Reseña: El crimen en el cementerio

Esta reseña se publicó originalmente en la sección Tinta fresca del periódico El Nuevo Día el domingo, 31 de marzo de 2013.

Una ficción histórica

Por José Borges

Uno de los placeres de leer ficción basada en hechos reales es descifrar qué es verdad y qué se inventó el autor. El crimen del cementerio: memorias rescatadas del olvido, del puertorriqueño y profesor de Historia, José Curet, no carece de esta diversión.

El crimen en el cementerioLa trama se remonta a un famoso asesinato de 1950 en Santurce: la muerte de Iris Nereida Hernández Matos a manos de su esposo, Ramón Antonio Fournier. El protagonista, Benixavier Martel, participa en un taller de historia oral y, por casualidad, un periodista anciano le cuenta la historia del asesinato. Benixavier investiga el caso más a fondo por medio de entrevistas en locales santurcinos y hurga en los archivos del viejo periodista. Eventualmente, se involucra en una aventura que retará su matrimonio, su sanidad mental y hasta su vida.

La narración se lleva a cabo mediante entradas de blogs, transcripciones de grabaciones y artículos periodísticos. José Curet logra recrear con éxito el ambiente y la comunidad de Santurce. Los lugares que menciona les serán familiares a los que conozcan el sector de la capital y los que no podrán imaginarse cómo es sin dificultades. La historia puede clasificarse dentro del género noir con cierto aspecto humorístico, pero sin entrar en la farsa. A pesar de que el misterio titular capta la atención del lector, su resolución no resulta del todo clara y se presta para demasiada interpretación para este tipo de narración.

Otro asunto que puede tropezar la lectura son algunos errores de concordancia, letras omitidas y sustituciones de palabras por otras similares pero de significados distintos que se quedaron en la edición y que pudieron haberse corregido en una mejor revisión editorial. A pesar de esto, El crimen del cementerio: memorias rescatadas del olvido alberga una fiel recreación histórica y contemporánea de Santurce que ha de agradar a los lectores interesados y sembrará dudas acerca de la realidad histórica.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.4/10 (5 votes cast)
Share

El desahucio – un cuento de Santurtzi (fragmento)

El desahucio

2010 © José Borges

El café que preparaba Antonio estaba listo; se olía por todo el apartamento, pero Santurtzi no parecía darse cuenta. Estaba sentado a la mesa del pequeño comedor y miraba al vacío. Antonio estaba seguro de que tampoco se había dado cuenta de su presencia. En sus primeros días de trabajo, le había asustado el estado de su patrono, pero ya estaba acostumbrado. La rutina era idéntica todos los días: Antonio llegaba cerca de la una de la tarde y comenzaba a preparar café. Al poco rato, Santurtzi salía de su habitación sólo con sus pantalones puestos y se sentaba en silencio a la mesa del comedor.

No era hasta que Antonio le colocaba la taza de café al frente que Santurtzi emitía alguna palabra.

―¿Café? ―dijo Santurtzi, con una voz débil y casi inaudible.

―Sí, jefe: café ―respondió Antonio.

―¿Jefe?

Antonio ignoraba lo que le decía su patrono hasta que tomara el primer sorbo de la bebida.

―Vamos, toma ―dijo Antonio.

―¿Toma? ―dijo Santurtzi, mientras acercaba la taza a los labios. Antonio suponía que lo hacía por instinto, sin comprender sus acciones.

Tan pronto tomó el primer sorbo, Santurtzi cambió por completo. Se levantó de la silla de repente y dijo en voz alta y de manera confiada:

―¡Ah! ¡Un día nuevo! A ver qué nos depara. Guaynabo, ¿pagaste las cuentas? ¿Recogiste la correspondencia? ¿Harás más café?

―Sí, sí y supongo que sí.

―Bien. Bien. Bien ―dijo Santurtzi. Comenzó a buscar algo en el cuarto, aún con la taza en la mano.

―Llegó una carta…

―Pues, ya sabes pagar la cuenta ―interrumpió Santurtzi―. Debe de haber una por aquí ―murmuró mientras continuaba su búsqueda―.

―No es una factura. Está escrita a puño y letra, dirigida a Mateo de Cangrejos. No tiene dirección.

―Ésta no huele mal ―murmuró Santurtzi mientras acercaba la nariz a una camisa que encontró en una silla llena de ropa, libros y periódicos―. Mateo, ¿eh? Pocos me conocen por ese nombre hoy día. A ver…

Antonio le entregó la carta.

―Ah, claro ―continuó Santurtzi―. Doña Edora… Debe de tener casi cien años ya.

Santurtzi dobló la carta y la colocó con mucho cuidado en la mesa.

―Tenemos que ir a casa de doña Edora, Guaynabo. Ayúdame a encontrar mis zapatos. Preferiblemente, que sean del mismo par.

Como siempre hacía al salir del apartamento, Santurtzi hizo un gesto con la mano derecha en dirección a la puerta, que nunca cerraba con candado. Antonio ya estaba acostumbrado a la protección que su patrono decía “crearle” a su hogar, aunque dudaba de cuán eficaz era. La verdad era que en las semanas que llevaba trabajando con él, nadie había entrado en la casa sin autorización del dueño.

―¿A dónde vamos? ―preguntó Antonio.

―Ya te dije: a la casa de doña Edora. No perdamos tiempo con preguntas tontas, Guaynabo.

―Me refería a cuán lejos es.

―Tres cuadras. ¿Por qué preguntas?

―Es que ―Antonio pausó un momento―. Es que siempre caminamos a todos los lugares, por más lejos que estén. Y con el calor que hace, siempre termino empapado de sudor.

―Esta generación está perdida ―dijo Santurtzi mirando al cielo. Luego se dirigió a Antonio nuevamente―. Presumo que preferirías ir en automóvil, ¿no? Cangrejos está… bueno, estaba… construido para caminar. Hay que experimentar la ciudad. Desde un auto, no se puede.

―Podríamos utilizar un autobús de vez en cuando…

―Bah. Deja de quejarte ya. El café de doña Edora será tu recompensa.

―Ah. Qué bien. Siempre quise derretirme de calor. Un café de seguro lo logrará después de esta caminata.

Les tomó quince minutos completar el trayecto. Tal y como Antonio había predicho, su camisa estaba bañada en sudor y se le pegaba a la espalda. Aún le faltaban los últimos veinte metros, los más empinados del trayecto. Se sintió sin aliento al llegar.

Era una casa blanca de concreto, pequeña con un balcón minúsculo, donde solamente cabía una silla. En cada ventana y en el balcón había rejas negras para evitar la entrada de algún intruso. Al lado de la propiedad se construía un edificio de al menos veinte pisos. Antonio se preguntaba cómo la señora podía permanecer dentro de su hogar con tanto ruido cerca. Además, el polvo que emanaba del local se regaba por todo el vecindario. Santurtzi se sacudía la guayabera blanca que tenía puesta. Se notaba disgustado.

―Maldito “progreso” ―dijo―. Todo para vender un espacio en el cielo, sin terreno. Es vergonzoso. ¿Qué te pasa?

―No acostumbro caminar tanto bajo el sol. Además, esta calle es muy empinada ―dijo Antonio, inclinado hacia el frente con las manos en las rodillas.

―Tu generación es demasiado cómoda, Guaynabo. Te apuesto a que doña Edora sube y baja esta cuesta varias veces durante el día y jamás se queja ―respondió Santurtzi. Luego, gritó hacia la puerta de la casa―: ¡Doña Edora, espero que haya preparado café para su visita!

―¿Mateo? ―se escuchó la voz de una anciana dentro de la casa. Momentos después, había abierto la puerta y se asomaba al balcón. Era una anciana con la espalda encorvada y de tez negra. Las arrugas en su rostro se escondían detrás de sus ojos verdes, los cuales le parecían a Antonio como los de una mujer joven―. ¿Te mataría visitar a una pobre anciana de vez en cuando?

―He estado muy ocupado, Edora ―respondió Santurtzi mientras la anciana abría el portón del balcón y luego el de la entrada desde la calle.

―¿Por cinco años? Pensaría que podías sacar al menos una tarde en todo ese tiempo. Ven y dame un abrazo.

Santurtzi abrazó a Edora y la besó en la frente.

―¿Y este muchacho? ―preguntó Edora apuntando a Antonio.

―Mi nuevo asistente.

―¿Tiene nombre?

―Sí, señora: Antonio. Un placer ―dijo Antonio.

―Ay, es mucho más educado que la ninfita aquella. ¿Cómo se llamaba?

―Mejor no hablemos de ella ―dijo Santurtzi.

―Qué decepción, ¿no?

―Edora…

―Está bien, está bien. No la mencionaré más. Pasen, por favor. Creo que me queda suficiente café. Con este calor, no he podido salir a comprar en los últimos días.

―Sube y baja varias veces, ¿eh? ―murmuró Antonio mientras entraban en la casa.

―Es ochenta años más vieja que tú, Guaynabo.

―Seré vieja ―interrumpió Edora―, pero aún escucho muy bien. Mira a ver si no quieres un bastonazo para que veas qué otras facultades me quedan.

Fin de fragmento

Te quedan 8 páginas por leer. El resto del cuento vale menos que una botella de agua en la mayoría de los lugares del mundo.
Para comprar la versión PDF, que puedes leer con Acrobat Reader,  de “El desahucio” por 99 centavos haga clic en el botón que lee “Add to cart”:

Add to Cart

Si prefieres terminar el cuento en tu iPhone, Kindle, Blackberry o teléfono Andriod, pulse aquí:

A pesar de que es un segundo cuento con el personaje de Santurtzi, el mago de Santurce, es una historia independiente del primero.

Espero que lo disfruten.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.8/10 (5 votes cast)
Share

Cuento: El desahucio – un cuento de Santurtzi

Esto es un experimento. Quiero ver cuán dispuesto está el público lector a comprar un cuento a un precio módico. La cifra de 99 centavos es comparable a una canción por iTunes o un sevicio semejante. Vale menos que una botella de agua en la mayoría de los lugares del mundo.
Para comprar la versión PDF de “El desahucio” por 99 centavos haga clic en el botón que lee “Add to cart”: Add to Cart

La versión para Kindle de Amazon se puede comprar aquí (el enlace los llevará a una página de Amazon).

Pronto habrá una versión digital para Kindle (espero por el visto bueno de Amazon). Añadiré más formatos para uso en otros lectores digitales según aprenda a trabajar con ellos.

A pesar de que es un segundo cuento con el personaje de Santurtzi, el mago de Santurce, es una historia independiente del primero.

Espero que lo disfruten.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 8.7/10 (7 votes cast)
Share

Cuento: Santurtzi

Santurtzi

José Borges © 2009

Ya estaba cansado de caminar por toda la ciudad en busca de empleo. Había comenzado con los bufetes de contables más grandes, luego con otros menos conocidos y, finalmente, con cualquier negocio que tal vez pudiera necesitar un contable. Sin embargo, ninguno le brindaba esperanza. Eran cerca de las cuatro de la tarde y todas las oficinas de San Juan estaban a punto de cerrar. Aun si encontraba otro lugar donde llenar una solicitud, nadie lo entrevistaría: los empleados estaban locos por irse a sus hogares.

La tarde estaba caliente y sentía cómo el sudor le pegaba la camisa a su espalda, debajo del chaleco gris “neutral” que lucía. Le dolían los pies y no sabía cómo caminaría las tres millas hasta Guaynabo, donde estaba su hogar. Después de un mes sin empleo, no le quedaba más que dos centavos en su bolsillo: había utilizado los últimos setenta y cinco en el autobús a la capital. Pensaba en lo ridículo que era la sociedad en escoger usar un traje para trabajar en una isla tropical. De momento, vio el letrero.

Colgaba de medio lado y leía: “Se busca asistente. Más información en el apt. B”. Examinó el edificio. Era una casa. Pensó que la habrían convertido en un pequeño complejo de oficinas. No tenía una fachada profesional. Notó que el apartamento B estaba en el segundo piso. Faltaban diez minutos para las cinco; de seguro no le agradaría al posible patrono que lo molestaran a esta hora, pensó. Sin embargo, estaba desesperado. El cheque de desempleo no llegaría hasta el lunes (era una miseria, pero mejor que lo que le quedaba en el bolsillo). Cualquier trabajo pagaría mejor. Subió las escaleras sin darse cuenta de lo que hacía. Vaciló antes de tocar a la puerta. No había nada que indicara que fuese una oficina. Pensó que cometía un error. Luego recordó los dos centavos en el bolsillo.

Tocó a la puerta.

No hubo respuesta. Tocó otra vez: nada.

Comenzó a bajar las escaleras, cuando escuchó una voz desde el interior del edificio:

—¡Voy! —gritó una voz ronca. Ahora estaba seguro de que había cometido un error. Aparentemente, había despertado al habitante de lo que tenía que ser un apartamento, no una oficina. Quiso huir, pero la puerta se abrió.

Un hombre apareció en el portal. Estaba descalzo y sin camisa; sólo tenía puesto unos mahones. Era alto, delgado, de cabello largo y despeinado.

—¿Qué es? —dijo el hombre.

—Perdone. Es que vi el letrero y…

—¿Vienes por el trabajo?

—Eh, sí. Pensé que era aquí, pero me equivoqué, al parecer. Perdone…

—¡Ah! ¡Bien! Entra, entra —dijo mientras regresaba al apartamento.

No supo si debería seguirlo. Si quería escaparse de la situación, este era el momento ideal para hacerlo. El hombre no era nada profesional y, sin duda, no tenía una oficina ahí. Sin embargo, la curiosidad se apoderó, y entró.

Como sospechó, era la residencia del hombre extraño. Consistía en una habitación, una sala de estar que servía también de cocina, y un baño, donde, a juzgar por el sonido de un chorro en el inodoro, estaba el residente, quien no se había molestado en cerrar la puerta. Había libros y papeles en la mesa, en los asientos, encima de la nevera y al lado del fregadero; en cualquier superficie que los aguantara. Casi formaban un camino a los diferentes destinos del apartamento. La iluminación de la residencia era provista por la poca luz que entraba por la única ventana y una que otra vela esparcida en el lugar.

—Perdona —dijo el hombre al salir del baño—, pero no podía aguantar más. Sabes cómo es cuando te despiertas. Por cierto, ¡buen día! Mi nombre es Mateo. Mateo Santurtzi.

—Buenas tardes, señor Santurtzi. Mi nombre es Antonio Morales y vengo por el trabajo. Llevo un mes desemple…

—Tarde, día, noche… todo es relativo, Andrés. ¿Sabes hacer café?

—interrumpió Santurtzi.

—Antonio, señor. He hecho café antes, sí. Pero, no sé a…

—¡Bien! Bien, bien, bien, bien —repitió Santurtzi. Hablaba rápido, como si pensara en voz alta—. Tienes el trabajo. ¿Alguna pregunta?

Antonio tenía muchas preguntas. Quería saber cuánto pagaba, qué haría, cuál era el horario… sólo logró hacer una:

—¿Cuándo puedo empezar?

—Ahora mismo, por supuesto.

—Pero…

—Necesito a alguien que me ayude con eso —dijo apuntando hacia fuera.

—¿Eso?

—Sí. El mundo “real” —añadió comillas imaginarias con sus dedos al decir real—. No puedo con él. Me aburre estar como ustedes: pagando cuentas, haciendo filas, levantándose temprano. No es para mí.

—No sé qué quiere que haga, señor.

—Regla número uno: no me llames señor. Usa Mateo o Santurtzi. O , si no puedes con más de dos sílabas (no me mires así: he tenido asistentes que no pueden con una).

—Perdone, señ… Santurtzi. Pero aún no sé cuáles serán mis funciones.

—Puedes comenzar por hacer café en lo que me visto. Tengo una máquina de espresso, pero los hijos de puta de la Autoridad Enérgica me quitaron mi derecho a electricidad. La estufa es de gas, así que lo puedes colar con la cafetera italiana —ordenó.

—¿Enérgica? ¿Quieres decir eléctrica?

—Exacto —dijo y se retiró a la habitación. Murmuraba algo que Antonio no pudo escuchar.

Había algo en el carácter de Santurtzi que lo forzaba a hacer lo que ordenaba. De tratarse de otra persona, Antonio se hubiera ido mucho antes. Pero el hombre raro era carismático, así que se acercó a la cocina para hacer café. Además, a él mismo le hacía falta una taza. Recordó que había acabado el café en su casa esa misma mañana. Con cada minuto que pasaba, se daba más cuenta de lo mucho que le hacía falta un trabajo. Cualquier trabajo: hasta éste.

La cocina, como el resto del apartamento, era un desastre. Había tazas sucias por toda la barra de la cocina, dentro del fregadero y en algunas de las tablillas. Algunas estaban medio llenas, con un hongo blanco en la superficie. Antonio fregó dos que parecían ser las menos sucias, luego fregó la cafetera. Abrió la lata de café y la meneó antes de añadir la harina, por si algún insecto se escondía dentro. Justo terminaba de colar la bebida, cuando reapareció Santurtzi. Tenía el cabello mojado y lucía una guayabera blanca con mahones.

—¿El café?

—Ya. No sé si esté bueno. No estoy acostumbrado a…

—A ver —Santurtzi tomó un sorbo—. No está mal. Tienes el trabajo.

—Pensé que ya lo tenía.

—Esa fue tu entrevista.

—¿Colar café?

—Sí.

—¿Y cuánto paga ser su colador de café oficial?

—Eres mi asistente. Lo del café es la parte más importante. No es el mejor café que he tomado, pero he probado peor.

—No me ha contestado.

—Varía, Arturo…

—Antonio.

—Como sea… ¿Dónde vives?

—Guaynabo. En el barrio…

—Perfecto. Te llamaré Guaynabo, entonces —interrumpió Santurtzi—. Menos confuso. Como te decía, necesito a alguien que trabaje con el mundo “real”. Te encargarás de pagar mis cuentas (te daré el dinero, por supuesto), hacer gestiones mundanas por mí, hablar con clientes, enemigos, cobradores, etc. Eso.

—¿Cuánto paga?

—Suficiente, Guaynabo. Además, ¿tienes algo mejor que hacer?

Antonio permaneció callado, como si pensara si en realidad tuviera algo para hacer.

—Bien. Vamos a ver a alguien —dijo Santurtzi.

—¿A quién?

—Ya verás. Todo a su tiempo, Guaynabo.

Salieron del apartamento y Santurtzi hizo varios gestos con las manos frente a la puerta. Antonio lo miró intrigado.

—Protección —fue la única explicación que le dio Santurtzi mientras caminaba por la acera hacia el norte. Antonio encogió los hombros y lo siguió.

Caminaron varias cuadras del sector de Santurce. Antonio no sabía dónde estaba: no había pasado mucho tiempo en esa parte de la ciudad. Después de veinte minutos caminando, llegaron a un negocio que hacía esquina. Era un lugar oscuro, atendido por un viejo que parecía ciego. De alguna manera, podía servirles tragos a los pocos clientes en el lugar.

Antonio vaciló antes de seguir a Santurtzi a la barra. Todo el mundo detuvo lo que hacía para observar a Antonio. Sin embargo, Santurtzi había entrado desapercibido. Antonio sintió que estaba en un lugar donde no era bienvenido.

—¿Qué esperas? Entra —dijo Santurtzi al darse cuenta de que Antonio estaba parado en la entrada.

Los ojos de todos en la barra cayeron de repente en Santurtzi, como si solo ahora lo habían notado en el lugar. Igual de rápido, todos disimularon sus miradas para evitar que Santurtzi se fijara en ellos. Antonio por fin se acercó a la barra.

—¿Asistente nuevo? —preguntó el viejo. Miraba a un punto encima de Santurtzi.

—Algún día me dirás cómo es que sabes cuando entro con uno nuevo —dijo Santurtzi.

—Todos huelen igual. Te lo he dicho antes.

—Sí, pero no te creo.

—Como gustes. ¿Qué le sirvo?

—Toma algo, Antonio. Te hará falta luego.

—¿Qué vinos tienes? —preguntó Antonio.

—¿Vinos? —preguntó el viejo y comenzó a reír—. Tengo cerveza, güisqui y ron.

—¿Qué cervezas tienes?

—Sólo Metro.

—Pues, una de esas.

El cantinero, sin apartar su mirada vacía del rostro de Antonio, buscó la cerveza en el refrigerador debajo de la barra y se la entregó. Antonio estaba convencido de que el viejo era ciego. Sentía cómo la bebida le refrescaba el cuerpo entero después de lo que había sido un día largísimo. Al parecer, no acabaría pronto.

—¿Qué te trae por aquí, Santurtzi? —preguntó el viejo. Ahora miraba hacia donde estaba el nuevo patrono de Antonio.

—¿No puedo venir a tomarme un trago en paz? —dijo Santurtzi.

—Vamos. Todo el mundo sabe que lo único que tomas es café y todo el mundo sabe que la cafetera más cercana está en la casa de doña Inés, en la otra esquina.

Santurtzi soltó una carcajada que parecía inquietar al resto de los clientes de la barra.

—Busco al Chango Blanco.

Uno por uno, todas las personas en la barra salieron del local al escuchar lo que había dicho Santurtzi, quien observaba el desfile silencioso.

—Tal vez deba cambiar de desodorante —comentó Santurtzi.

—Creo que sería mejor no buscar pleitos con gente como el Chango

—respondió el viejo.

—Cheo, bien sabes que nunca busco pleitos…

—Pues, tienen una manera asombrosa de encontrarte —interrumpió el viejo.

—Nada más necesito aclararle unas cosas. ¿Sabes dónde está?

—No. Si lo veo, le diré que lo buscas.

—Debiste ser comediante, Cheo.

—Las luces me molestan.

—Bien. Vamos, Guaynabo. Termina la cerveza.

Antonio terminó de un sorbo lo que le quedaba de cerveza y siguió a Santurtzi. Había oscurecido por completo, aunque la noche aún estaba calurosa. No le habría molestado tomarse otra cerveza en la barra.

—¿No tienes que pagarle la cerveza al señor?

—Me lo sumará a mi cuenta. Cheo confía en mí.

—¿Adónde vamos? Cheo no sabía dónde estaba, ¿Chango?

—No importaba si supiera o no. Uno de los caballeros que salieron al mencionar su nombre sabrá.

—¿Cuál?

—No importa. Haces muchas preguntas, ¿sabes? No hay nada malo con eso, pero debes aprender a callar y observar un poco más.

—Me parece que el señor Blanco es un poco peligroso, según lo que he observado.

—Para algunos, sí —dijo Santurtzi. En eso, miró hacia el fondo de la calle y Antonio miró también, para ver qué era lo que le había atraído la atención de su patrono. Logró ver las luces de un automóvil que se acercaba—. ¡Ah! Aquí están.

El auto se detuvo justo al lado de Antonio y Santurtzi. Era un automóvil color negro con los cristales ahumados. El cristal del lado del pasajero, que estaba al lado de los dos peatones, bajó lentamente. Un hombre con gafas oscuras, con un pañuelo atado a la cabeza y varias cadenas de oro alrededor del cuello los llamó.

—¿Ustedes son los que buscan al Chango? —dijo el hombre, sentado en el auto.

—Soy Santurtzi y, sí, busco al Chango Blanco.

—Quería estar seguro —dijo y apuntó una ametralladora hacia Antonio y su patrono.

Antonio se preguntaría por el resto de su vida qué exactamente había pasado. Cada vez que contara esa anécdota, se le haría imposible dar detalle alguno y mucho menos una explicación lógica. Lo que siempre recordaría era el sonido del arma de fuego al disparar y pensar que debía tirarse al suelo para evitar las balas. Nunca logró actuar sobre sus pensamientos. Era como si no pudiera creer que le sucedía. Escuchó una serie de estallidos, seguidos del sonido de maquinaria encajar y desencajar. Luego, gritos y órdenes y el chillido de las gomas del auto negro al arrancar y desaparecerse entre el tráfico de la ciudad.

Todo pasó sin él haberse movido un centímetro. Luego, miró su cuerpo esperando ver sus heridas. Recordaría pensar cuánto tomaría en desplomarse en la acera. Escuchó la voz de Santurtzi, pero a lo lejos: no había entendido qué le había dicho.

—Despierta, Guaynabo. No te ha pasado nada —dijo Santurtzi.

—Pe-pero el auto. ¡Los tiros!

—No vas a dejar que esos cacos te asusten, ¿verdad? Todo está bien: mírate.

—¡Es que nos dispararon!

—Sí, me di cuenta. Confieso que no era la respuesta que esperaba del Chango. Uno pensaría que habría más respeto que eso. Es lo que pasa cuando pierden control, supongo.

—¿Estamos vivos?

—Obvio, Guaynabo. Obvio. Nunca he visto a un muerto tan cagado como tú. Mira, entremos a la barra para que te des otra cerveza. Tal vez te recompongas. Ven.

Nuevamente, siguió a Santurtzi a la barra.

—¡Cheo! Dale otra cerveza a mi asis… Ah, no…

El viejo estaba recostado sobre la barra. Tenía una mancha de sangre en el costado izquierdo que se había extendido hasta las neveras de la cerveza y el trapo que el viejo utilizaba para limpiar las superficies. Santurtzi se le acercó y colocó dos dedos sobre el cuello del cantinero.

—Está vivo. Guaynabo, llama una ambulancia.

—No tengo teléfono…

—Usa el de la barra, huevón. A Cheo no le va a importar. Si no te apuras, no le importará nada, en realidad.

Antonio brincó la barra y marco los tres dígitos del servicio de emergencia mientras que Santurtzi tomó el trapo manchado y lo aplicó con fuerza a la herida del cantinero.

—Vamos, viejo, que aún te debo par de pesos. Y sabes que me endiabla deberle a la gente —dijo Santurtzi. Antonio hablaba con alguna operadora y trataba de explicarle lo que había sucedido.

—N-no deberías coger fiado, entonces. Mago de mierda —respondió Cheo esforzando su voz. Ahora Antonio trataba de explicarle a la operadora dónde se encontraban.

—Trata de no hablar…

—¿Por qué carajo no?

—No sé. Es lo que siempre dicen en las películas.

—Vete a la mierda, entonces. ¿No sabes ningún hechizo de sanación?

—Sabes que no funciona así, Cheo.

—Bah. Magia de cumpleaños es lo que practicas…

Una ambulancia llegó al local. Las luces rojas y amarillas alumbraban el salón mientras entraban dos paramédicos con una camilla en ruedas. Llegaron hasta donde estaba Cheo y lo colocaron cuidadosamente en la camilla. Comenzaron a inyectarle agujas conectadas a bolsas trasparentes llenas de algún líquido.

—Ya está en buenas manos. Vámonos antes de que llegue la Policía —dijo Santurtzi.

Antonio lo siguió sin objeciones: no quería involucrarse con la Policía, aunque le pareciera que estaba mal de su parte no quedarse para explicar lo que había ocurrido.

Caminaron por la misma calle en la cual había aparecido el auto negro. Antonio notó los vecinos que salían de sus casas para saber qué había ocurrido en la barra de la esquina. Escuchó lo que comentaba la gente:

—… tan tranquila que era esta calle…

—… algo habrá hecho…

—… no se puede vivir aquí ya…

—… ¿Qué pasó?…

Luego de pasar el gentío, llegaron a la esquina de la calle. Santurtzi dobló a la izquierda, por la avenida principal del sector. Allí la vida seguía su curso normal, como si nada hubiera pasado a sólo una cuadra.

—¿Adónde vamos? —dijo Antonio.

—A ver a los cacos que nos dispararon.

Antonio paró de repente.

—No quiero ver a esa gente más. No sé cómo sobrevivimos ahorita, pero no voy a probar mi suerte de nuevo.

—Nada de suerte, Guaynabo. Nada te pasará mientras andes conmigo.

—¿Qué me dices de Cheo, entonces?

—No andaba conmigo.

—¿Para qué me necesitas de todas formas? Ni pude moverme cuando comenzaron a disparar. Además, ¿cómo carajo estamos vivos?

—Hechizo de protección.

—No. De veras. Dime. Porque no me explico cómo fallaron de tan cerca.

—Ya te dije. Mira, es algo que crees o no. Me es útil que no creas. Por eso te elegí de asistente.

—¿Me elegiste? Creo que nadie en el mundo había visto ese anuncio tuyo.

—Excepto tú. Tienes razón. No quiere decir que no te elegí.

—No comprendo nada de lo que me has dicho.

—No te preocupes: estoy acostumbrado.

—Aún no me has contestado: ¿Cómo sobrevivimos la balacera?

—Ya te dije. Magia.

—La magia no existe, Santurtzi.

—Para ti, no. No te puedo explicar, Guaynabo. Es como si le fueras a explicar a un cavernícola cómo funciona una computadora. Aunque, ahora que lo pienso, probablemente ni tú mismo sabes. Con el tiempo, es posible que comprendas algunas cosas. Por ahora, sigue mis instrucciones y observa.

—Es que… tengo miedo.

—No te culpo. Todo saldrá bien, ya verás. Confía en mí.

Por alguna razón que Antonio jamás podría definir, confió en Santurtzi y lo siguió.

Llegaron a una casa pequeña de un solo piso, color azul y blanco. Una bandera estadounidense decoraba la parte superior de la puerta en el balcón encerrada por rejas.

—Gatos que quieren ser perros —comentó Santurtzi.

—¿Qué?

—Doña Angelita vive aquí. Parte de una familia estadista que se hartan de pastelillos, pero no sabrían traducir la palabra al inglés.

—¿Y tú sabes?

—¡Claro que no! Soy Santurtzi, no Guasington —dijo, indignado. Luego gritó hacia la casa—. ¡Angelita! ¡Abre, que es Santurtzi!

Luego de unos momentos, se escuchó como alguien se movía por la casa.

—¿Qué quieres, demonio del diablo?

—¿Así recibe a sus vecinos? Necesito hablar con su nieto.

—No está.

—Sé que no está. ¿Le va a negar a su vecino un café, doña Angelita?

—Tú no eres vecino de nadie, Santurtzi. Nada bueno pasa alrededor tuyo.

—Eso no es cierto, Guaynabo —comentó Santurtzi—. La vieja está senil.

—No podría sospechar por qué diría tal cosa… —contestó Antonio.

—Calla —le dijo a Antonio. Luego, gritó a la puerta otra vez—. Bien sabe usted que soy vecino de todos los santurcinos, doña Angelita. ¿O es que acaso se le olvidó quién consiguió comida, agua, hielo y electricidad en el último huracán? Aquella vez no se quejó de mi presencia…

—Está bien, está bien. Entra, engendro de Satanás. Te tomas el café y te vas al cara… —doña Angelita se interrumpió al ver que Santurtzi no estaba solo—. ¿Asistente nuevo? ¿No aprendiste con lo que le pasó a la última? ¿Cómo se llamaba?

—Mirella —dijo Santurtzi, de repente solemne—. Apreciaría mucho si no la mencionamos, ¿sí?

Doña Angelita abría el candado del portón mientras hablaba con Santurtzi.

—Ay, m’ijo, no sabes en lo que te has metido. Yo tú, salgo corriendo ya. Nada bueno te puede pasar junto a este… hombre.

—No lo asuste más, doña Angelita. No ha sido un día placentero.

—Debería estar asustado. Las cosas que le pasan usted…

—Ángela María Escobar Mendoza —dijo Santurtzi—. Calle. Todo se le revelará a Antonio en el momento preciso. No antes.

El tono de la voz de Santurtzi cambió abruptamente. Le recordaba a Antonio a su madre cuando estaba enojada y quería dejarle saber que lo que decía era en serio.

—Pasen, en lo que les hago el café —dijo doña Angelita, como si la hubiera regañado.

Los dos hombres entraron en la casa y se sentaron a la mesa del comedor. Era una mesa plegable con una superficie de vinilo. En el centro de la mesa había un queso blanco dentro de un frasco de cristal con una base de madera. Doña Angelita se esmeraba en la cocina, que compartía el cuarto con el comedor.

—Este café es especial: de Louisiana. Hecho con chícori —dijo doña Angelita.

—Si alguna vez te atreves a prepararme un café con eso, te despido, Guaynabo —murmuró Santurtzi.

—¿Qué es chícori? —preguntó Antonio, en voz baja.

—Madera. Los gringos no saben nada de café.

Doña Angelita les sirvió el café y sentó a la mesa con los dos hombres.

—¿Para qué quieren a Luisito? —preguntó la señora.

—Necesito hablar con él —respondió Santurtzi.

—¿Qué hizo ahora? Mire que he tratado de criar a ese muchacho, pero salió demasiado al padre…

—No le voy a mentir, doña Angelita. Luisito tiene amistades peligrosas. Da la casualidad que necesito hablar con una de esas amistades.

—¡Ay, Dios santo! No le vaya a hacer daño, Santurtzi. Ese muchacho salió virao, pero es lo único que queda de su madre.

—Haré lo posible, pero mucho depende de él mismo. No hace media hora que nos cayó a tiros frente a la barra de Cheo.

—¡Ay, Jesucristo! —doña Angelita estaba horrorizada por lo que acababa de escuchar.

—Mandó a Cheo al hospital, también.

—¿Está bien?

—No sé. Luego lo visitaré; cuando termine con el asunto este.

—¡Ay, Luisito! Cristo amado, ¿por qué salió así ese muchacho?

Santurtzi miró a Antonio y puso los ojos en blanco. Parecía poco dispuesto a comprender la angustia la vieja.

—¿Y qué pretende hacerle usted a Luisito? —dijo doña Angelita.

—Nada. Sólo necesito que me diga dónde está el Chango Blanco.

En eso, un auto negro se detuvo frente a la casa de doña Angelita y dejó una persona en la entrada. Antonio reconoció el pañuelo y las cadenas del hombre que les había disparado apenas media hora antes. El hombre entró en la casa y, tan pronto vio quién estaba con su abuela, desenfundó una pistola que guardaba en la cintura de su mahón.

—Tranquilo, Luisito —dijo Santurtzi. No mostraba ninguna preocupación por el arma de fuego apuntada a su cabeza—. Sólo vinimos a hablar.

—¡Luisito! ¡Saca esa… cosa de aquí! —gritó doña Angelita—. Estás en mi casa, por el amor a Dios.

—Vieja, estos hombres son peligrosos. ¿Qué hacen aquí? —preguntó Luisito.

—Tomando café y esperándote —contestó Santurtzi.

—Váyanse antes de que les pegue par de tiros. Tienen suerte que está la vieja aquí.

—Necesito hablar con el Chango y sé que sabes dónde está.

—No sé de qué hablas. ¡Salgan!

—Puedes apuntarme todo lo que quieras con eso, pero no nos vamos hasta que me contestes.

Luisito estaba desconcertado. Al no funcionarle su amenaza y no estar dispuesto a dispararles a los visitantes frente a su abuela, no tenía idea de cómo proceder.

—Vamos, Luisito. Sólo necesito hablar con el Chango. No entiendo por qué me tiene tanto miedo, si sabía que este día llegaría. Se lo dije desde el principio.

—No sé de qué hablas.

—Tengo problemas con eso, sí. Casi nadie sabe de lo que hablo. ¿Dónde está el Chango?

—Abuela, enciérrate en el cuarto.

—Luisito, esta es mi casa. Aquí no vas a comportante como un matón de la calle —dijo doña Angelita.

—Este Santurtzi nos va a causar más daño si sigue aquí. Si el Chango se entera de que está aquí, nos mata a todos aquí mismo. Enciérrate en el cuarto.

—Que no, te he dicho, muchacho del diablo. ¡Vete de aquí!

—Pero, abuela…

—¡Que te vayas!

Luisito pausó por un segundo. Luego, bajó su arma y salió de la casa. Tan pronto cerró la puerta, la vieja comenzó a llorar.

—Mira que traté, Dios mío. Mira que traté… —sollozaba doña Angelita.

—Cada cual escoge su rumbo, Angelita —dijo Santurtzi—. Uno hace lo mejor que puede, pero al final ellos escogen cómo vivir.

—Déjame en paz, Santurtzi. Nada bueno pasa alrededor tuyo.

—Curioso, eso —dijo Santurtzi y se levantó del asiento—. Ven, Guaynabo. A ver si Luisito está más dispuesto a ayudarnos.

—Pero, sigue armado, Santurtzi —contestó Antonio.

—Calla. Ven.

Ambos salieron a la calle, mientras doña Angelita se quedó llorando sobre su café.

Santurtzi se apresuró a caminar detrás de Luisito.

—¡Luisito! ¡Espera!

El muchacho se detuvo y se volteó para hacerle frente a Santurtzi, que también detuvo su marcha.

—Ya no estamos en la casa de la vieja —dijo Luisito desenfundando el arma nuevamente.

—No haría eso, Luisito. Viste que la ametralladora no te funcionó. ¿Qué te hace pensar que esa porquería tendrá más efecto?

—Fue suerte, nada más.

—Sabes que no. Has escuchado lo que dicen de mí por ahí, ¿no?

Luisito guardó la pistola en sus pantalones.

—No puedo decirte dónde está Chango —dijo Luisito—. Me mataría.

—Dile que quiero reunirme con él, entonces. Dile que puede escoger el lugar y todo.

—¿Y me dejarías en paz?

—Por supuesto. Fíjate que no he hecho nada en contra tuyo. Sólo he querido platicar.

—Bien. Se lo diré. Pero no te quiero volver a ver.

—Tienes mi palabra de honor.

—Bah.

Santurtzi agarró a Antonio por el brazo y le dijo que caminara con él. Iban en dirección contraria de Luisito. Viraron por una calle y Santurtzi se detuvo.

—Vamos a darle uno o dos minutos, para que se crea que no lo seguimos.

—¿No le prometiste que lo dejarías en paz?

—Dije que no me volvería a ver. Hasta la fecha, eso sigue siendo cierto. Ahora, calla —dijo Santurtzi y cerró los ojos, como si tratara de recordar algo. Tal vez, concentrarse en algún pensamiento, pensó Antonio.

—Vamos —dijo Santurtzi, al abrir los ojos de repente. Le hizo una señal con la mano a Antonio para que lo siguiera.

Pasaron frente a la casa de doña Angelita y luego en dirección hacia donde Luisito se había ido. Santurtzi caminaba como si supiera exactamente hacia donde iba, pero Antonio no veía rastro del muchacho. Caminaron dos cuadras hacia el norte, luego tres hacia el este hasta llegar a un edificio de oficinas de diez pisos. Sólo había una ventana alumbrada, en el sexto piso.

—Vamos a esperar aquí —dijo Santurtzi enseñándole a Antonio una esquina en el estacionamiento de un edificio contrario.

—¿Por qué hacemos todo esto? —preguntó Antonio—. Hemos arriesgado nuestras vidas y aún no sé cuál es la razón. ¿Quién rayos es el Chango Blanco?

—Es difícil de explicar…

—No voy a dar un paso más sin saber qué sucede —interrumpió Antonio.

—Bien, bien. ¿Has escuchado el reggaetón?

—¿Quién no? Ya no se puede encender el radio sin escucharlo.

—Pues, el Chango es como el dios de ese tipo de música.

—El Dios.

—Exacto.

—Estás loco. Me voy.

—Espera. Déjame explicar. Mira, cada movimiento musical tiene como un representante. En este caso, el Chango Blanco es el que representa el reggaetón.

—Jamás he escuchado de él. ¿Tiene algún disco? ¿Se inventó ese tipo de música?

—No, no. Movimientos así surgen sin control. Es como la mala hierba: cuando encuentra terreno fértil, nadie la puede parar. Sucede lo mismo con la música. Hay personas que están más receptivas a la música desde sus comienzos. La dirigen, se podría decir.

—¿Y eso los hace dioses?

—Más o menos. Digamos que les dan mucho poder para influenciar a los que escuchan la música. Sin embargo, llega un punto en todo movimiento en que saturan la conciencia de la comunidad. Como le ha sucedido al reggeatón. ¿Recuerdas que antes apenas se escuchaba? Era casi prohibido.

—Casi diez años atrás, sí.

—Exacto. Hoy día no duran mucho más de diez años. Le sucedió lo mismo al merengue, a la salsa, la trova, los tríos…

—Me quieres decir que cada tipo de música tiene un dios, como el supuesto Chango.

—Sí. Y hay uno para lo que vendrá luego. En este caso, el que va surgir ahora me ha contratado para dejarle saber al Chango que su tiempo se ha acabado. Es hora de que se salga del trono.

—¿Por qué no lo hace el que viene? ¿Para qué contratarte?

—Porque los dioses me escuchan. Saben que lo que yo les digo es cierto.

—El Chango este no parece querer escucharte.

—Sí. Lo ha tomado muy mal. El poder nubla la razón, supongo.

—¿Qué pasaría si no se lo notificas?

—Eventualmente, el sucesor triunfa. Nadie puede impedirlo. Pero podría ser más violenta la transición. ¿Recuerdas las peleas entre los cocolos y los rockeros en los setentas?

—Er, no.

—¿Qué les enseñan a ustedes en la escuela?

—Matemática, Español, Historia… nada de teorías musicales esotéricas.

—Por eso esta sociedad está así. Bueno, en los setenta, las fuerzas musicales del rock y de la salsa se enfrentaron. Causó una ruptura social. Había peleas entre los dos bandos. No fue hasta que me involucré que lograron legar a un acuerdo. Para ese tiempo, no pensaba que la magia dentro de la música fuera tan importante. Pero ese caso me ayudó a comprender ciertas cosas.

—¿Cómo qué?

—Que hay poder en la música. Mira, Luisito va a salir. Aprovechemos para colarnos en el edificio. Sígueme y no hables por nada del mundo.

—Pero…

—Calla.

Los dos hombres se acercaron al portal del edificio. Estaban justo frente a Luisito, quien salió sin notarlos. Santurtzi agarró la puerta antes de que cerrara y la mantuvo abierta para que Antonio entrara. Luisito se marchó sin tan siquiera mirar hacia atrás.

Solos en el vestíbulo del edificio, Antonio se atrevió a comentar:

—¿Cómo no nos vio?

—Dije que jamás me volvería a ver. Y así es.

—No me digas: ¿magia?

—Estás aprendiendo, Guaynabo.

Entraron en el ascensor y Santurtzi apretó el botón para el piso 6. Al abrir las puertas, se encontraron en un pasillo alumbrado con luces fluorescentes. Al final del pasillo había una puerta enorme de madera que le parecía sumamente lujosa a Antonio. Santurtzi tocó en la puerta. Segundos después un hombre alto y corpulento abrió.

—Soy Santurtzi. Te aconsejo que nos dejes entrar. Necesito hablar con el Chango.

—No quiere recibir a nadie. Váyanse —dijo el hombre. Parecía un bouncer de discoteca.

—Ya importa poco lo que quiera. Chango sabe muy bien que debe verme.

—No los voy a dejar entrar.

El guardaespaldas alzó su brazo para golpear a Santurtzi. Al tirar el puño se detuvo bruscamente a centímetros del rostro de Santurtzi, quien había alzado su mano derecha, como si señalara que parara. Santurtzi cerró el puño de repente y lo viró hacia arriba. El guardaespaldas dio una vuelta en el aire y cayó al suelo, inconsciente. Antonio permaneció boquiabierto al ver lo que había sucedido.

—¿Cómo…?

—No hagas preguntas tontas, Guaynabo. Ven.

Entraron en la oficina del Chango Blanco. Era inmensa, decorada con discos de oro. Había televisores gigantescos que proyectaban videos de diferentes cantantes de reggaetón durante diversos conciertos. Al fondo del cuarto estaba el escritorio de el Chango. Parecía la sala de un tribunal.

—¡Chango! Se acabó esto —dijo Santurtzi mientras caminaba hacia el escritorio que parecía estar vacío.

—¡Vete de aquí, Santurtzi! Todavía tengo poder. No me puedes sacar —dijo una voz adolescente que parecía emanar detrás del escritorio, sin dueño. Luego, un muchacho que parecía no tener más de catorce años caminó hasta el frente del escritorio. Tenía una camisa de un equipo de baloncesto profesional, cadenas de oro, unos mahones dos veces de su tamaño y tenis blancos.

—No tengo que sacarte, Chango. Tú sabes cómo funciona. Trata de conservar un poco de dignidad.

—El género se escucha dondequiera. Estamos en la cima. No se ha acabado.

—Bien sabes que esa misma popularidad es la que los mata. Madres, padres y hasta abuelos saben las canciones. Es un circo ya. Es parte de la cultura… se les perdió el corazón, el coraje.

—¡No!

—¡Basta, Miguel García! El trono se pasa a tu sucesor.

Antonio se mareó justo en el momento en que Santurtzi dijo la palabra basta. Cerró los ojos por un momento y se agarró el estómago. Sintió alivio segundos después. Al abrir los ojos se dio cuenta de que la oficina había cambiado: estaba completamente vacía. Los televisores, el escritorio y todas las decoraciones no estaban ya. Sólo permanecía Santurtzi, el Chango y él.

—¡No! —lloró el Chango. Cayó de rodillas al suelo.

—Pudiste haberte ido con un poco de dignidad —dijo Santurtzi—. Pero, no. Querías quedarte con todo. Ahora, te jodes. No habrá nada para ti: sólo las memorias de lo que fue el Chango Blanco. Ahora serás Miguel García, nada más. Para desgracia tuya, tendrás una larga vida.

De repente, Santurtzi miró a su lado izquierdo, como si hubiese visto a alguien.

—¿Cheo? —dijo Santurtzi. Aún miraba hacia su lado izquierdo—. Ah, mierda… ¿Estás seguro?… Bueno, podrás ver ahora, pero no tienes ninguno de tus otros sentidos… Es como tú quieras, Cheo. Te podrás ir cuando gustes.

—¿Con quién hablas? —preguntaron al unísono Antonio y Miguel.

—Con Cheo. Murió unos minutos atrás. Dice que te hará compañía por un tiempo, Miguel. Si te queda algo de sentido común, aprenderás a escucharlo.

—¿Quién es Cheo? —preguntó Miguel.

—El de la barra de la esquina. Tu matón, Luisito, lo mató cuando me disparó.

—¿Y cómo me hará compañía, entonces?

—Su espíritu. Lo podrás ver pronto; aún no se ha acostumbrado a su nuevo estado. Dice que le gusta poder ver: era algo que nunca pudo hacer en vida. Buen hombre, Cheo. Yo te haría la vida imposible, si me hicieras lo mismo.

—¿Lo podré v…? Ah, sí. El viejo de la barra. Mire, no fue mi intención… Sí, pero es que en realidad no soy… Bueno. Vayamos a ver un amanecer, entonces. Te gustará.

Miguel salió de su antigua oficina. Aún hablaba con alguien que Antonio no podía ver.

—¿Murió el viejo de la barra? —preguntó Antonio.

—¿No prestabas atención, Guaynabo?

—Sí, pero es que…

—No entiendes —completó Santurtzi—, ya sé. Ya te acostumbrarás. Tal vez aprenderás a ver ese tipo de cosa con el tiempo. Vámonos de aquí. Ya es hora de dormir.

—Son las seis de la mañana.

—Por eso. ¿Cómo llegarás a tu casa, Guaynabo?

—Er, no sé. No tengo más que dos centavos…

—¿De veras? Verifica bien tus bolsillos.

Antonio vaciló antes de meter la mano en el bolsillo. Sacó un rollo de billetes y los contó.

—¡Doscientos dólares! Pero ¿cómo…? —vio la sonrisa de Santurtzi y calló—. Ya sé: magia.

—Tienes madera para esto, Guaynabo. Toma un taxi a tu casa. Haz una compra para que no te mueras de hambre en el fin de semana. ¿Puedes llegar temprano al apartamento el lunes? Como a la una.

—¿De la mañana?

—No, tonto. Después del mediodía. Nada bueno pasa antes.

—Es que dijiste temprano…

—Trabajo con otro itinerario, Guaynabo. Toma la llave. Lo primero que debes hacer al llegar es preparar café.

Santurtzi caminaba hacia su apartamento mientras Antonio esperaba un taxi. El sol se asomaba en el horizonte. Se podía escuchar el cantar de los gallos y se podía oler la brisa del mar.

—Oye, Santurtzi —dijo Antonio. Santurtzi se volteó hacia él.

—¿Sí?

—¿Cuál será el movimiento musical nuevo?

—No lo vas a creer. Bachata. Hay cosas que ni yo puedo explicar —dijo con una sonrisa y siguió su camino.

Antonio paró un taxi que pasaba y se montó en el auto. Camino hacia Guaynabo, miró la llave que aún tenía en la mano.

—Mejor que trabajar en una oficina, supongo —murmuró sonriendo.

Fin

¿Pagarías por un buen cuento? Poco a poco, los artistas aprendemos a independizarnos de los métodos tradicionales de exposición y remuneración. Antes, para ganar algún tipo de compensación por un escrito, el autor tenía que venderle los derechos de publicación a una editorial o periódico. Es un método que aún funciona para autores reconocidos. Sin embargo, luego de leer experiencias de otros artistas en diferentes medios, he decidido experimentar con estos métodos alternos de compensación. Inmediatamente después del cuento, encontrarás un botón para dejar un donativo. Si deseas, haz clic y sigue las instrucciones provistas. Si no, pues no pasa nada. Lee el cuento y compártelo con tus amigos si te gusta.


VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 9.8/10 (9 votes cast)
Share

Ahora los policías inventan leyes

Anoche hubo un asesinato en la avenida Eduardo Conde en Santurce. Es el tercero o cuarto en una semana, por cierto. Ninguno en una barra.

Brian Gandía Betancourt fue asesinado anoche, cerca de la entrada del supermercado Linares, en la avenida Eduardo Conde en Santurce, informó la Policía.

De acuerdo con la investigación preliminar de la Uniformada, Gandía Betancourt bebía un jugo cuando se le acercó un hombre y le disparó varias veces, hiriéndole mortalmente.

Lo interesante del caso es esto:

Vecinos que hablaron a condición de que no se les identificara manifestaron anoche indignación porque presuntamente la Policía no dejó que una ambulancia se acercara a donde estaba tirado Gandía Betancourt, por lo que un paramédico tuvo que caminar decenas de metros para comprobar si estaba vivo o muerto.

Parece que alguien grabó lo que sucedió, porque la Policía trató de incautar un video.

El reclamo culminó en un incidente en el que varios agentes de la Policía exigieron al director de documentales y operador de cámara, Leandro Fabrizi Ríos, que cesara de tomar vídeos de lo que ocurría.

Fabrizi Ríos filmó desde el techo de las oficinas de la compañía donde labora, Rojo Chiringa, que se dedica a producir audiovisuales y servicios de multimedia. La sede de la empresa queda justo al frente de donde fue asesinado Gandía Betancourt.

Fabrizi Ríos denunció que ocho agentes de la Policía entraron a la sede de Rojo Chiringa y le incautaron la cámara con la que filmó, tras expresarle que lo que grabó era ilegal.

Un agente le dijo a Fabrizi Ríos que le devolvía la cámara, pero que tenía que borrar lo grabado, lo que él rechazó.

Tras la intervención de varios abogados la Policía le devolvió la cámara a Fabrizi Ríos.

Me enteré de lo que pasó en Rojo Chiringa anoche, al ver el estatus de Facebook de algunos compañeros.

Gabriel Coss
La policía se metió en Rojo Chiringa, por la fuerza! Dicen que grabar una escena donde hubo un crímen es un crimen, aún estando en nuestra propiedad. Intentaron quitarnos nuestras cámaras por la fuerza, argumentaron que no había que llamar abogados para nada. Estuvimos más de una hora con los guardias dentro de la oficina. Finalmente hay abogados en la escena. Ya verán en las noticias. Atentos!

Sin embargo, aparte de la nota en El Nuevo Día, no se ha mencionado este suceso. Los noticieros hablan del asesinato y los visuales muestran la Fuerza de Choque, pero nada del incidente en Rojo Chiringa. Creo que los mismos policías no entienden cuál es su rol en la sociedad. Les hemos dado autoridad para asegurarnos de que se cumplan las leyes, pero en ningún momento les hemos dado permiso de romper la ley. Al parecer, se creen que tienen mano libre ultimamente.

Editado: El Vocero también ha escrito acerca del incidente.

Editado 5:05 p.m.: El canal 4 por fin menciona la noticia.

Editado 6:30 p.m.: El canal 11 no menciona nada.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0.0/10 (0 votes cast)
Share