Como cuando en el capítulo 4, Eleazar, atrapado en un entorno que apenas reconoce, decide releer Cándido o el optimismo. (Y cito) “Este  —dijo el mendigo con el libro en la mano–. Hace siglos que no lo leo”. Recuerden esta cita.

La novela de Borges, de José Borges, es, supongo que a propósito, irreverente. Su protagonista es cínico en todos sus referentes religiosos, es además rebelde (me atrevería a decir que es un rebelde con causa). En su andar largo, larguísimo, no deja de reclamarle a Dios y de adjudicarle responsabilidad por su desdicha. Y lo digo en singular, desdicha, porque a pesar de que son muchos sus pesares, el origen es el mismo; (a su juicio) una mala pasada que Dios le ha hecho.

Dijo Saramago, hablando sobre su novela Caín: “Dios no es de fiar”. Lo dijo y se sostuvo, al punto que literariamente redimió a Caín. Y no habla Borges de Caín, ni de Abel, ni siquiera de Adán y Eva. Pero habla de Eleazar y de “El Caldero de Dios”, la entidad que socorre al mendigo y que no resulta ser lo que parecía. Y habla de los temores y de las inseguridades, y de lo que el protagonista (y quizás también el autor) consideran exageraciones espirituales.

Habla Borges también de la muerte, se acerca a ella con diversas miradas: la insensible, la científica, la física, la sufrida, la esperada, la que llega… y hasta la que no llega.

Si hay muerte es porque hubo vida, así que también se habla de la vida, de la existencia y de la supervivencia. Y en ese ciclo de la vida hay un matrimonio que tiene las altas y bajas que por definición supone el acto de matrimoniarse. Hay ganancias y pérdidas. Hay un mendigo que huye y un especialista en informática que también huye. Y aunque andan juntos, huyen por razones diferentes. Brommer, que es el especialista, experimentaba, como también experimentó José Borges, la ficción de trabajar en algo que no le apasionaba.

Así que, además de la huida física, llevaba una fuga emocional provocada por la rutina, por los compromisos ineludibles y por su hastío laboral. Esa huida no se daba en el vacío, era movida por la búsqueda de experimentar lo que ya otros habían hallado. Y eso podría resumirse en dos libros o en dos palabras: pura vida.

Esa antigua tristeza”, la novela, habla de todo lo que se da en el espacio intermedio entre la vida y la muerte: el amor, las intrigas, la pasión, la cena apresurada, las conferencias aburridas, la tentación, el poder, la salud, la corrupción, la enfermedad, la cura, el rescate, la redención.

El escenario físico protagónico es Seattle. O las múltiples caras de Seattle: un hotel, un cyber-café, unos callejones oscuros, unas azoteas homogéneas, un sótano, un laboratorio, la sede de una próspera compañía multinacional, un apartamento que resguarda y que delata, y hasta el Seattle de los amigos, de la complicidad y del detonante para el amor.

La novela te lleva como una montaña rusa: tan pronto arranca comienza a tomar velocidad y esta se intensifica gradualmente hasta que en un momento dado estás a merced del texto y no lo sueltas porque no puedes y te conviertes en aliado del mendigo y piensas que lo estás viendo todo suceder frente a ti, como si estuvieras en el cine y las letras se transformaran y las palabras ahora son personajes que se suceden uno al otro en la pantalla y te deslizas cómplice en tu silla para que no te vean y no se detengan y sepas de una vez y por todas cuál será el desenlace. Entonces el carrito comienza a descender por la montaña rusa y baja con sutileza y llega a su destino y finalmente detiene su movimiento porque ha quedado exhausto. Y tú te bajas extasiado, seguro de que ahora sabes algo que otros no saben y ese es tu secreto, pero te volteas y miras ese carrito de la montaña rusa que dejaste allí detenido y te parece que cobra vida, una vida que nunca se va a agotar, porque le toca comenzar de nuevo la carrera con otros pasajeros que no se imaginan la aventura que les espera.

Ese carrito es el texto y es Eleazar, el mendigo, y será tal vez alguno de nosotros, quién sabe…

Lo que sí sé es que cuando termine esta novela usted: meditará sobre su carrera laboral, reconsiderará el matrimonio, sospechará de las compañías multinacionales, dará limosna a los mendigos, repasará algunos textos bíblicos, quizás no quiera ir nunca a Seattle, pero sí se aventurará a escudriñar mejor los rostros nuevos, tal vez se lleve una sorpresa.

La cantante nicaraguense, Katia Cardenal canta una canción hermosa que se llama “Regresando por más”. Y tomando ese título, les aseguro que cuando terminen de leer “Esa antigua tristeza” ustedes querrán regresar por más. Esperamos que Borges los complazca.

¡Que la disfruten!

Isamari Castrodad

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