Reseña: Dead Pig Collector y Twittering From the Circus of the Dead

Esta reseña se publicó originalmente en la sección Tinta Fresca del periódico El Nuevo Día el 25 de agosto de 2013.

Pequeñas entregas digitales

por José Borges

El cuento se encuentra en un periodo de transición en torno a cómo llega a las manos de los lectores. Cada día hay menos revistas impresas y, las que hay, pocas veces llegan a un público masivo de lectores. Para llegar a un público más amplio, cobrar por sus cuentos y tener mayor control de sus textos, los autores han decidido distribuir sus obras más cortas por medio de publicaciones digitales a cambio de un dólar como pago. Este es el caso de “Dead Pig Collector”, del británico Warren Ellis, y “Twittering from the Circus of the Dead”, del estadounidense Joe Hill. Aunque no es la primera vez que se publica un cuento de manera digital al precio de un dólar, estos dos autores se distinguen del resto por tener cierto renombre comercial, ya que sus obras han formado parte de la lista de los más vendidos creada por The New York Times.

Dead Pig CollectorEl relato de Ellis trata de un asesino profesional, cuya especialidad es desaparecer los cuerpos de sus víctimas. Un trabajo en la ciudad de Los Ángeles se complica cuando conoce a alguien interesado en su trabajo. La narración resulta interesante en la manera en que muestra la personalidad que ha de tener un protagonista sicario, aunque la trama no sea del todo sorprendente. Es un cuento entretenido y memorable por la manera en que describe el proceso para deshacerse de un cadáver.

La narración de Joe Hill, por su parte, utiliza una estructura interesante: todo se cuenta por medio de mensajes en una cuenta de Twitter. Es una narración en primera persona dividida en segmentos de no más de 140 palabras, en la que una adolescente rebelde atiende un circo macabro con el resto de su familia. Es un cuento de terror de trama convencional, contado de manera novedosa.

Twittering from the Circus of the DeadSin pretensiones literarias, sino a modo de entretenimiento, ambas narraciones atienden a un público dispuesto a leer en un aparato electrónico. El tiempo dirá si este será el futuro de la distribución del género del cuento; mientras, es interesante observar el proceso de experimentación.

jose.borges.escritor@gmail.com

 

 

“Dead Pig Collector”, Warren Ellis

FSG Originals, 2013

“Twittering from the Circus of the Dead”, Joe Hill

William Morrow, 2013

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (1 vote cast)
Share

El desahucio – un cuento de Santurtzi (fragmento)

El desahucio

2010 © José Borges

El café que preparaba Antonio estaba listo; se olía por todo el apartamento, pero Santurtzi no parecía darse cuenta. Estaba sentado a la mesa del pequeño comedor y miraba al vacío. Antonio estaba seguro de que tampoco se había dado cuenta de su presencia. En sus primeros días de trabajo, le había asustado el estado de su patrono, pero ya estaba acostumbrado. La rutina era idéntica todos los días: Antonio llegaba cerca de la una de la tarde y comenzaba a preparar café. Al poco rato, Santurtzi salía de su habitación sólo con sus pantalones puestos y se sentaba en silencio a la mesa del comedor.

No era hasta que Antonio le colocaba la taza de café al frente que Santurtzi emitía alguna palabra.

―¿Café? ―dijo Santurtzi, con una voz débil y casi inaudible.

―Sí, jefe: café ―respondió Antonio.

―¿Jefe?

Antonio ignoraba lo que le decía su patrono hasta que tomara el primer sorbo de la bebida.

―Vamos, toma ―dijo Antonio.

―¿Toma? ―dijo Santurtzi, mientras acercaba la taza a los labios. Antonio suponía que lo hacía por instinto, sin comprender sus acciones.

Tan pronto tomó el primer sorbo, Santurtzi cambió por completo. Se levantó de la silla de repente y dijo en voz alta y de manera confiada:

―¡Ah! ¡Un día nuevo! A ver qué nos depara. Guaynabo, ¿pagaste las cuentas? ¿Recogiste la correspondencia? ¿Harás más café?

―Sí, sí y supongo que sí.

―Bien. Bien. Bien ―dijo Santurtzi. Comenzó a buscar algo en el cuarto, aún con la taza en la mano.

―Llegó una carta…

―Pues, ya sabes pagar la cuenta ―interrumpió Santurtzi―. Debe de haber una por aquí ―murmuró mientras continuaba su búsqueda―.

―No es una factura. Está escrita a puño y letra, dirigida a Mateo de Cangrejos. No tiene dirección.

―Ésta no huele mal ―murmuró Santurtzi mientras acercaba la nariz a una camisa que encontró en una silla llena de ropa, libros y periódicos―. Mateo, ¿eh? Pocos me conocen por ese nombre hoy día. A ver…

Antonio le entregó la carta.

―Ah, claro ―continuó Santurtzi―. Doña Edora… Debe de tener casi cien años ya.

Santurtzi dobló la carta y la colocó con mucho cuidado en la mesa.

―Tenemos que ir a casa de doña Edora, Guaynabo. Ayúdame a encontrar mis zapatos. Preferiblemente, que sean del mismo par.

Como siempre hacía al salir del apartamento, Santurtzi hizo un gesto con la mano derecha en dirección a la puerta, que nunca cerraba con candado. Antonio ya estaba acostumbrado a la protección que su patrono decía “crearle” a su hogar, aunque dudaba de cuán eficaz era. La verdad era que en las semanas que llevaba trabajando con él, nadie había entrado en la casa sin autorización del dueño.

―¿A dónde vamos? ―preguntó Antonio.

―Ya te dije: a la casa de doña Edora. No perdamos tiempo con preguntas tontas, Guaynabo.

―Me refería a cuán lejos es.

―Tres cuadras. ¿Por qué preguntas?

―Es que ―Antonio pausó un momento―. Es que siempre caminamos a todos los lugares, por más lejos que estén. Y con el calor que hace, siempre termino empapado de sudor.

―Esta generación está perdida ―dijo Santurtzi mirando al cielo. Luego se dirigió a Antonio nuevamente―. Presumo que preferirías ir en automóvil, ¿no? Cangrejos está… bueno, estaba… construido para caminar. Hay que experimentar la ciudad. Desde un auto, no se puede.

―Podríamos utilizar un autobús de vez en cuando…

―Bah. Deja de quejarte ya. El café de doña Edora será tu recompensa.

―Ah. Qué bien. Siempre quise derretirme de calor. Un café de seguro lo logrará después de esta caminata.

Les tomó quince minutos completar el trayecto. Tal y como Antonio había predicho, su camisa estaba bañada en sudor y se le pegaba a la espalda. Aún le faltaban los últimos veinte metros, los más empinados del trayecto. Se sintió sin aliento al llegar.

Era una casa blanca de concreto, pequeña con un balcón minúsculo, donde solamente cabía una silla. En cada ventana y en el balcón había rejas negras para evitar la entrada de algún intruso. Al lado de la propiedad se construía un edificio de al menos veinte pisos. Antonio se preguntaba cómo la señora podía permanecer dentro de su hogar con tanto ruido cerca. Además, el polvo que emanaba del local se regaba por todo el vecindario. Santurtzi se sacudía la guayabera blanca que tenía puesta. Se notaba disgustado.

―Maldito “progreso” ―dijo―. Todo para vender un espacio en el cielo, sin terreno. Es vergonzoso. ¿Qué te pasa?

―No acostumbro caminar tanto bajo el sol. Además, esta calle es muy empinada ―dijo Antonio, inclinado hacia el frente con las manos en las rodillas.

―Tu generación es demasiado cómoda, Guaynabo. Te apuesto a que doña Edora sube y baja esta cuesta varias veces durante el día y jamás se queja ―respondió Santurtzi. Luego, gritó hacia la puerta de la casa―: ¡Doña Edora, espero que haya preparado café para su visita!

―¿Mateo? ―se escuchó la voz de una anciana dentro de la casa. Momentos después, había abierto la puerta y se asomaba al balcón. Era una anciana con la espalda encorvada y de tez negra. Las arrugas en su rostro se escondían detrás de sus ojos verdes, los cuales le parecían a Antonio como los de una mujer joven―. ¿Te mataría visitar a una pobre anciana de vez en cuando?

―He estado muy ocupado, Edora ―respondió Santurtzi mientras la anciana abría el portón del balcón y luego el de la entrada desde la calle.

―¿Por cinco años? Pensaría que podías sacar al menos una tarde en todo ese tiempo. Ven y dame un abrazo.

Santurtzi abrazó a Edora y la besó en la frente.

―¿Y este muchacho? ―preguntó Edora apuntando a Antonio.

―Mi nuevo asistente.

―¿Tiene nombre?

―Sí, señora: Antonio. Un placer ―dijo Antonio.

―Ay, es mucho más educado que la ninfita aquella. ¿Cómo se llamaba?

―Mejor no hablemos de ella ―dijo Santurtzi.

―Qué decepción, ¿no?

―Edora…

―Está bien, está bien. No la mencionaré más. Pasen, por favor. Creo que me queda suficiente café. Con este calor, no he podido salir a comprar en los últimos días.

―Sube y baja varias veces, ¿eh? ―murmuró Antonio mientras entraban en la casa.

―Es ochenta años más vieja que tú, Guaynabo.

―Seré vieja ―interrumpió Edora―, pero aún escucho muy bien. Mira a ver si no quieres un bastonazo para que veas qué otras facultades me quedan.

Fin de fragmento

Te quedan 8 páginas por leer. El resto del cuento vale menos que una botella de agua en la mayoría de los lugares del mundo.
Para comprar la versión PDF, que puedes leer con Acrobat Reader,  de “El desahucio” por 99 centavos haga clic en el botón que lee “Add to cart”:

Add to Cart

Si prefieres terminar el cuento en tu iPhone, Kindle, Blackberry o teléfono Andriod, pulse aquí:

A pesar de que es un segundo cuento con el personaje de Santurtzi, el mago de Santurce, es una historia independiente del primero.

Espero que lo disfruten.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.8/10 (5 votes cast)
Share

Cuento: El desahucio – un cuento de Santurtzi

Esto es un experimento. Quiero ver cuán dispuesto está el público lector a comprar un cuento a un precio módico. La cifra de 99 centavos es comparable a una canción por iTunes o un sevicio semejante. Vale menos que una botella de agua en la mayoría de los lugares del mundo.
Para comprar la versión PDF de “El desahucio” por 99 centavos haga clic en el botón que lee “Add to cart”: Add to Cart

La versión para Kindle de Amazon se puede comprar aquí (el enlace los llevará a una página de Amazon).

Pronto habrá una versión digital para Kindle (espero por el visto bueno de Amazon). Añadiré más formatos para uso en otros lectores digitales según aprenda a trabajar con ellos.

A pesar de que es un segundo cuento con el personaje de Santurtzi, el mago de Santurce, es una historia independiente del primero.

Espero que lo disfruten.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 8.7/10 (7 votes cast)
Share

Cuento: Como en París

Como en París

2010 © José Borges

Tenía 17 años la primera vez que fue a París y, desde ese momento, se enamoró de la ciudad. Al regresar a su casa dos semanas después, buscó cómo emular la vida parisina. No le fue fácil.

Encontró que no había repostería en su pueblo que vendiera croissants para un desayuno verdaderamente francés. Ni hablar de un miserable baguette. En el supermercado vendían una masa enlatada que se horneaba y aparentaba ser un croissant, pero el sabor no se comparaba con la delicia auténtica, por más jalea que le untara.

De todas formas, intentó comérselos por una semana. Luego, aprendió a confeccionarlos. Nunca dio con la receta original, pero los suyos sabían mucho mejor que los de la masa enlatada.

Sus problemas incrementaron cuando quiso tomarse un café en un establecimiento francés. No había tal cosa en su pueblo. Intentó convencer al dueño de la panadería de que colocara unas mesas en la acera, con las sillas mirando hacia la calle. El panadero lo miró como si fuera un escapado del manicomio.

―¿Y si llueve? ―dijo Pepe, el panadero.

―¡Merde! No pensé en eso. Tendrás que conseguir una sombrilla.

Pepe no dijo nada más, seguro de que el comensal bromeaba. Al otro día, le preguntó si había ordenado la sombrilla.

―Si llamas a Cinzano, tal vez te la regalen. Las sombrillas con ese emblema están por todas partes.

―¿Cinzano?

Oui, oui.

Pepe se preguntaba si debería llamar a la Policía. Decidió que, aunque loco, el muchacho no era peligroso.

―En lo que consigues la sombrilla, ¿puedes colocar la mesa afuera? No hay nubes hoy.

Pepe miró a su alrededor. No había nadie en la panadería y el muchacho estaba dispuesto a pagar por el café. La situación no ameritaba ahuyentar a un cliente, aunque tocado de la mente. Suspiró y sacó la mesa a la acera, con la silla mirando hacia la calle.

Merci beaucoup, monsieur. Un café au lait, s’il vous plait.

―¿Qué?

―Un café con leche, por favor.

―Ah. De haberlo dicho antes…

Pasó el resto de la mañana tomando café bajo el sol. Sudó encima de la mesa, del café y de la tostada con mantequilla que pidió para conformarse ante la ausencia del croissant. A eso de las once de la mañana decidió regresar a su casa; ya no podía ver bien debido a la resolana en sus ojos. El muchacho había comprado diez dolares en café y tostadas, ocho dólares más que el cliente promedio. Pepe pensó que sería lo último que vería de él.

Se sorprendió el día después cuando llegó el muchacho, esta vez por la tarde. Nuevamente, le pidió sacar una mesa a la acera y le pidió café en francés.

―¿Te respondieron los de Cinzano?

―Eh, no. Era muy tarde allá, por el cambio de hora y eso.

―Ah. Oui, oui. Vous tendrá que llamar en la mañana. ¿Qué hay de dejeneur?

―¿De qué?

―Almuerzo. ¿Tienes algún especial?

―¿Sándwich?

¡Oui! Jambon et fromage, s’il vous plait.

―Mira, no sé francés, ¿entiendes? O me lo pides en castellano o te quedas sin un carajo.

―Jamón y queso, garçon.

Pepe decidió ignorar lo de “garsón” y le trajo el sándwich con el café.

―¿Sabes? Deberías decirle a tu proveedor de café que te supla las tazas con el emblema de la compañía. Así lo hacen en París.

―No estamos en París.

El muchacho lo miró con tanta tristeza, que Pepe jamás mencionó ese detalle otra vez. No era buen negocio incomodar a su mejor cliente. Pasaron las semanas y el muchacho volvía todos los días a la misma hora. Tomaba su café mientras leía algún libro francés y veía a la gente pasar. Como era un pueblo pequeño, leía más de lo que observaba a la gente.

Un mes después de la primera visita, Pepe sorprendió al muchacho con una sombrilla roja con el emblema de Cinzano en letras blancas y fondo azul marino. El muchacho lloró de la emoción y besó a Pepe en cada mejilla, mientras gritaba “¡Mon amie, mon amie!”. A Pepe le había dado trabajo conseguir la dichosa sombrilla; la compañía no se la regaló y se vio forzado a comprarla. La consiguió por ebay en cien dólares, pero el muchacho había gastado más de quinientos en cafés y sándwiches.

Esa tarde, el muchacho se sintió casi como si estuviera en su amado París. Al día siguiente, le trajo a Pepe una receta para croissants que había encontrado por Internet. Le tomó trabajo al panadero, pero luego de una semana lo había logrado; complació al muchacho con un croissant perfectamente fresco e igual de los que había comido en la llamada Ciudad Luz, ya casi un año atrás.

Pasaron las semanas y los demás compueblanos notaron al muchacho sentado bajo la sombrilla de la panadería. Al principio se rieron y se burlaron de él. Lo llamaban Perrier y le gritaban “uí, uí” o “mercí” donde quiera que lo veían. El muchacho los ignoraba y hasta le gustaba que le llamaran Perrier. Sabía que se burlaban de él, pero no le importaba: se sentía casi en su ciudad favorita del mundo.

―¿Sabes qué hace falta? ―dijo Perrier un día. Había pasado la tarde completa a la mesa en la acera.

―¿Un buen aguacero? Mira que hace calor hoy ―dijo Pepe.

―¡Non, non! Hace falta música.

―Puedo encender el radio, si quieres.

―¿Hay una estación francesa?

―Presumo que no.

―No prendas el radio.

Cuando regresó a la panadería el día siguiente, trajo un iPod con unas bocinas pequeñas y tocó todos los éxitos de Edith Piaf. “La vie en rose”, en particular, era la que más escuchaba. Pepe no entendía qué se cantaba, pero luego de dos días tatareaba una que otra estrofa de la canción.

Un día, don Orozco Santiesteban decidió acompañar al muchacho. Le compró un café y se sentó a su lado a platicar. Los temas eran variados: el clima, la figura de mademoiselle Carla, la falta de fuentes en la plaza y el terrible estado intelectual de la mayoría de los ciudadanos.

Al día siguiente, don Orozco vino con su esposa y le pidió a Pepe una mesa adicional; prefería respetar la privacidad de Perrier. El panadero accedió con la advertencia de que tendría que compartir la sombrilla con el muchacho.

A la semana, la panadería gozaba de diez a quince clientes diarios que querían emular al joven Perrier. Pepe se vio forzado a comprar más sillas, mesas y sombrillas. Después del horno y la cafetera, fueron sus mejores inversiones. La panadería jamás había visto tales ingresos.

Perrier estaba complacido. Había logrado emular un café en París en su pueblo natal. Sin embargo, faltaba algo y no sabía qué. “Je ne se quoi”, pensaba Perrier.

Se dio cuenta de lo que era una tarde en la que Pepe le preguntaba amablemente si quería otro café. No supo cómo no lo había notado antes.

―Pepe, no puedes tratarme tan bien.

―¿Estás loco? Gracias a ti, la panadería ve sus mejores días. Te trataré como a un rey.

Non, non, non. Vous me debe tratar indiferentemente. Así son los garçones en París. Me debes ignorar, y solo acudir a la mesa luego de habértelo pedido al menos tres veces. Si esperas más, mejor. Debes darme malas recomendaciones también y enojarte cuando no pida lo que me digas. Es más, no importa qué te pida, actúa enojado.

―¿Estás seguro? ―Pepe ya estaba más que acostumbrado a los pedidos excéntricos de Perrier. Si quería que lo tratara mal, así lo haría.

Oui.

Y así fue. El panadero procuraba atender al muchacho último y fingía enojo con él. No lo hacía con los demás, pero Perrier sabía que el resto del pueblo no estaba listo para la experiencia parisina. Al menos, no de lleno; tal vez con el tiempo. El muchacho también notaba que Pepe fingía y mal. Era obvio que su indiferencia no era sincera, pero lo aceptó. Nada podía ser perfecto.

La panadería de Pepe fue solo un comienzo. Perrier comenzó un movimiento para rotular las calles en el pueblo, pero en vez de calle Luis Muñoz Marín o avenida Piñero, sugirió que fuera Rue Muñoz Marín y Boulevard Piñero. La asamblea municipal rechazó su idea al igual que se opuso a una moción para construir una torre de hierro y un arco gigante de concreto. Intentó convencer a varios artistas locales de que pintaran sus obras cerca de la iglesia, pero no accedieron. Creó una fundación para convertir la alcaldía en un museo, pero fue su único miembro y jamás recaudó un centavo.

Poco a poco se daba cuenta de que jamás podría recrear el París de su mente. Tendría que conformarse con el café de Pepe y soñar con que algún día regresaría a la ciudad de sus sueños.

El día de su vigésimo séptimo cumpleaños, luego de una enorme celebración en la panadería con vinos, quesos y baguettes, fue asaltado a punta de cañón por un desconocido.

―Dame los chavos o te vuelo la cabeza ―dijo el maleante.

―Están en mi cartera, monsieur. Debería usted aprender a ser más sutil. ¿Por qué no intenta quitarme la cartera sin que me dé cuenta?

―¿Qué?

―Sólo sáquela. Así es que roban en París; no usan armas bárbaras ―dijo Perrier y se viró para que se le hiciera más fácil al ladrón quitarle la cartera del bolsillo de atrás.

―Jodido loco ―dijo el asaltante y le propinó un golpe en la cabeza con la culata de la pistola. Le quitó la cartera al inconsciente Perrier y se largó.

Perrier despertó con dolor de cabeza y desilusionado; había demasiada gente que no le importaba seguir el modo de vida parisino. Regresó a la panadería y le contó a Pepe lo que le había ocurrido. El panadero no demoró en llamar a un médico y consolar a su amigo. Hasta lo acompañó a la casa luego de que el galeno le dijera que estaba bien.

Perrier regresó a la panadería el día siguiente, pero ya no era el mismo. Miraba al vacío mientras tomaba sorbos del café y no prestaba atención a nada ni nadie. Ni se molestaba en encender el iPod. Pepe pensó que sería algo pasajero hasta que se olvidara del incidente del ladrón. Sin embargo, después de un mes notó que su humor sólo empeoraba.

Pepe sentía que debía pagarle una deuda al muchacho. Habló con un amigo dueño de una agencia de viajes y le compró unas vacaciones en París, en agradecimiento por todo lo que había hecho por la panadería en los últimos diez años. Perrier no supo qué decir y lloró de la emoción. Apenas durmió la noche antes del viaje.

Al regresar, lo primero que hizo fue ir a un verdadero café parisino y se sentó a una mesa en la acera. Pidió un café y encendió un Galouise. Cuando regresó el mesero con el café y el pequeño vaso de agua, le informó que debería apagar el cigarrillo, ya que fumar en áreas públicas estaba prohibido. El mesero trató de decírselo de la manera más amable posible. Perrier apagó el cigarrillo y pidió un croissant. En poco tiempo tomaba el primer bocado. Por poco lo escupe: era un croissant congelado previamente y sabía peor que los primeros que había confeccionado en su casa. Pidió la cuenta y el mesero la trajo enseguida. Se marchó a otro café convencido de que había escogido el peor lugar en todo París. La experiencia fue semejante; servicio rápido y amable, croissant malo y café mediocre. Paseó las calles de París y vio los restaurantes de comida rápida, la gente con sus iPods y sus iPhones, los comentarios del juego de baloncesto de la NBA en vez de los de la liga de fútbol francesa. En las barras vio cervezas americanas y vinos californianos. No era el París que recordaba; semejante, pero no el mismo. De todas formas, disfrutó su semana en París.

Cuando regresó, fue directo a la panadería de Pepe para darle las gracias.

―Pensé que no regresarías ―dijo Pepe―. Es donde quisieras vivir, ¿no?

Oui, Pepe. Pero ya ese París solo existe aquí ―Perrier apuntó a su cabeza. Luego hizo un gesto con la mano, como si le mostrara el interior de la panadería a alguien ―, y en esta boulangerie.

Fin

Editado el 2 de agosto de 2013 (errata y modificación al final)

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Puedes utilizar una tarjeta de débito o crédito y “Paypal”. Deja $1.00 si deseas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.3/10 (15 votes cast)
Share

Cuento: Contraoferta

Contraoferta

José Borges © 2010

―Por cien, le pegamos un tiro en la cabeza y ya ―dijo el corredor, sentado a su escritorio. Era de baja estatura, por lo que se aseguraba siempre de negociar sentado, para estar en un plano igual con los clientes. Tenía un gabán gris, manchado con grasas y salsas de comidas antiguas en diferentes lugares. Frente a él había una libreta de contable. Cada línea tenía un nombre, una descripción de servicio y una cifra. El hombre tenía el lápiz sobre lo que podría ser la próxima entrada, ansioso por escribir otra vez.

Como en cualquier otro mercado, había ruido, pero aquí era suprimido por la naturaleza del negocio. Era como un bullicio de rezos en una iglesia. Todos los negocios se hacían en voz baja. Era difícil atrapar clientes en el mercado. En el salón había otros treinta corredores más y, aunque había bastante demanda por los servicios ofrecidos, existía un superávit de suplidores.

―Sé de gente que sobrevive a ese tipo de ataque ―dijo el hombre frente al escritorio. Estaba parado, ya que estaba acostumbrado a este tipo de negociación y rehusaba brindarle ventaja alguna al corredor. También lucía un gabán, pero éste era impecable y de material fino―. ¿Cuánto me cuesta para que se aseguren de que esté muerto?

―Quinientos adicionales ―dijo el corredor. Su posible cliente abrió los ojos y el hombrecillo añadió― Es un riesgo adicional para el operador, ya que tiene que permanecer más tiempo en el área.

―Doscientos adicionales. Sólo le pido que vacíe dos balas más en el cerebro de Rivera. De seguro alguien aceptaría mi oferta ―dijo en voz alta.

Hubo silencio en el salón. A todos les interesaba la negociación, de repente.

―¡Señor González, por favor! Debe ser discreto…

―No me diga cómo debo comportarme ―interrumpió González, aún en voz alta―. Me es insoportable que me hagan perder el tiempo. Si usted no va a negociar, estoy seguro de que alguien aquí lo hará.

El corredor colocó el lápiz al lado de la libreta: no sería cuestión de tomar una orden y ya.

―Como usted diga, señor González. Negociemos, pero bajito ¿eh? Es por el bien de todos ―el corredor tomó el lápiz en la mano otra vez―. Digamos: trescientos por los tres balazos y cincuenta adicionales por el tiempo adicional.

―Suena justo. ¿En cuánto me sale enviar un mensaje? ―dijo González, en voz baja. El salón aún estaba atento a ellos.

―¿A qué se refiere? ¿Mutilarle el cuerpo a la víctima?

―Exacto. Rivera ha sido un estorbo para mi escaño y no quiero que surja otro como él. ¿Qué servicios ofrecen en esa línea?

―Todo depende. Podemos decapitarlo por quinientos, descuartizarlo por seiscientos, cortarle el rostro y coserlo a un balón de fútbol por mil… la imaginación es el límite. Y lo que esté dispuesto a pagar, por supuesto. Ah. Hay un cargo adicional por exhibir el producto en un lugar público.

―Me gusta lo de cortarle el rostro, pero un balón de fútbol no tendría sentido en su caso. ¿Se le podría coser a la bandera de la Unión?

―Con gusto. Ese trabajo le costaría mil quinientos, más otros quinientos si quiere que icemos la bandera en algún lugar ―el corredor preparaba el lápiz para escribir en la libreta.

―¡Coño! Pensé que dijo que negociaríamos ―dijo González en voz alta, otra vez. La multitud se había desinteresado en la transacción hasta ahora. Todos los ojos y oídos estaban pendientes al corredor y a González. Una que otra persona reconoció al senador, aunque no supiesen de dónde.

―¡Me cago en su boca! ―regañó el corredor y tiró el lápiz en el escritorio. Ahora era él quien casi gritaba―. ¿Es que no sabe ser discreto? Aquí no vendemos naranjas, por el amor a Cristo. Con lo que usted me pague, yo debo contratar un sicario que pueda llevar a cabo su encargo.

―Usted no sabe negociar. ¿No ve que puedo brindarle más clientes si hace un buen trabajo por mí? A mis colegas les encantaría encontrar una buena manera de… silenciar una que otra voz. Y si es costo efectivo, más aun.

―Linda democracia, senador ―dijo el corredor y tomó el lápiz. La mano le temblaba encima de la libreta―. A ver, ¿cuánto está dispuesto a pagar?

―Ochocientos.

―¿Está loco? Con esa cantidad, apenas encontraría un sicario ciego. Mil doscientos, si quiere que esto se cumpla sin complicación.

―Mil. Es mi última oferta. Ya he gastado demasiado tiempo.

―Y pensar que voté por usted… Bien. Mil. Pero no hay límite de tiempo y la puta bandera la iza usted ―dijo el corredor. La punta del lápiz estaba en el papel de la libreta.

―¿Sin límite? No puede ser. Hay que silenciarlo antes de que termine el mes.

―¿Usted no entiende que no es una operación sencilla? Hay que vigilar al sujeto, encontrar el momento adecuado para atraparlo, hacer la obra y luego precisar las terminaciones adecuadas. Puede tomar meses, en algunos casos. Es casi una obra de arte; pedir que lo haga en ocho días es absurdo, señor.

―No se agite tanto. Es un negocio, nada personal. Mire, le pago cien más para que lo complete en el tiempo requerido. ¿Está bien?

―¡Carajo, no! No está bien. Si usted va al extranjero, tendría que pagar diez veces más por el servicio. Y eso, por un trabajo descuidado. Acá se obra mejor, por menos, y aun así quiere pagar una miseria.

―Eso es en el extranjero, sí. La realidad es que estamos aquí. Mil cien o me voy a otro ―dijo González. Hablaba calmado y en voz baja.

―¡De acuerdo, puñeta! Ustedes los políticos son una verdadera escoria ― el corredor comenzó a escribir los datos del contrato.

―¿Acepta cheques?

El corredor se detuvo de repente y alzó la vista a González, quien sonreía con un paquete de billetes de cien en la mano. Ambos se rieron a carcajadas.

―¿Necesita recibo? ―dijo riéndose el corredor.

Antes de que intercambiara el dinero, un hombre se acercó a González, disparó una pistola y esperó a que el senador se desplomara. González cayó al suelo con su estómago ensangrentado.

―¿Mauricio, qué has hecho? ―dijo el corredor.

González agonizaba a gritos en el suelo.

―Completo un contrato, Luisito. Jugoso, ¿sabes? Dame un momentito…

Mauricio puso una rodilla sobre el pecho de González. Sacó un alicate y un cuchillo de caza de su abrigo. Luisito el corredor quería ver lo que sucedía, pero la espalda de Mauricio le ocultaba la vista. González gritó más fuerte, cosa que Luisito no creía posible.

―Vamos, tranquilo. Duele más si te mueves… Eso… Ahí ―decía Mauricio.

González parecía hacer gárgaras mientras Mauricio lo rodaba boca abajo.

―Ya pasó. Descansa un rato en lo que te la guardo ―dijo Mauricio.

El alicate aguantaba la lengua del senador. Mauricio limpió la sangre de la cuchilla con el pantalón de González y la guardó en su abrigo. Luego sacó una bolsa pequeña de plástico, colocó la lengua dentro y guardó todo en otro bolsillo del abrigo.

―Por eso me encantan los abrigos ―dijo Mauricio―. Aguantan todo cómodamente. Pena que haga tanto calor todo el año.

―Ay, Mauricio. Me jodiste la venta, chico. ¿Tenías que cortarle la lengua? Aun con la bala en el estómago, pude haber completado la transacción, pero sin lengua…

―Lo siento, Luisito. Las instrucciones fueron específicas. Ahora me lo llevo, lo mantengo vivo y en agonía por una semana, y luego lo decapito y descuartizo para enviarles las partes a sus familiares. El que me contrató tiene sentido de humor: quiere que le envíe la verga a la amante y los testículos a la esposa.

―¡Ea! Es jugoso el contrato, sí. Casi cinco mil, ¿no?

―Pagó el doble, según Diego. Por suerte, estaba aquí cuando bajó la orden.

―¿Fue ahora entonces?

―Sí, hombre. Fue el líder de la Unión: el Rivera ese. Alguien le dijo que negociaba contigo y llamó enseguida. No escatimó.

―¿Ve por qué debe ser discreto, senador? A ver si aprende la lección ―dijo Luisito al senador, que respiraba profundo y miraba el charco de sangre que formaba su vientre, incrédulo―. Pues, me jodí, entonces. ¿Qué hará con el dinero? ― le dijo Luisito a Mauricio. Apuntaba a los billetes empapados de sangre que yacían al lado de González.

―El cliente no dijo nada de eso. Quédatelos. Diego y yo estamos conformes con las ganancias del contrato.

―Coño, Mauricio, gracias. Eres todo una dama.

―Hay que ayudar al prójimo, hermano ―dijo Mauricio. Luego, se dirigió a González―. Ven putita, que te espera una semana de horror.

Luisito limpió la sangre de los billetes. No le importó tener que lavarse la manos, ni las manchas en la libreta.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Puedes utilizar una tarjeta de débito o crédito y “Paypal”. Deja $1.00 si deseas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (7 votes cast)
Share

Cuento: Barrancos

Barrancos

José Borges © 2010

Me habían dicho que el tramo hacia Barrancos tardaba una hora. Por alguna razón, ninguno de los servicios de taxi de Río del Valle llegaba allá. Así que llamé al despacho de Barrancos y pedí que me recogieran.

Saqué mi computadora para adelantar un poco de trabajo en lo que me buscaban. Si tendría que esperar tanto en lo que llegaba el taxi, era mejor aprovechar el tiempo de alguna manera.

Cinco minutos más tarde, llegó un automóvil amarillo que tocaba su bocina insistentemente. En la puerta tenía pintado en letras negras: “Expreso Barrancos”.

Era demasiado pronto para que vinieran a recogerme, pero yo era el único en el café. Comencé el procedimiento para apagar la computadora que recién había prendido y le hice señas al chofer para que supiera que saldría en un minuto. Dejó de tocar bocina, aunque me miraba con insistencia. No esperaría mucho antes de hacer más ruido.

El chofer del taxi me apresuraba con la vista, aunque no tocó la bocina otra vez. Por fin logré guardar la computadora a toda prisa. Coloqué mi maleta en el baúl y me monté en el auto.

Me di cuenta en ese momento de lo raro del auto. El chofer estaba en la parte derecha y el pasajero, a la izquierda, como los automóviles en Inglaterra o los que usan los carteros en Norteamérica. Tampoco había cinturón de seguridad, por lo que pregunté.

―No hace falta, jefe. Anda con un experto al volante.

Lo dijo con tanta seguridad, que no me atreví a dudar de su exageración; al menos, en voz alta.

Coloqué el bolso de mi computadora a mis pies; no podía estar fuera de mi vista en ningún momento. Su contenido era confidencial y no podía ofrecerle ninguna oportunidad a nadie de que se lo llevara.

Como advertido, el camino hacia Barrancos tomó una hora. La carretera era empinada y tenía muchas curvas apretadas. El chofer no logró acelerar el taxi a más de ochenta kilómetros por hora en ningún momento y la transmisión del auto parecía a punto de estallar a juzgar por el ruido que hacía.

Le pregunté al chofer que si estaba cerca de Río del Valle cuando recibió la llamada para que me recogiera. Contestó con una carcajada y no dijo nada más el resto del camino. Su concentración en el camino era autística.

Cuando llegamos a la plaza de Barrancos, me sentía un poco mareado por la altura y las curvas del viaje. Antes de visitar al alcalde, decidí tomarme un café en un negocio cercano a la alcaldía. No pude darle las gracias al taxista: luego de sacar mi maleta del baúl, arrancó a toda prisa.

En el cafetín había tres personas: el encargado, un cliente y yo. Escuché un noticiario radial, mientras que los dos hombres comentaban acerca de lo que oían. Ambos callaron tan pronto entré. Pedí un café y me senté a una mesa pequeña.

Luego de mi primer sorbo, el cliente se acercó a la mesa.

―Buenas tardes ―dijo el cliente―, viene del Gobierno, ¿no?

Dije que así era.

―Mucho gusto. Soy Enrique D’Ebre, alcalde de Barrancos. Supongo que viene a investigar las finanzas. ¿Es así?

Asentí.

―Bien. Acá todo está en orden. Puede preguntarle a cualquiera. Me atrevo a apostar que este es el pueblo más feliz que haya visto. Nuestros ciudadanos tienen justamente lo que necesitan.

Contesté que estaba seguro de que era así. Sin embargo, mi trabajo era investigar que los fondos que el Gobierno central enviaba al pueblo eran utilizados como se debía. Mi investigación comenzaría al día siguiente y esperaba toda la cooperación posible de parte del alcalde y sus funcionarios.

―Por supuesto ―dijo D’Ebre―. Todos los años viene un auditor y nunca reporta nada fuera de lo normal. Estoy seguro de que será así con usted.

Aunque lo normal era enviar a alguien cada cuatro años, la falta de detalles en los informes levantaba sospechas en las oficinas centrales. Se rumoraba que sobornaban a los investigadores, ya que nunca hablaban de sus visitas a Barrancos.

―Lo invito a pasear por el pueblo ―dijo el alcalde―. Conozca a nuestra gente, disfrute del paisaje y descanse. Lo veré mañana en mi oficina, ¿sí?

Afirmé y le di la mano al alcalde, quien se marchó del cafetín. Tomé mi café en silencio. El encargado no demostró mucho interés en mí.

Llegué al hotel del pueblo para dejar mi maleta. Decidí hacerle caso al alcalde: daría un paseo por el pueblo.

Era un lugar tranquilo. El único negocio abierto era el cafetín, que ahora tenía más clientes. La música de una vellonera reemplazó las noticias y, en vez de café, bebían cerveza y tragos. Todas las conversaciones se detuvieron cuando notaron mi presencia. Cuando salí, continuaron su tertulia.

Noté que no había basura en el piso, que las casas estaban cerradas y que, de vez en cuando, se escuchaba el sonido de algún televisor. Había estado en pueblos tranquilos, pero este asustaba. No encontré a nadie con quien conversar. Me encontraba en una comuna de ermitaños, al parecer.

Regresé a mi habitación y saqué la computadora para adelantar trabajo. Si podía salir de Barrancos antes del mediodía siguiente, estaría contento.

Me di cuenta de que no tenía el cable de electricidad para la computadora. Busqué dentro del maletín, en la maleta y en el maletín otra vez. No estaba. Tenía que estar en el café de Río del Valle y eso me presentaba un problema: si comenzaba a trabajar en la habitación, no tendría suficiente carga para el día siguiente. Como la computadora era tan vieja, solo duraba dos horas sin recargar. Era posible que en el pueblo alguien vendiera el cable; así como era posible que mil dólares me cayeran en la palma de la mano.

Opté por acostarme temprano y bajar a la ciudad tan pronto me levantase el día siguiente.

La lluvia matutina me paralizó en la cama al otro día. Desperté tarde y tan confundido que se me olvidó por qué debía levantarme temprano. Cuando recordé todo, me bañé y me vestí de prisa.

Como no tenía paraguas, llegué empapado a la alcaldía. D’Ebre me recibió en su oficina con cierta vacilación ante el rastro mojado que dejaba dondequiera.

Pregunté si había alguna tienda en el pueblo que vendiera el cable para mi computadora o si podía prestarme uno.

―La única tienda en el pueblo solamente vende comestibles ―rio el alcalde―. Y en esta oficina no usamos computadoras. Tendría que ir a la ciudad. Le llamo el taxi, si desea.

Accedí a bajar a Río del Valle, así que esperé en el vestíbulo de la alcaldía en lo que llegaba el chofer. Había formado un charco donde estaba parado y me sentía miserable. Hasta mis medias estaban mojadas y hacían un sonido desagradable y mojado con cada paso que daba.

En menos de cinco minutos, el mismo chofer del día anterior estaba frente al edificio. Al entrar en el vehículo, me disculpé por mojar los asientos. No obtuve reacción. Luego, le dije que era necesario hacer el viaje en corto tiempo, ya que tenía mucho trabajo en la alcaldía.

El chofer sonrió, hundió el acelerador y salimos disparados. El arranque abrupto me suprimió al espaldar del asiento. Logré mirar al velocímetro y ya íbamos a 160 kilómetros por hora. Estaba tan asustado que no podía hablar. Nos acercábamos a una curva y el loco al volante solo aceleraba.

La inercia aplastó mi rostro a la ventana. Lo único que veía era el risco que terminaba en Río del Valle. Imaginé una sucesión de autos, en fila india, caídos desde Barrancos hasta el medio de la ciudad. Por fin pude gritar. El chofer reía a carcajadas.

Había una bajada empinada en el camino y sentí mi estómago en la garganta. Luego, hubo otra curva y más risco. Era como si me colgaran del borde de un edificio. Llegamos a un lomo y la gravedad me impulsó al asiento nuevamente. Le grité al chofer que parara, pero solo le causó más risa.

Como el pavimento estaba mojado, cada viraje en el camino hacía que la parte de atrás del carro se deslizara. En cualquier momento despegaríamos de la carretera y volaríamos. Comencé a respirar profundo e intenté retomar un poco de control.

―Vas a dejarnos sin oxígeno ―dijo el chofer y abrió las ventanas.

Ahora era peor: entraban la lluvia y el viento. Las gotas de agua parecían agujas en mi piel. No sé cómo el chofer veía la carretera. Tal vez la conocía de memoria. Mi ejercicio de respiración se fue al carajo, junto con mi cordura. Ahora era todo risco, aire, presión, más presión.

Otra vez le di a la ventana con el rostro, luego con el resto de mi cuerpo. El mundo daba una vuelta horizontal. Y paramos.

Abrí la puerta y me arrastré fuera del vehículo. El chofer aún se reía, demente.

―Se le queda el bulto ―dijo y me lanzó el bolso de la computadora a mis pies―. ¿Quiere que lo espere?

Seguí arrastrándome para alejarme del carro y del chofer. No me importó la computadora que yacía en un charco de agua marrón ni mi ropa pintada de lodo.

Quería insultarlo, pero sólo logré balbucear algo entre un quejido y un llanto.

El chofer rio otra vez; ahora, lo hacía más alto, y se montó en el vehículo.

―Le enviaremos la maleta por correo ―dijo a través de la ventana y arrancó bañándome en fango.

Tirado en el piso, escupí lodo y agua mientras la lluvia intentaba limpiar mi ropa. Vi el reloj de la estación del tren, donde me había dejado. Solo habían pasado cinco minutos desde que habíamos salido de Barrancos.

Tardé en recomponerme y no sabría decir cuánto. Aunque el tren hacia mi casa no viajaba a la mitad de la velocidad del taxi, no pude relajarme.

Cuando llegué a mi oficina, entregué una copia de los informes anteriores de Barrancos: “Todos los fondos se utilizan a la perfección”, leía. Me transferí a otro departamento en el cual no tuviera que viajar, ya que no podía ni montarme en un autobús para llegar al trabajo, mucho menos atravesar el país en automóvil.

Hoy día, trato de olvidar que existe un pueblo llamado Barrancos, así como debería hacerlo el Gobierno central.

Tal como prometió el chofer, mi maleta llegó por correo la semana siguiente. El cable de la computadora estaba colocado en espiral alrededor del equipaje.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Puedes utilizar una tarjeta de débito o crédito y “Paypal”. No tiene que ser una cantidad grande.: desde .01 hasta lo que gustes. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.8/10 (9 votes cast)
Share

Cuento: Cosa del pasado

Cosa del pasado

2010 © José Borges

Cuando primero lo vi, pensé que era mi tío. Sabía que no lo era, por supuesto: el hermano de mi padre había muerto cinco años antes. Iba a descartarlo a una mera casualidad y seguir mi camino, pero se acercaba para hablar conmigo. No me está malo saludar a la gente que veo en la calle, pero me limito a un “buenos días” o saludo semejante. Pero este señor se acercaba y me hacía sentir incómodo. De seguro, me pediría un cigarrillo: fijaba su mirada en mi mano derecha, de la cual husmeaba mi tabaco encendido.

—Con permiso —dijo el hombre—. ¿Me regalarías uno? —apuntaba al cigarrillo.

Extendí mi cajetilla abierta para que el extraño tomara uno y permanecí atónito mientras dejó mi mano vacía.

—Tienes que dejar este vicio —me dijo enseñándome los cigarrillos. Más bien, fue una orden; como si fuera mi padre.

Ahora bien, sé que fumar es pésimo para la salud. Conozco las enfermedades que causa, la peste que deja: todo lo que me podría decir este señor para convencerme de que dejara de fumar. Sin embargo, y esto es algo que alguien que jamás ha fumado no entiende, es lo más rico que existe. Estoy seguro de que un adicto diría lo mismo de su droga predilecta.

Además, no me gusta que nadie me diga qué hacer.

Exigí que me devolviera los cigarrillos. Creo que usé uno que otro adjetivo no muy favorable.

— Si dejas de fumar —contestó colocándose un tabaco en la boca—, no me dará este cáncer infernal. ¿Tienes fuego?

Le encendí el cigarrillo por mero reflejo. Me confundió lo que me había dicho. Aspiró el humo como un fumador lo habría hecho después de no haber fumado por días. Parecía marearse.

—¡Ah! —suspiró—. Casi como la primera vez. Ven. Tomemos un café mientras hablamos.

Señaló a una cafetería en la esquina y, sin esperar a que yo contestara, emprendió hacia el negocio.

Lo seguí porque quería recuperar mis tabacos. No sabía de dónde había salido el maldito loco, pero no iba a soltar un paquete entero de cigarrillos. Es un vicio caro.

El estrés de la situación me afectaba y necesitaba fumar. Imploré que me devolviera la cajetilla y me ignoró. Luego, le rogué que me diera al menos uno. Se detuvo y se volteó hacia mí:

—¡Es que no me has escuchado! Tienes que dejarlos —dijo y continuó su marcha.

Traté de discutir, pero no me hizo caso hasta que llegamos a la cafetería.

Tomó asiento donde lo habría hecho yo: una esquina cerca de la ventana y de la salida.

—Siéntate.

Le pregunté si no le molestaba cambiar su asiento con el mío, ya que prefería no darle la espalda a la puerta.

—Lo sé. Yo tampoco. La vejez tiene sus ventajas. Ordéname un café, ¿sí?

Cuando le pregunté cómo lo tomaba, me contestó:

—Igual que el tuyo: con leche y oscuro…

—…como el alma del diablo —completé lo que iba a decir. Siempre digo eso cada vez que ordeno un café. Así, quien lo preparara no dudaría sobre cómo me gustaba mi bebida. De todas formas, con frecuencia la servían mal.

Ya estaba bastante aturdido por este hombre. Me habría peleado con cualquier otro, pero la presencia de este señor no me permitía ese tipo de acción. Era como si lo hubiera conocido toda mi vida; parecía un familiar.

Regresé a la mesa con los dos cafés y sendos sobres de endulzador artificial para cada bebida. Le ofrecí uno a mi atormentador.

—Ah, no. Gracias, pero resulta que el azúcar falso sí hace daño —dijo.

—¿De veras? Pensé que habían averiguado que no.

—En dos años encontrarán que ayuda a que se propague el virus aviario… ¿o es la tuberculosis? Carajo, no recuerdo.

—¿Dos años?

—Sí, sí. Ya verás. Lo que sucede es que yo soy tú, de aquí a treinta años.

—¿Qué?

—Como lo oyes. Mira, nos fumamos el primer cigarrillo en una fiesta de la universidad, para caerle bien a la pelirroja. Nos masturbamos por primera vez a los catorce años, con un dibujo de una mujer y tu mascota favorita fue Gloria, la collie.

—Pero ¿cómo sabes…?

—Porque soy tú —me interrumpió—. Sabes que no hay otra manera de que sepa eso. Además, mírame: el parecido es demasiado. Menos pelo y más arrugas, pero somos prácticamente idénticos.

No sabía cómo contestar. Todo lo que decía era cierto.

—Vengo del futuro —continuó— y necesito que dejes de fumar. Calculé todo y me di cuenta de que, si no fumara, viviría al menos veinte años más. Además, mis finanzas serían mucho mejor. He desperdiciado demasiado en tratamientos contra el cáncer.

—Futuro —fue lo único que logré decir.

—Exacto. Necesito… no. Necesitamos que dejes el vicio. Todo nos irá mejor, créeme.

Permanecí callado. Pensaba en todo lo que había sucedido y escuchado.

—Sé que necesitas tiempo para creerme, pero hay prisa. No me… perdón. No nos queda mucho tiempo. El médico me ha dicho que me puedo morir en cualquier momento.

—Supongamos que eres del futuro —dije—. ¿No habría sido mejor que viajaras al día en que comencé a fumar?

—Por supuesto. Sin embargo, la manera de viajar en el tiempo fue descubierta hoy, diez minutos atrás. Pronto, las noticias estarán repletas de reportajes de “viajeros temporales”. Sucede que uno no puede retroceder en el tiempo más allá de hoy, a la hora en que se hizo la primera prueba de la máquina.

—No entiendo nada de lo que me has dicho —confesé—. A propósito, ¿saben cómo viajar por el tiempo, pero no han encontrado una cura contra el cáncer?

—Es un mundo jodido, ¿qué esperas? No hay carros voladores tampoco.

—No parece ser gran cosa este futuro tuyo.

—Tiene sus ventajas. La vida es mucho más simple ahora. Será más simple, mejor dicho.

—Si tú lo dices… ¿Encontraron la cura para el sida?

—En diez años más, según recuerdo. Causó la segunda revolución sexual. Y, por supuesto, surgió otra enfermedad venérea con peores síntomas.

—Creo que no funcionará tu plan —confesé.

—¿Por qué no?

—Pues, ya no tendrías cáncer.

—Ya había contemplado eso. El experto temporal me explicó que al momento en que me vaya, tomarás… tomaré una decisión. Dejo de fumar o no.

—¿No te afectaría desde ya?

—No necesariamente. Al tomar esa decisión, la realidad se bifurcará. En una, llegaré a mi tiempo curado. En la otra, casi muerto.

—¿Y cómo sabes a cuál regresarás?

—En realidad, no comprendo la teoría muy bien. El experto me aseguró que regresaría a la que me corresponde.

—Oh, Dios. Lo más difícil de creer de todo esto es que seré tan pendejo a tu edad —dije, verdaderamente decepcionado de mí.

—Bueno, fue lo que me dijo…

—¡Coño! ¿Tantos años y no te das cuenta de cuándo alguien te dice lo que quieres oír? Me imagino que le pagaste por adelantado.

Permaneció callado mientras miraba al suelo.

—Idiota —dije.

—Oye, si dejas de fumar, nada de esto sería un problema.

—Es que si dejo de fumar, no tendré que viajar en el tiempo para tener esta conversación conmigo. Por tanto, seguiría fumando.

—No creo que entiendo.

—Tampoco estoy muy seguro, pero es como las tragedias griegas: al intentar cambiar tu destino, aseguraste que se cumpla.

—Pero, si no venía, también se cumpliría.

Al pensarlo, me di cuenta de que tenía razón también.

—Cierto, cierto —dije—. Parece que no importa qué haga, entonces.

—¡No! Hazme caso. Deja de fumar. Ya se me olvida cómo el experto me explicó, pero al momento tenía sentido. Confía en mí. En ti.

Permanecí en silencio. Mi futuro yo tenía toda la razón: tenía que dejar de fumar. Era algo que he sabido desde que comencé. Sin embargo, es lo más difícil que he tratado de hacer. Lo único en lo que siempre he fracasado.

—¡Oh, no! —dijo mi futuro yo, preocupado—. Siento como si me halaran. Creo que regresaré a mi tie…

Desapareció en ese instante, sin terminar la oración. Por suerte, nadie notó su desvanecimiento y evité tener que contestar preguntas bochornosas.

Salí del cafetín determinado a dejar mi vicio. Era lo mejor para mí. Podría respirar bien, despertar sin toser, saborear la comida, no fatigarme al subir las escaleras… Iba a mejorar mi salud. Decidí comenzar una rutina de ejercicios esa misma tarde.

Lo único que me daba pena era que no había podido disfrutar de un último cigarrillo. Me sentía como cuando una amante se deja sin una última revolcada.

Aunque…

No. No podía pensar en eso…

Podía comprar un último…

Tenía que pensar en mi salud.

¡La cajetilla que me había quitado! ¿Estaría allí aún?

Debía ser fuerte; no sucumbir.

Sólo me llevaría uno y ya. No más.

Uno y ya.

Entré otra vez al cafetín y sentí alivio al ver que la cajetilla no había regresado al futuro también. Abrí la caja y saqué un último tabaco. Salí y lo encendí. Llené mis pulmones por lo que sería la última vez. Disfrutaba de cada molécula carcinogénica.

Terminé de fumar en completa serenidad y emprendí mi camino otra vez. Luego, me detuve. Entré otra vez al cafetín y tomé la caja de cigarrillos, decidido de que mañana mi adicción sería cosa del pasado.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Puedes utilizar una tarjeta de débito o crédito y “Paypal”. No tiene que ser una cantidad grande.: desde .01 hasta lo que gustes. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.4/10 (5 votes cast)
Share

Cuento: Hasta el amanecer

Hasta el amanecer

2009 © José Borges

Noto un barco de vela en el horizonte según recojo la última red del día. Me alegro de haber pescado dos colirrubias antes de regresar a puerto. No me preocupo mucho por el barco: de vez en cuando se ven embarcaciones camino a Norteamérica o Europa. Nunca paran aquí.

Apenas recuerdo cuando todo esto eran hoteles y condominios. No podías ver el mar a menos que vivieras justo en la costa. Sólo los ricos podían hacer eso. Ahora viven entre las montañas de la isla, al menos, los que se quedaron acá. Los demás huyeron tan pronto se les hizo posible.

He escuchado que ya no son tan ricos. Pero no sabría corroborar eso. Difícil encontrar transportación segura hacia el extranjero. El viaje es largo y abundan los piratas. De vez en cuando, encontramos los restos de sus víctimas mientras pescamos. En esos casos, trato de sepultarlos en tierra firme. Es lo más decente que puedo hacer. No me gustaría terminar como comida de algún pez. Es el ciclo de la vida, supongo. Y, a la verdad, la pesca ha sido muy buena estos últimos años.

Cuando era chico, no pescábamos nada del tamaño que vemos hoy. He escuchado que hay más gente que pesca, pero en cantidades menores. Sin barcos capaces de almacenar miles de pescados, el impacto ha disminuido. Al menos, así me lo han explicado. Mi padre recuerda muy bien la “Era del petróleo”. Me ha contado que todo el mundo tenía automóviles (había más autos que gente, según él). Se podía llegar a Europa en horas, en vez de semanas.

Recuerdo haber visto aviones cuando pequeño. Eran rápidos, mucho más que los dirigibles.

He pescado todo lo que iba pescar hoy. Tengo tres colirrubias, cuatro capitanes y mucha carnada para mañana. Marco el número de Marcelo para informarle de mi cargamento. Apenas eche el ancla en el puerto, habré vendido todo. Espero que al menos uno de los compradores me pague con arroz; hace tiempo que no lo como. Marcelo se quedará con su parte, por supuesto, pero el restante sería suficiente para el resto de la semana. Mi padre ya no come tanto. Creo que no le queda mucho tiempo.

Sería una pérdida grande para la comunidad. Para mí también, claro, pero los demás ciudadanos lo echarán de menos. Gracias a él, logramos sobrevivir un sinnúmero de crisis. Junto con diez amigos, logró repoblar lo que permaneció sobre agua del antiguo casco urbano. Antes, lo llamaban el “área metro”. Ahora es sólo La Ciudad. Hasta donde sabemos, no hay otra en la isla. Existen pequeñas comunidades, sí, pero ninguna tiene más de cien habitantes. La Ciudad cuenta con mil. Tenemos dos médicos y cinco “magos”. Llega gente de toda la isla en bicicleta, a caballo y hasta a pie para verlos. Los magos son muy solicitados. La gente sabe usar su teléfono móvil y su computadora, pero casi nadie sabe cómo funcionan. Hacen trueques con lo que sea para que los magos les arreglen sus equipos. Tampoco hay muchos médicos en la isla. Muchas veces, es muy tarde para los que vienen a verlos. Esperan demasiado para emprender el viaje. No los culpo: cualquiera lo piensa dos veces antes viajar. No tanto por la distancia, sino por los ladrones.

Los bandidos ya ni reconocen lo que es ser civilizado. Se esconden hasta que la presa fácil cruza sus caminos. Nadie sale de La Ciudad sin al menos cinco hombres armados que le sirvan de guardaespaldas. Por fortuna, contamos con varias armas de fuego. Casi nadie en la isla las posee. Además, las balas son escasas. Creo que tenemos el único armero en la isla o, por lo menos, el único que sabe fabricar municiones. No es decir que los bandidos atacan con manos vacías: aún se puede conseguir un machete en la isla. También ha habido casos en que han utilizado flechas. Si tan sólo utilizaran su ingenuidad para el bien de todos…

Es la única manera de sobrevivir. Algunas personas, los viejos especialmente, añoran los tiempos de antes. Pero, según me han contado, nosotros vivimos mejor. Mi padre siempre dice que las inundaciones y el fin del petróleo fue lo mejor que nos pudo pasar. Aunque hay cosas que extraña también, como la facilidad de viajar por el mundo. Aún añora una oportunidad para volver a Italia.

Marcelo me espera en el puerto y me da la buena noticia:

—Una de esas colirrubias te ha traído dos libras de arroz —me dice, mientras me ayuda a bajar mi cargamento.

—¿Cómo les fue a los demás? —pregunto. Siempre me gusta saber cómo me comparo con los demás pescadores.

—Tito y Víctor trajeron buena pesca. Carla llamó, pero no ha llegado aún. Me preocupa, porque llamó antes que tú.

—¿Sabes adónde se tiró?

—Noroeste.

—Bueno, el viento no la favorece. Debe ser por eso.

—Espero que sí —responde Marcelo, preocupado. Carla es su compañera de más de tres años. No hay un día en que no se preocupe por ella. Lo cómico es que Carla es muy capaz de defenderse. Más que Marcelo… Aún recuerdo el día que le rompió la nariz a Víctor. Aún a la mitad del siglo veintiuno es difícil no encontrarse con un poco de machismo, especialmente entre pescadores.

—¿Por qué no la llamas?

—La última vez que hice eso, dejó de hablarme por una semana. Tú sabes cómo es.

—Cierto. Voy a casa. Me llamas cuando llegue Carla.

A mi padre siempre le ha sorprendido que todo el mundo posea un teléfono móvil. Cuando comenzaron las crisis mayores, pensó que sería el final de la era informática. Pero no fue así: todos tenemos una computadora o un teléfono celular, o ambos. Tengo amigos alrededor del mundo que con toda probabilidad jamás lograré ver. El mundo es grande y chico a la vez.

Mientras ato mis dos libras de arroz a la bicicleta, me doy cuenta de que el barco en el horizonte aún está a la vista. Se ve más grande. Es obvio que se acerca a puerto. Hace cuatro años desde la última vez que una embarcación llegó a La Ciudad. Es más fácil llegar por dirigible.

—¿Sabes algo de eso? —le pregunto a Marcelo apuntando a la nave.

—No. ¿Será algún navío en peligro?

—¿Quién sabe? A ese paso, le falta un par de horas antes de que llegue.

—Enviaré un mensaje global a ver si alguien sabe de qué se trata.

El mensaje de Marcelo recorrería el mundo en minutos. Si alguien sabía de la embarcación, le contestarían. Por alguna razón, no creo que recibirá respuesta.

Me monto en la bicicleta y comienzo el viaje de siete minutos a mi casa. Mi padre me ha contado que, en su época, casi todo el mundo era gordo porque no hacían ejercicio y comían mucha “porquería”. No sé cómo se puede comer porquerías, en realidad. Mi padre dice que tenía que ver con lo que usaban para confeccionar los alimentos.

Encuentro a mi padre acostado en la hamaca del patio.

—¿Cómo te fue? —me pregunta, aún con los ojos cerrados.

—Bien. Conseguí arroz.

—¡Al fin! Una de las gallinas dejó de poner huevos, así que podemos hacer un arroz con pollo.

Dejar de poner huevos era una sentencia de muerte para las gallinas en nuestra casa. Había veces que, al mencionar su destino, la gallina comenzaba a producir otra vez, pero no fue el caso de hoy. La agarro por la cabeza y le tuerzo el cuello. Media hora después le estamos arrancando las plumas después de haberla hervido en la olla. Estamos a mitad del desplume y suena mi celular.

—Tenemos un problema serio —dice Marcelo—. Es un barco pirata.

—¿Buscan refugio? —a veces hacían eso, pero nunca lo obtenían. No se puede auspiciar ese tipo de conducta, por más humanitario que queramos ser.

—Sí. Capturaron a Carla. Dicen que no la soltarán, a menos que los dejemos reabastecerse —puedo notar la voz de Marcelo a punto de quebrarse.

—¿Estás seguro de que tienen a Carla?

—La vi. Le han hecho daño… —oigo a Marcelo tratar de ocultar un llanto. Hago como si no lo hubiese escuchado.

—Diles que nos comunicaremos con ellos pronto. Se lo diré a Papá.

Aún enfermo como está, mi padre tiene una mente muy ágil para cualquier crisis. No es que sea un líder porque mande mucho, sino que sabe cómo motivar a la gente para que hagan lo que mejor puedan. Muchas veces, lo logra con sólo una mirada. Los otros viejos dicen que habría sido tremendo político. Según lo que he leído acerca de ellos, no creo: mi padre no es dado a mentir y menos, a robar.

Le cuento lo que ha sucedido y me ordena que convoque una reunión con los demás. Mi padre, en cierta forma, es el líder de La Ciudad, pero forma parte de los Siete. Su voz es importante, pero no sobrepasa la autoridad de los demás miembros. La mayoría de ellos son los que primero decidieron repoblar La Ciudad. Eran diez al principio, pero cuatro de ellos no quisieron la responsabilidad de ser líder. Entre ellos, mi padre era uno de los que rechazó el cargo. Sólo aceptó cuando estuvo seguro de que nadie tendría más potestad en el grupo. Fue lo mejor que pudo haberle pasado a La Ciudad. Mi padre me ha dicho muchas veces que los que deben estar al mando son los que menos quieran hacerlo. Varias veces me ha dicho que yo sería un candidato ideal para los Siete, pero me niego a tener tanta responsabilidad.

Como es una emergencia, la reunión comienza de inmediato en nuestra casa. El arroz con pollo tendrá que esperar hasta mañana, si es que estamos vivos para cocinar.

Los piratas son un peligro terrible, peores que los bandidos. Parece que, como están en alta mar por tanto tiempo, se convierten en verdaderos salvajes. Sabemos que hay que actuar rápido. Nadie quiere pensar en lo que le habrán hecho o le que le harán a Carla; Marcelo menos que nadie. Lo único que separa a los piratas de los animales es la habilidad de navegar un barco.

—No podemos dejar que salgan de la nave —dice mi padre. Todo el mundo asiente, ya sea con la cabeza o con un murmullo. Todos sabemos que hay que guardar silencio en este tipo de reunión.

—¿Y Carla? —pregunta Sigfredo, uno de los Siete. Noto que Marcelo esperaba a que alguien hiciera esa pregunta.

Los Siete se miran entre sí, sin decir nada.

—Tenemos que hacer lo que nos beneficie más. Si dejamos que toquen pie en La Ciudad, nos arriesgamos a que acaben con nosotros. ¿Quién sabe qué tipo de armamento poseen estos hijos de puta? —dice mi padre.

Regresan los murmullos. Marcelo se sienta en el piso y se abraza las rodillas. Llora, pero nadie se atreve a acercársele.

—Carla comprenderá lo que tenemos que hacer. Haremos lo posible para salvarla de ellos —dice mi padre—. Tengo un plan de acción.

Es un plan sencillo y recibe la aceptación de los Siete de inmediato. Alguien manda a dos hombres a que se lleven a Marcelo a su casa. Hasta él comprende que su presencia podría echar a perder todo. Asiente sin palabra.

Mi padre habla conmigo en privado. Me ha escogido para la parte clave del plan. Me sugiere maneras de pensar para que no interfieran mis emociones en lo que debo hacer y me recuerda lo importante que es mi participación.

No siento orgullo. En realidad, odio lo que me han mandado a hacer. Pero sé por qué me han escogido. Tengo la mejor puntería en La Ciudad y no hay margen para errar. Voy adonde se ha determinado que sería la mejor posición para mi tiro. Sé que sólo tendré una oportunidad.

Veo a mi padre pararse en el muelle para dialogar con los piratas. A través de la mira telescópica de mi rifle, puedo ver el rostro del capitán. Tiene el cabello largo y una barba inmensa, ambos quemados por el sol. No usa camisa y su pantalón está casi destrozado. Su piel parece cuero.

—Queremos que nos enseñes tu rehén —la voz de mi padre retumba por el muelle a través del altoparlante de mano.

—Ya la enseñamos —responde el capitán con su propio altoparlante. Son herramientas indispensables en alta mar.

—Queremos saber si aún vive. ¿Cómo sabremos si ustedes no la han matado ya?

—Sólo queremos un poco de comida a cambio de ella. Luego, nos marcharemos.

De Marcelo haber estado presente, habría suplicado de rodillas para que mi padre aceptara la oferta. No tendría efecto, pero haría el trabajo más difícil para todos.

—¡Enséñamela!

El capitán hace un gesto con la mano derecha hacia algún tripulante que no puedo ver. En unos segundos, veo un hombre calvo, con piel como cuero, llevar a Carla del brazo hasta donde está el capitán. La agarra por el otro brazo y la empuja levemente hacia el frente para que mi padre pueda verla.

A través de la mira, puedo observar que por lo menos la han abatido a golpes. Supongo que no fue fácil capturarla.

Carla aprovecha el empujón para voltearse hacia mí. Aguanto la respiración por un momento y apenas me doy cuenta de que he apretado el gatillo. Es un tiro justo: logro ver el punto color rojo en el lado izquierdo del pecho de Carla antes de que su cuerpo se desplome.

El sonido del disparo hace que los piratas se tiren a la cubierta del barco. Ruego por que uno de ellos se atreva a asomarse para ponerle un pedazo de plomo entre los ojos, pero son demasiado astutos.

—¡Son unos verdaderos cabrones! —dice el capitán. En unos minutos, logran alzar ancla y zarpan a alta mar otra vez. Una vez seguros de que están fuera de alcance, echan por la borda el cuerpo de Carla.

Suelto mi arma y me monto en mi pequeño velero. Por suerte, logro llegar al cadáver antes de que se pierda en el mar. Marcelo no habría querido que su amada se convirtiera en comida para los peces.

Llego y noto que La Ciudad está desanimada. Aunque nos deshicimos de la amenaza de los piratas, nadie se siente como si hubiéramos ganado algo.

Cuando llego a casa de Marcelo, lo encuentro tirado en el suelo de su sala. Su llanto muestra una mezcla de tristeza y rabia. No sé qué decirle. Sólo lo miro.

—¿Tú lo hiciste? —tiene los ojos rojos y líquido transparente le sale de la nariz. Jamás lo he visto así.

Asiento con la cabeza. No me atrevo a hablar.

—¡AAAAAAAAA! —grita Marcelo y entierra su cabeza entre sus brazos.

Me siento en el piso al lado de él y lo abrazo.

—Marcelo —le digo en voz baja al oído—, ella sabía. Se viró de tal manera para que fuese más fácil dispararle en el corazón. Era su única opción.

Marcelo sólo llora. Lo miro por unos instantes y me conmueve. Nos quedamos el resto de la noche sentados en el piso de la sala hasta el amanecer.

Fin


¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Puedes utilizar una tarjeta de débito o crédito y “Paypal”. No tiene que ser una cantidad grande.: desde .01 hasta lo que gustes. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.7/10 (7 votes cast)
Share

Cuento: Santurtzi

Santurtzi

José Borges © 2009

Ya estaba cansado de caminar por toda la ciudad en busca de empleo. Había comenzado con los bufetes de contables más grandes, luego con otros menos conocidos y, finalmente, con cualquier negocio que tal vez pudiera necesitar un contable. Sin embargo, ninguno le brindaba esperanza. Eran cerca de las cuatro de la tarde y todas las oficinas de San Juan estaban a punto de cerrar. Aun si encontraba otro lugar donde llenar una solicitud, nadie lo entrevistaría: los empleados estaban locos por irse a sus hogares.

La tarde estaba caliente y sentía cómo el sudor le pegaba la camisa a su espalda, debajo del chaleco gris “neutral” que lucía. Le dolían los pies y no sabía cómo caminaría las tres millas hasta Guaynabo, donde estaba su hogar. Después de un mes sin empleo, no le quedaba más que dos centavos en su bolsillo: había utilizado los últimos setenta y cinco en el autobús a la capital. Pensaba en lo ridículo que era la sociedad en escoger usar un traje para trabajar en una isla tropical. De momento, vio el letrero.

Colgaba de medio lado y leía: “Se busca asistente. Más información en el apt. B”. Examinó el edificio. Era una casa. Pensó que la habrían convertido en un pequeño complejo de oficinas. No tenía una fachada profesional. Notó que el apartamento B estaba en el segundo piso. Faltaban diez minutos para las cinco; de seguro no le agradaría al posible patrono que lo molestaran a esta hora, pensó. Sin embargo, estaba desesperado. El cheque de desempleo no llegaría hasta el lunes (era una miseria, pero mejor que lo que le quedaba en el bolsillo). Cualquier trabajo pagaría mejor. Subió las escaleras sin darse cuenta de lo que hacía. Vaciló antes de tocar a la puerta. No había nada que indicara que fuese una oficina. Pensó que cometía un error. Luego recordó los dos centavos en el bolsillo.

Tocó a la puerta.

No hubo respuesta. Tocó otra vez: nada.

Comenzó a bajar las escaleras, cuando escuchó una voz desde el interior del edificio:

—¡Voy! —gritó una voz ronca. Ahora estaba seguro de que había cometido un error. Aparentemente, había despertado al habitante de lo que tenía que ser un apartamento, no una oficina. Quiso huir, pero la puerta se abrió.

Un hombre apareció en el portal. Estaba descalzo y sin camisa; sólo tenía puesto unos mahones. Era alto, delgado, de cabello largo y despeinado.

—¿Qué es? —dijo el hombre.

—Perdone. Es que vi el letrero y…

—¿Vienes por el trabajo?

—Eh, sí. Pensé que era aquí, pero me equivoqué, al parecer. Perdone…

—¡Ah! ¡Bien! Entra, entra —dijo mientras regresaba al apartamento.

No supo si debería seguirlo. Si quería escaparse de la situación, este era el momento ideal para hacerlo. El hombre no era nada profesional y, sin duda, no tenía una oficina ahí. Sin embargo, la curiosidad se apoderó, y entró.

Como sospechó, era la residencia del hombre extraño. Consistía en una habitación, una sala de estar que servía también de cocina, y un baño, donde, a juzgar por el sonido de un chorro en el inodoro, estaba el residente, quien no se había molestado en cerrar la puerta. Había libros y papeles en la mesa, en los asientos, encima de la nevera y al lado del fregadero; en cualquier superficie que los aguantara. Casi formaban un camino a los diferentes destinos del apartamento. La iluminación de la residencia era provista por la poca luz que entraba por la única ventana y una que otra vela esparcida en el lugar.

—Perdona —dijo el hombre al salir del baño—, pero no podía aguantar más. Sabes cómo es cuando te despiertas. Por cierto, ¡buen día! Mi nombre es Mateo. Mateo Santurtzi.

—Buenas tardes, señor Santurtzi. Mi nombre es Antonio Morales y vengo por el trabajo. Llevo un mes desemple…

—Tarde, día, noche… todo es relativo, Andrés. ¿Sabes hacer café?

—interrumpió Santurtzi.

—Antonio, señor. He hecho café antes, sí. Pero, no sé a…

—¡Bien! Bien, bien, bien, bien —repitió Santurtzi. Hablaba rápido, como si pensara en voz alta—. Tienes el trabajo. ¿Alguna pregunta?

Antonio tenía muchas preguntas. Quería saber cuánto pagaba, qué haría, cuál era el horario… sólo logró hacer una:

—¿Cuándo puedo empezar?

—Ahora mismo, por supuesto.

—Pero…

—Necesito a alguien que me ayude con eso —dijo apuntando hacia fuera.

—¿Eso?

—Sí. El mundo “real” —añadió comillas imaginarias con sus dedos al decir real—. No puedo con él. Me aburre estar como ustedes: pagando cuentas, haciendo filas, levantándose temprano. No es para mí.

—No sé qué quiere que haga, señor.

—Regla número uno: no me llames señor. Usa Mateo o Santurtzi. O , si no puedes con más de dos sílabas (no me mires así: he tenido asistentes que no pueden con una).

—Perdone, señ… Santurtzi. Pero aún no sé cuáles serán mis funciones.

—Puedes comenzar por hacer café en lo que me visto. Tengo una máquina de espresso, pero los hijos de puta de la Autoridad Enérgica me quitaron mi derecho a electricidad. La estufa es de gas, así que lo puedes colar con la cafetera italiana —ordenó.

—¿Enérgica? ¿Quieres decir eléctrica?

—Exacto —dijo y se retiró a la habitación. Murmuraba algo que Antonio no pudo escuchar.

Había algo en el carácter de Santurtzi que lo forzaba a hacer lo que ordenaba. De tratarse de otra persona, Antonio se hubiera ido mucho antes. Pero el hombre raro era carismático, así que se acercó a la cocina para hacer café. Además, a él mismo le hacía falta una taza. Recordó que había acabado el café en su casa esa misma mañana. Con cada minuto que pasaba, se daba más cuenta de lo mucho que le hacía falta un trabajo. Cualquier trabajo: hasta éste.

La cocina, como el resto del apartamento, era un desastre. Había tazas sucias por toda la barra de la cocina, dentro del fregadero y en algunas de las tablillas. Algunas estaban medio llenas, con un hongo blanco en la superficie. Antonio fregó dos que parecían ser las menos sucias, luego fregó la cafetera. Abrió la lata de café y la meneó antes de añadir la harina, por si algún insecto se escondía dentro. Justo terminaba de colar la bebida, cuando reapareció Santurtzi. Tenía el cabello mojado y lucía una guayabera blanca con mahones.

—¿El café?

—Ya. No sé si esté bueno. No estoy acostumbrado a…

—A ver —Santurtzi tomó un sorbo—. No está mal. Tienes el trabajo.

—Pensé que ya lo tenía.

—Esa fue tu entrevista.

—¿Colar café?

—Sí.

—¿Y cuánto paga ser su colador de café oficial?

—Eres mi asistente. Lo del café es la parte más importante. No es el mejor café que he tomado, pero he probado peor.

—No me ha contestado.

—Varía, Arturo…

—Antonio.

—Como sea… ¿Dónde vives?

—Guaynabo. En el barrio…

—Perfecto. Te llamaré Guaynabo, entonces —interrumpió Santurtzi—. Menos confuso. Como te decía, necesito a alguien que trabaje con el mundo “real”. Te encargarás de pagar mis cuentas (te daré el dinero, por supuesto), hacer gestiones mundanas por mí, hablar con clientes, enemigos, cobradores, etc. Eso.

—¿Cuánto paga?

—Suficiente, Guaynabo. Además, ¿tienes algo mejor que hacer?

Antonio permaneció callado, como si pensara si en realidad tuviera algo para hacer.

—Bien. Vamos a ver a alguien —dijo Santurtzi.

—¿A quién?

—Ya verás. Todo a su tiempo, Guaynabo.

Salieron del apartamento y Santurtzi hizo varios gestos con las manos frente a la puerta. Antonio lo miró intrigado.

—Protección —fue la única explicación que le dio Santurtzi mientras caminaba por la acera hacia el norte. Antonio encogió los hombros y lo siguió.

Caminaron varias cuadras del sector de Santurce. Antonio no sabía dónde estaba: no había pasado mucho tiempo en esa parte de la ciudad. Después de veinte minutos caminando, llegaron a un negocio que hacía esquina. Era un lugar oscuro, atendido por un viejo que parecía ciego. De alguna manera, podía servirles tragos a los pocos clientes en el lugar.

Antonio vaciló antes de seguir a Santurtzi a la barra. Todo el mundo detuvo lo que hacía para observar a Antonio. Sin embargo, Santurtzi había entrado desapercibido. Antonio sintió que estaba en un lugar donde no era bienvenido.

—¿Qué esperas? Entra —dijo Santurtzi al darse cuenta de que Antonio estaba parado en la entrada.

Los ojos de todos en la barra cayeron de repente en Santurtzi, como si solo ahora lo habían notado en el lugar. Igual de rápido, todos disimularon sus miradas para evitar que Santurtzi se fijara en ellos. Antonio por fin se acercó a la barra.

—¿Asistente nuevo? —preguntó el viejo. Miraba a un punto encima de Santurtzi.

—Algún día me dirás cómo es que sabes cuando entro con uno nuevo —dijo Santurtzi.

—Todos huelen igual. Te lo he dicho antes.

—Sí, pero no te creo.

—Como gustes. ¿Qué le sirvo?

—Toma algo, Antonio. Te hará falta luego.

—¿Qué vinos tienes? —preguntó Antonio.

—¿Vinos? —preguntó el viejo y comenzó a reír—. Tengo cerveza, güisqui y ron.

—¿Qué cervezas tienes?

—Sólo Metro.

—Pues, una de esas.

El cantinero, sin apartar su mirada vacía del rostro de Antonio, buscó la cerveza en el refrigerador debajo de la barra y se la entregó. Antonio estaba convencido de que el viejo era ciego. Sentía cómo la bebida le refrescaba el cuerpo entero después de lo que había sido un día largísimo. Al parecer, no acabaría pronto.

—¿Qué te trae por aquí, Santurtzi? —preguntó el viejo. Ahora miraba hacia donde estaba el nuevo patrono de Antonio.

—¿No puedo venir a tomarme un trago en paz? —dijo Santurtzi.

—Vamos. Todo el mundo sabe que lo único que tomas es café y todo el mundo sabe que la cafetera más cercana está en la casa de doña Inés, en la otra esquina.

Santurtzi soltó una carcajada que parecía inquietar al resto de los clientes de la barra.

—Busco al Chango Blanco.

Uno por uno, todas las personas en la barra salieron del local al escuchar lo que había dicho Santurtzi, quien observaba el desfile silencioso.

—Tal vez deba cambiar de desodorante —comentó Santurtzi.

—Creo que sería mejor no buscar pleitos con gente como el Chango

—respondió el viejo.

—Cheo, bien sabes que nunca busco pleitos…

—Pues, tienen una manera asombrosa de encontrarte —interrumpió el viejo.

—Nada más necesito aclararle unas cosas. ¿Sabes dónde está?

—No. Si lo veo, le diré que lo buscas.

—Debiste ser comediante, Cheo.

—Las luces me molestan.

—Bien. Vamos, Guaynabo. Termina la cerveza.

Antonio terminó de un sorbo lo que le quedaba de cerveza y siguió a Santurtzi. Había oscurecido por completo, aunque la noche aún estaba calurosa. No le habría molestado tomarse otra cerveza en la barra.

—¿No tienes que pagarle la cerveza al señor?

—Me lo sumará a mi cuenta. Cheo confía en mí.

—¿Adónde vamos? Cheo no sabía dónde estaba, ¿Chango?

—No importaba si supiera o no. Uno de los caballeros que salieron al mencionar su nombre sabrá.

—¿Cuál?

—No importa. Haces muchas preguntas, ¿sabes? No hay nada malo con eso, pero debes aprender a callar y observar un poco más.

—Me parece que el señor Blanco es un poco peligroso, según lo que he observado.

—Para algunos, sí —dijo Santurtzi. En eso, miró hacia el fondo de la calle y Antonio miró también, para ver qué era lo que le había atraído la atención de su patrono. Logró ver las luces de un automóvil que se acercaba—. ¡Ah! Aquí están.

El auto se detuvo justo al lado de Antonio y Santurtzi. Era un automóvil color negro con los cristales ahumados. El cristal del lado del pasajero, que estaba al lado de los dos peatones, bajó lentamente. Un hombre con gafas oscuras, con un pañuelo atado a la cabeza y varias cadenas de oro alrededor del cuello los llamó.

—¿Ustedes son los que buscan al Chango? —dijo el hombre, sentado en el auto.

—Soy Santurtzi y, sí, busco al Chango Blanco.

—Quería estar seguro —dijo y apuntó una ametralladora hacia Antonio y su patrono.

Antonio se preguntaría por el resto de su vida qué exactamente había pasado. Cada vez que contara esa anécdota, se le haría imposible dar detalle alguno y mucho menos una explicación lógica. Lo que siempre recordaría era el sonido del arma de fuego al disparar y pensar que debía tirarse al suelo para evitar las balas. Nunca logró actuar sobre sus pensamientos. Era como si no pudiera creer que le sucedía. Escuchó una serie de estallidos, seguidos del sonido de maquinaria encajar y desencajar. Luego, gritos y órdenes y el chillido de las gomas del auto negro al arrancar y desaparecerse entre el tráfico de la ciudad.

Todo pasó sin él haberse movido un centímetro. Luego, miró su cuerpo esperando ver sus heridas. Recordaría pensar cuánto tomaría en desplomarse en la acera. Escuchó la voz de Santurtzi, pero a lo lejos: no había entendido qué le había dicho.

—Despierta, Guaynabo. No te ha pasado nada —dijo Santurtzi.

—Pe-pero el auto. ¡Los tiros!

—No vas a dejar que esos cacos te asusten, ¿verdad? Todo está bien: mírate.

—¡Es que nos dispararon!

—Sí, me di cuenta. Confieso que no era la respuesta que esperaba del Chango. Uno pensaría que habría más respeto que eso. Es lo que pasa cuando pierden control, supongo.

—¿Estamos vivos?

—Obvio, Guaynabo. Obvio. Nunca he visto a un muerto tan cagado como tú. Mira, entremos a la barra para que te des otra cerveza. Tal vez te recompongas. Ven.

Nuevamente, siguió a Santurtzi a la barra.

—¡Cheo! Dale otra cerveza a mi asis… Ah, no…

El viejo estaba recostado sobre la barra. Tenía una mancha de sangre en el costado izquierdo que se había extendido hasta las neveras de la cerveza y el trapo que el viejo utilizaba para limpiar las superficies. Santurtzi se le acercó y colocó dos dedos sobre el cuello del cantinero.

—Está vivo. Guaynabo, llama una ambulancia.

—No tengo teléfono…

—Usa el de la barra, huevón. A Cheo no le va a importar. Si no te apuras, no le importará nada, en realidad.

Antonio brincó la barra y marco los tres dígitos del servicio de emergencia mientras que Santurtzi tomó el trapo manchado y lo aplicó con fuerza a la herida del cantinero.

—Vamos, viejo, que aún te debo par de pesos. Y sabes que me endiabla deberle a la gente —dijo Santurtzi. Antonio hablaba con alguna operadora y trataba de explicarle lo que había sucedido.

—N-no deberías coger fiado, entonces. Mago de mierda —respondió Cheo esforzando su voz. Ahora Antonio trataba de explicarle a la operadora dónde se encontraban.

—Trata de no hablar…

—¿Por qué carajo no?

—No sé. Es lo que siempre dicen en las películas.

—Vete a la mierda, entonces. ¿No sabes ningún hechizo de sanación?

—Sabes que no funciona así, Cheo.

—Bah. Magia de cumpleaños es lo que practicas…

Una ambulancia llegó al local. Las luces rojas y amarillas alumbraban el salón mientras entraban dos paramédicos con una camilla en ruedas. Llegaron hasta donde estaba Cheo y lo colocaron cuidadosamente en la camilla. Comenzaron a inyectarle agujas conectadas a bolsas trasparentes llenas de algún líquido.

—Ya está en buenas manos. Vámonos antes de que llegue la Policía —dijo Santurtzi.

Antonio lo siguió sin objeciones: no quería involucrarse con la Policía, aunque le pareciera que estaba mal de su parte no quedarse para explicar lo que había ocurrido.

Caminaron por la misma calle en la cual había aparecido el auto negro. Antonio notó los vecinos que salían de sus casas para saber qué había ocurrido en la barra de la esquina. Escuchó lo que comentaba la gente:

—… tan tranquila que era esta calle…

—… algo habrá hecho…

—… no se puede vivir aquí ya…

—… ¿Qué pasó?…

Luego de pasar el gentío, llegaron a la esquina de la calle. Santurtzi dobló a la izquierda, por la avenida principal del sector. Allí la vida seguía su curso normal, como si nada hubiera pasado a sólo una cuadra.

—¿Adónde vamos? —dijo Antonio.

—A ver a los cacos que nos dispararon.

Antonio paró de repente.

—No quiero ver a esa gente más. No sé cómo sobrevivimos ahorita, pero no voy a probar mi suerte de nuevo.

—Nada de suerte, Guaynabo. Nada te pasará mientras andes conmigo.

—¿Qué me dices de Cheo, entonces?

—No andaba conmigo.

—¿Para qué me necesitas de todas formas? Ni pude moverme cuando comenzaron a disparar. Además, ¿cómo carajo estamos vivos?

—Hechizo de protección.

—No. De veras. Dime. Porque no me explico cómo fallaron de tan cerca.

—Ya te dije. Mira, es algo que crees o no. Me es útil que no creas. Por eso te elegí de asistente.

—¿Me elegiste? Creo que nadie en el mundo había visto ese anuncio tuyo.

—Excepto tú. Tienes razón. No quiere decir que no te elegí.

—No comprendo nada de lo que me has dicho.

—No te preocupes: estoy acostumbrado.

—Aún no me has contestado: ¿Cómo sobrevivimos la balacera?

—Ya te dije. Magia.

—La magia no existe, Santurtzi.

—Para ti, no. No te puedo explicar, Guaynabo. Es como si le fueras a explicar a un cavernícola cómo funciona una computadora. Aunque, ahora que lo pienso, probablemente ni tú mismo sabes. Con el tiempo, es posible que comprendas algunas cosas. Por ahora, sigue mis instrucciones y observa.

—Es que… tengo miedo.

—No te culpo. Todo saldrá bien, ya verás. Confía en mí.

Por alguna razón que Antonio jamás podría definir, confió en Santurtzi y lo siguió.

Llegaron a una casa pequeña de un solo piso, color azul y blanco. Una bandera estadounidense decoraba la parte superior de la puerta en el balcón encerrada por rejas.

—Gatos que quieren ser perros —comentó Santurtzi.

—¿Qué?

—Doña Angelita vive aquí. Parte de una familia estadista que se hartan de pastelillos, pero no sabrían traducir la palabra al inglés.

—¿Y tú sabes?

—¡Claro que no! Soy Santurtzi, no Guasington —dijo, indignado. Luego gritó hacia la casa—. ¡Angelita! ¡Abre, que es Santurtzi!

Luego de unos momentos, se escuchó como alguien se movía por la casa.

—¿Qué quieres, demonio del diablo?

—¿Así recibe a sus vecinos? Necesito hablar con su nieto.

—No está.

—Sé que no está. ¿Le va a negar a su vecino un café, doña Angelita?

—Tú no eres vecino de nadie, Santurtzi. Nada bueno pasa alrededor tuyo.

—Eso no es cierto, Guaynabo —comentó Santurtzi—. La vieja está senil.

—No podría sospechar por qué diría tal cosa… —contestó Antonio.

—Calla —le dijo a Antonio. Luego, gritó a la puerta otra vez—. Bien sabe usted que soy vecino de todos los santurcinos, doña Angelita. ¿O es que acaso se le olvidó quién consiguió comida, agua, hielo y electricidad en el último huracán? Aquella vez no se quejó de mi presencia…

—Está bien, está bien. Entra, engendro de Satanás. Te tomas el café y te vas al cara… —doña Angelita se interrumpió al ver que Santurtzi no estaba solo—. ¿Asistente nuevo? ¿No aprendiste con lo que le pasó a la última? ¿Cómo se llamaba?

—Mirella —dijo Santurtzi, de repente solemne—. Apreciaría mucho si no la mencionamos, ¿sí?

Doña Angelita abría el candado del portón mientras hablaba con Santurtzi.

—Ay, m’ijo, no sabes en lo que te has metido. Yo tú, salgo corriendo ya. Nada bueno te puede pasar junto a este… hombre.

—No lo asuste más, doña Angelita. No ha sido un día placentero.

—Debería estar asustado. Las cosas que le pasan usted…

—Ángela María Escobar Mendoza —dijo Santurtzi—. Calle. Todo se le revelará a Antonio en el momento preciso. No antes.

El tono de la voz de Santurtzi cambió abruptamente. Le recordaba a Antonio a su madre cuando estaba enojada y quería dejarle saber que lo que decía era en serio.

—Pasen, en lo que les hago el café —dijo doña Angelita, como si la hubiera regañado.

Los dos hombres entraron en la casa y se sentaron a la mesa del comedor. Era una mesa plegable con una superficie de vinilo. En el centro de la mesa había un queso blanco dentro de un frasco de cristal con una base de madera. Doña Angelita se esmeraba en la cocina, que compartía el cuarto con el comedor.

—Este café es especial: de Louisiana. Hecho con chícori —dijo doña Angelita.

—Si alguna vez te atreves a prepararme un café con eso, te despido, Guaynabo —murmuró Santurtzi.

—¿Qué es chícori? —preguntó Antonio, en voz baja.

—Madera. Los gringos no saben nada de café.

Doña Angelita les sirvió el café y sentó a la mesa con los dos hombres.

—¿Para qué quieren a Luisito? —preguntó la señora.

—Necesito hablar con él —respondió Santurtzi.

—¿Qué hizo ahora? Mire que he tratado de criar a ese muchacho, pero salió demasiado al padre…

—No le voy a mentir, doña Angelita. Luisito tiene amistades peligrosas. Da la casualidad que necesito hablar con una de esas amistades.

—¡Ay, Dios santo! No le vaya a hacer daño, Santurtzi. Ese muchacho salió virao, pero es lo único que queda de su madre.

—Haré lo posible, pero mucho depende de él mismo. No hace media hora que nos cayó a tiros frente a la barra de Cheo.

—¡Ay, Jesucristo! —doña Angelita estaba horrorizada por lo que acababa de escuchar.

—Mandó a Cheo al hospital, también.

—¿Está bien?

—No sé. Luego lo visitaré; cuando termine con el asunto este.

—¡Ay, Luisito! Cristo amado, ¿por qué salió así ese muchacho?

Santurtzi miró a Antonio y puso los ojos en blanco. Parecía poco dispuesto a comprender la angustia la vieja.

—¿Y qué pretende hacerle usted a Luisito? —dijo doña Angelita.

—Nada. Sólo necesito que me diga dónde está el Chango Blanco.

En eso, un auto negro se detuvo frente a la casa de doña Angelita y dejó una persona en la entrada. Antonio reconoció el pañuelo y las cadenas del hombre que les había disparado apenas media hora antes. El hombre entró en la casa y, tan pronto vio quién estaba con su abuela, desenfundó una pistola que guardaba en la cintura de su mahón.

—Tranquilo, Luisito —dijo Santurtzi. No mostraba ninguna preocupación por el arma de fuego apuntada a su cabeza—. Sólo vinimos a hablar.

—¡Luisito! ¡Saca esa… cosa de aquí! —gritó doña Angelita—. Estás en mi casa, por el amor a Dios.

—Vieja, estos hombres son peligrosos. ¿Qué hacen aquí? —preguntó Luisito.

—Tomando café y esperándote —contestó Santurtzi.

—Váyanse antes de que les pegue par de tiros. Tienen suerte que está la vieja aquí.

—Necesito hablar con el Chango y sé que sabes dónde está.

—No sé de qué hablas. ¡Salgan!

—Puedes apuntarme todo lo que quieras con eso, pero no nos vamos hasta que me contestes.

Luisito estaba desconcertado. Al no funcionarle su amenaza y no estar dispuesto a dispararles a los visitantes frente a su abuela, no tenía idea de cómo proceder.

—Vamos, Luisito. Sólo necesito hablar con el Chango. No entiendo por qué me tiene tanto miedo, si sabía que este día llegaría. Se lo dije desde el principio.

—No sé de qué hablas.

—Tengo problemas con eso, sí. Casi nadie sabe de lo que hablo. ¿Dónde está el Chango?

—Abuela, enciérrate en el cuarto.

—Luisito, esta es mi casa. Aquí no vas a comportante como un matón de la calle —dijo doña Angelita.

—Este Santurtzi nos va a causar más daño si sigue aquí. Si el Chango se entera de que está aquí, nos mata a todos aquí mismo. Enciérrate en el cuarto.

—Que no, te he dicho, muchacho del diablo. ¡Vete de aquí!

—Pero, abuela…

—¡Que te vayas!

Luisito pausó por un segundo. Luego, bajó su arma y salió de la casa. Tan pronto cerró la puerta, la vieja comenzó a llorar.

—Mira que traté, Dios mío. Mira que traté… —sollozaba doña Angelita.

—Cada cual escoge su rumbo, Angelita —dijo Santurtzi—. Uno hace lo mejor que puede, pero al final ellos escogen cómo vivir.

—Déjame en paz, Santurtzi. Nada bueno pasa alrededor tuyo.

—Curioso, eso —dijo Santurtzi y se levantó del asiento—. Ven, Guaynabo. A ver si Luisito está más dispuesto a ayudarnos.

—Pero, sigue armado, Santurtzi —contestó Antonio.

—Calla. Ven.

Ambos salieron a la calle, mientras doña Angelita se quedó llorando sobre su café.

Santurtzi se apresuró a caminar detrás de Luisito.

—¡Luisito! ¡Espera!

El muchacho se detuvo y se volteó para hacerle frente a Santurtzi, que también detuvo su marcha.

—Ya no estamos en la casa de la vieja —dijo Luisito desenfundando el arma nuevamente.

—No haría eso, Luisito. Viste que la ametralladora no te funcionó. ¿Qué te hace pensar que esa porquería tendrá más efecto?

—Fue suerte, nada más.

—Sabes que no. Has escuchado lo que dicen de mí por ahí, ¿no?

Luisito guardó la pistola en sus pantalones.

—No puedo decirte dónde está Chango —dijo Luisito—. Me mataría.

—Dile que quiero reunirme con él, entonces. Dile que puede escoger el lugar y todo.

—¿Y me dejarías en paz?

—Por supuesto. Fíjate que no he hecho nada en contra tuyo. Sólo he querido platicar.

—Bien. Se lo diré. Pero no te quiero volver a ver.

—Tienes mi palabra de honor.

—Bah.

Santurtzi agarró a Antonio por el brazo y le dijo que caminara con él. Iban en dirección contraria de Luisito. Viraron por una calle y Santurtzi se detuvo.

—Vamos a darle uno o dos minutos, para que se crea que no lo seguimos.

—¿No le prometiste que lo dejarías en paz?

—Dije que no me volvería a ver. Hasta la fecha, eso sigue siendo cierto. Ahora, calla —dijo Santurtzi y cerró los ojos, como si tratara de recordar algo. Tal vez, concentrarse en algún pensamiento, pensó Antonio.

—Vamos —dijo Santurtzi, al abrir los ojos de repente. Le hizo una señal con la mano a Antonio para que lo siguiera.

Pasaron frente a la casa de doña Angelita y luego en dirección hacia donde Luisito se había ido. Santurtzi caminaba como si supiera exactamente hacia donde iba, pero Antonio no veía rastro del muchacho. Caminaron dos cuadras hacia el norte, luego tres hacia el este hasta llegar a un edificio de oficinas de diez pisos. Sólo había una ventana alumbrada, en el sexto piso.

—Vamos a esperar aquí —dijo Santurtzi enseñándole a Antonio una esquina en el estacionamiento de un edificio contrario.

—¿Por qué hacemos todo esto? —preguntó Antonio—. Hemos arriesgado nuestras vidas y aún no sé cuál es la razón. ¿Quién rayos es el Chango Blanco?

—Es difícil de explicar…

—No voy a dar un paso más sin saber qué sucede —interrumpió Antonio.

—Bien, bien. ¿Has escuchado el reggaetón?

—¿Quién no? Ya no se puede encender el radio sin escucharlo.

—Pues, el Chango es como el dios de ese tipo de música.

—El Dios.

—Exacto.

—Estás loco. Me voy.

—Espera. Déjame explicar. Mira, cada movimiento musical tiene como un representante. En este caso, el Chango Blanco es el que representa el reggaetón.

—Jamás he escuchado de él. ¿Tiene algún disco? ¿Se inventó ese tipo de música?

—No, no. Movimientos así surgen sin control. Es como la mala hierba: cuando encuentra terreno fértil, nadie la puede parar. Sucede lo mismo con la música. Hay personas que están más receptivas a la música desde sus comienzos. La dirigen, se podría decir.

—¿Y eso los hace dioses?

—Más o menos. Digamos que les dan mucho poder para influenciar a los que escuchan la música. Sin embargo, llega un punto en todo movimiento en que saturan la conciencia de la comunidad. Como le ha sucedido al reggeatón. ¿Recuerdas que antes apenas se escuchaba? Era casi prohibido.

—Casi diez años atrás, sí.

—Exacto. Hoy día no duran mucho más de diez años. Le sucedió lo mismo al merengue, a la salsa, la trova, los tríos…

—Me quieres decir que cada tipo de música tiene un dios, como el supuesto Chango.

—Sí. Y hay uno para lo que vendrá luego. En este caso, el que va surgir ahora me ha contratado para dejarle saber al Chango que su tiempo se ha acabado. Es hora de que se salga del trono.

—¿Por qué no lo hace el que viene? ¿Para qué contratarte?

—Porque los dioses me escuchan. Saben que lo que yo les digo es cierto.

—El Chango este no parece querer escucharte.

—Sí. Lo ha tomado muy mal. El poder nubla la razón, supongo.

—¿Qué pasaría si no se lo notificas?

—Eventualmente, el sucesor triunfa. Nadie puede impedirlo. Pero podría ser más violenta la transición. ¿Recuerdas las peleas entre los cocolos y los rockeros en los setentas?

—Er, no.

—¿Qué les enseñan a ustedes en la escuela?

—Matemática, Español, Historia… nada de teorías musicales esotéricas.

—Por eso esta sociedad está así. Bueno, en los setenta, las fuerzas musicales del rock y de la salsa se enfrentaron. Causó una ruptura social. Había peleas entre los dos bandos. No fue hasta que me involucré que lograron legar a un acuerdo. Para ese tiempo, no pensaba que la magia dentro de la música fuera tan importante. Pero ese caso me ayudó a comprender ciertas cosas.

—¿Cómo qué?

—Que hay poder en la música. Mira, Luisito va a salir. Aprovechemos para colarnos en el edificio. Sígueme y no hables por nada del mundo.

—Pero…

—Calla.

Los dos hombres se acercaron al portal del edificio. Estaban justo frente a Luisito, quien salió sin notarlos. Santurtzi agarró la puerta antes de que cerrara y la mantuvo abierta para que Antonio entrara. Luisito se marchó sin tan siquiera mirar hacia atrás.

Solos en el vestíbulo del edificio, Antonio se atrevió a comentar:

—¿Cómo no nos vio?

—Dije que jamás me volvería a ver. Y así es.

—No me digas: ¿magia?

—Estás aprendiendo, Guaynabo.

Entraron en el ascensor y Santurtzi apretó el botón para el piso 6. Al abrir las puertas, se encontraron en un pasillo alumbrado con luces fluorescentes. Al final del pasillo había una puerta enorme de madera que le parecía sumamente lujosa a Antonio. Santurtzi tocó en la puerta. Segundos después un hombre alto y corpulento abrió.

—Soy Santurtzi. Te aconsejo que nos dejes entrar. Necesito hablar con el Chango.

—No quiere recibir a nadie. Váyanse —dijo el hombre. Parecía un bouncer de discoteca.

—Ya importa poco lo que quiera. Chango sabe muy bien que debe verme.

—No los voy a dejar entrar.

El guardaespaldas alzó su brazo para golpear a Santurtzi. Al tirar el puño se detuvo bruscamente a centímetros del rostro de Santurtzi, quien había alzado su mano derecha, como si señalara que parara. Santurtzi cerró el puño de repente y lo viró hacia arriba. El guardaespaldas dio una vuelta en el aire y cayó al suelo, inconsciente. Antonio permaneció boquiabierto al ver lo que había sucedido.

—¿Cómo…?

—No hagas preguntas tontas, Guaynabo. Ven.

Entraron en la oficina del Chango Blanco. Era inmensa, decorada con discos de oro. Había televisores gigantescos que proyectaban videos de diferentes cantantes de reggaetón durante diversos conciertos. Al fondo del cuarto estaba el escritorio de el Chango. Parecía la sala de un tribunal.

—¡Chango! Se acabó esto —dijo Santurtzi mientras caminaba hacia el escritorio que parecía estar vacío.

—¡Vete de aquí, Santurtzi! Todavía tengo poder. No me puedes sacar —dijo una voz adolescente que parecía emanar detrás del escritorio, sin dueño. Luego, un muchacho que parecía no tener más de catorce años caminó hasta el frente del escritorio. Tenía una camisa de un equipo de baloncesto profesional, cadenas de oro, unos mahones dos veces de su tamaño y tenis blancos.

—No tengo que sacarte, Chango. Tú sabes cómo funciona. Trata de conservar un poco de dignidad.

—El género se escucha dondequiera. Estamos en la cima. No se ha acabado.

—Bien sabes que esa misma popularidad es la que los mata. Madres, padres y hasta abuelos saben las canciones. Es un circo ya. Es parte de la cultura… se les perdió el corazón, el coraje.

—¡No!

—¡Basta, Miguel García! El trono se pasa a tu sucesor.

Antonio se mareó justo en el momento en que Santurtzi dijo la palabra basta. Cerró los ojos por un momento y se agarró el estómago. Sintió alivio segundos después. Al abrir los ojos se dio cuenta de que la oficina había cambiado: estaba completamente vacía. Los televisores, el escritorio y todas las decoraciones no estaban ya. Sólo permanecía Santurtzi, el Chango y él.

—¡No! —lloró el Chango. Cayó de rodillas al suelo.

—Pudiste haberte ido con un poco de dignidad —dijo Santurtzi—. Pero, no. Querías quedarte con todo. Ahora, te jodes. No habrá nada para ti: sólo las memorias de lo que fue el Chango Blanco. Ahora serás Miguel García, nada más. Para desgracia tuya, tendrás una larga vida.

De repente, Santurtzi miró a su lado izquierdo, como si hubiese visto a alguien.

—¿Cheo? —dijo Santurtzi. Aún miraba hacia su lado izquierdo—. Ah, mierda… ¿Estás seguro?… Bueno, podrás ver ahora, pero no tienes ninguno de tus otros sentidos… Es como tú quieras, Cheo. Te podrás ir cuando gustes.

—¿Con quién hablas? —preguntaron al unísono Antonio y Miguel.

—Con Cheo. Murió unos minutos atrás. Dice que te hará compañía por un tiempo, Miguel. Si te queda algo de sentido común, aprenderás a escucharlo.

—¿Quién es Cheo? —preguntó Miguel.

—El de la barra de la esquina. Tu matón, Luisito, lo mató cuando me disparó.

—¿Y cómo me hará compañía, entonces?

—Su espíritu. Lo podrás ver pronto; aún no se ha acostumbrado a su nuevo estado. Dice que le gusta poder ver: era algo que nunca pudo hacer en vida. Buen hombre, Cheo. Yo te haría la vida imposible, si me hicieras lo mismo.

—¿Lo podré v…? Ah, sí. El viejo de la barra. Mire, no fue mi intención… Sí, pero es que en realidad no soy… Bueno. Vayamos a ver un amanecer, entonces. Te gustará.

Miguel salió de su antigua oficina. Aún hablaba con alguien que Antonio no podía ver.

—¿Murió el viejo de la barra? —preguntó Antonio.

—¿No prestabas atención, Guaynabo?

—Sí, pero es que…

—No entiendes —completó Santurtzi—, ya sé. Ya te acostumbrarás. Tal vez aprenderás a ver ese tipo de cosa con el tiempo. Vámonos de aquí. Ya es hora de dormir.

—Son las seis de la mañana.

—Por eso. ¿Cómo llegarás a tu casa, Guaynabo?

—Er, no sé. No tengo más que dos centavos…

—¿De veras? Verifica bien tus bolsillos.

Antonio vaciló antes de meter la mano en el bolsillo. Sacó un rollo de billetes y los contó.

—¡Doscientos dólares! Pero ¿cómo…? —vio la sonrisa de Santurtzi y calló—. Ya sé: magia.

—Tienes madera para esto, Guaynabo. Toma un taxi a tu casa. Haz una compra para que no te mueras de hambre en el fin de semana. ¿Puedes llegar temprano al apartamento el lunes? Como a la una.

—¿De la mañana?

—No, tonto. Después del mediodía. Nada bueno pasa antes.

—Es que dijiste temprano…

—Trabajo con otro itinerario, Guaynabo. Toma la llave. Lo primero que debes hacer al llegar es preparar café.

Santurtzi caminaba hacia su apartamento mientras Antonio esperaba un taxi. El sol se asomaba en el horizonte. Se podía escuchar el cantar de los gallos y se podía oler la brisa del mar.

—Oye, Santurtzi —dijo Antonio. Santurtzi se volteó hacia él.

—¿Sí?

—¿Cuál será el movimiento musical nuevo?

—No lo vas a creer. Bachata. Hay cosas que ni yo puedo explicar —dijo con una sonrisa y siguió su camino.

Antonio paró un taxi que pasaba y se montó en el auto. Camino hacia Guaynabo, miró la llave que aún tenía en la mano.

—Mejor que trabajar en una oficina, supongo —murmuró sonriendo.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.8/10 (9 votes cast)
Share

Cuento: Matemático

Matemático

Por José Borges © 2009

Lo único que hacía era pasar papeles de una oficina a otra. A veces, era una requisición; otras, un informe sobre esa misma burocracia de papeles. Calculó que dedicaba ochenta y tres días al año, veintitrés por ciento de su vida, a producir… ¡nada! O más bien, producía desperdicios; todo ese papel terminaba en el basurero. Otro treinta y tres por ciento lo dedicaba a dormir. Viajar desde su casa hasta el empleo le robaba un cinco por ciento más. Calculó que pasaba más de la mitad de su vida infeliz.

Tomó un reporte de su escritorio, lo volteó y comenzó a trazar números. Llegó a la conclusión de que sería necesario prescindir de algunos lujos para aumentar su porcentaje de tiempo feliz. A partir de ese día, dedicó tiempo a planificar su felicidad; Ya era hora de dejar de barajar papeles en la oficina, pensó. Al principio, lo hacía en los últimos quince minutos de la jornada; luego, aumentó a media hora. Nadie notó lo que hacía, así que optó por tomar también la primera hora del día para planificar.

Cuando no estaba recluido en la oficina, hacía los arreglos para poner su plan en marcha. Primero vendió el automóvil y aprendió a utilizar la transportación pública. Luego, vendió los enseres de su casa; después, los muebles. Cuando al fin salió de la casa, el comprador pensó que jamás la había habitado.

Se instruyó en los métodos de supervivencia. Aprendió a cazar, cultivar, buscar agua y cómo dormir en lugares remotos. Por fin encontró un lugar idóneo para residir. Era un campo abandonado, lejos de la ciudad. Había ratas, ardillas y una que otra gallina; todos cerca de una charca que, de seguro, los vecinos rurales habían olvidado. Ese mismo día, abandonó su empleo.

Nadie más volvió a verlo. Se olvidó del mundo y la sociedad le devolvió el favor. Ahora dedicaba sesenta por ciento de su tiempo a su felicidad. Satisfecho con la cifra decidió que era hora de dejar de calcular.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.





VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (2 votes cast)
Share