Cuento (mini): Cómo Nav’yal escogió experimentar con sus torturas

Cómo Nav’yal escogió experimentar con sus torturas

José Borges © 2010

Cada uno escogió su nombre, sus poderes e historia. Nadie sabía qué podría escoger Nav’yal, maestro de tortura del antiguo reinado estelar. Era una leyenda, temido por todos, hasta por Reiss’yul, líder de los Matni. Nav’yal inventaba y llevaba a cabo torturas que desafiaban la definición de las palabras “crueldad”, “sufrimiento” y “dolor”. Necesitaba una palabra para definir los tres conceptos juntos y un nombre por el que lo llamaran.

De pronto, agarró un arco y flechas y dijo:

—Lo tengo: “Cupido”.

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Cuento: Matemático

Matemático

Por José Borges © 2009

Lo único que hacía era pasar papeles de una oficina a otra. A veces, era una requisición; otras, un informe sobre esa misma burocracia de papeles. Calculó que dedicaba ochenta y tres días al año, veintitrés por ciento de su vida, a producir… ¡nada! O más bien, producía desperdicios; todo ese papel terminaba en el basurero. Otro treinta y tres por ciento lo dedicaba a dormir. Viajar desde su casa hasta el empleo le robaba un cinco por ciento más. Calculó que pasaba más de la mitad de su vida infeliz.

Tomó un reporte de su escritorio, lo volteó y comenzó a trazar números. Llegó a la conclusión de que sería necesario prescindir de algunos lujos para aumentar su porcentaje de tiempo feliz. A partir de ese día, dedicó tiempo a planificar su felicidad; Ya era hora de dejar de barajar papeles en la oficina, pensó. Al principio, lo hacía en los últimos quince minutos de la jornada; luego, aumentó a media hora. Nadie notó lo que hacía, así que optó por tomar también la primera hora del día para planificar.

Cuando no estaba recluido en la oficina, hacía los arreglos para poner su plan en marcha. Primero vendió el automóvil y aprendió a utilizar la transportación pública. Luego, vendió los enseres de su casa; después, los muebles. Cuando al fin salió de la casa, el comprador pensó que jamás la había habitado.

Se instruyó en los métodos de supervivencia. Aprendió a cazar, cultivar, buscar agua y cómo dormir en lugares remotos. Por fin encontró un lugar idóneo para residir. Era un campo abandonado, lejos de la ciudad. Había ratas, ardillas y una que otra gallina; todos cerca de una charca que, de seguro, los vecinos rurales habían olvidado. Ese mismo día, abandonó su empleo.

Nadie más volvió a verlo. Se olvidó del mundo y la sociedad le devolvió el favor. Ahora dedicaba sesenta por ciento de su tiempo a su felicidad. Satisfecho con la cifra decidió que era hora de dejar de calcular.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.





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