La mejor parte del día

$1,000 en multas y recargos, $31 en sellos, $25 en médico y fotos, $.50 en copias y 6 horas después, al fin logré renovar mi licencia de conducir.  Aunque no tengo automóvil, la licencia de conducir es necesaria en un lugar como Puerto Rico, donde el concepto de una acera es un poco de concreto que puede medir 6 pulgadas. Quisiera que eso último fuera exageración, pero no es así. Basta con un paseo por el Condado para comprobarlo.

La colecturía de Hacienda tiene un escritorio que mide más de cincuenta pies de largo. Ahí trabajan cuatro personas en total; menos, cuando uno de ellos almuerza. Una de esas personas no hace nada más excepto trabajar con todo lo relacionado a la Lotería. Si no hay nadie con un asunto de la Lotería, se dedica a hablar con un Policía y otros empleados del Centro Gubernamental de Minillas.

Debo admitir que los funcionarios fueron muy pacientes y respetuosos conmigo. Comprendo que es un trabajo difícil, que requiere atención al detalle, conocimiento de no sé cuántos reglamentos y el trato con personas que no están preparadas para escuchar algunas malas noticias. Además, el equipo que utilizan es obsoleto. Hay teléfonos en el mercado que tienen más poder de computación que las antigüedades que utilizan en Hacienda.

Cuando salí de la colecturía, había más de 25 personas en fila.

Una vez pagué las multas, tuve que ir a una oficina del Departamento de Transportación y Obras Públicas (DTOP) para enseñarles el recibo de pago y para que borren las multas de mi archivo. Era el primero en fila y aún así me tardé veinte minutos. La funcionaria fue muy amable.

Mi búsqueda épica me llevó al Centro de Servicios al Conductor (CESCO) en Río Piedras para someter mi información y me dieran mi licencia nueva. Todo iba bien hasta las 3:45 p.m., cuando el sistema decidió morir. Ya me habían llamado para recibir la tarjeta, pero nunca salió de la impresora. Como si no existiera, las empleadas comenzaron a hablar en secreto y apuntar a la oficina del director, mientras yo permanecía parado en espera de la licencia. A las 4:00 p.m. recogieron sus cosas y se fueron dejando todo en manos del Director. Y por todo, me refiero a que él tuvo que procesar a los ciudadanos que habían llegado justo antes de cerrar, tomarles las fotos y luego expedir tarjetas. Solo. El guardia de seguridad se quedó con él.

El sistema funcionó otra vez y, al fin, luego de 6 horas, obtuve mi licencia renovada.

Salí horrendo en la foto, por cierto.

Antes de todo este asunto de renovación, fui a una cita con el podiatra. Allí me inyectó un anti inflamatorio en el talón del pie. La aguja medía 3 pulgadas (nuevamente, no exagero). Esa fue la mejor parte del día.

Y ahora, trataré de escribir.

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