El tiempo que sucede a la vez

Eddie Van Halen

Es una tarde de 1987; tal vez, 86, 88 u 89. No recuerdo la fecha muy bien. Escucho “Eruption”, el famoso solo de Edward Van Halen. Cerca del final de la muestra de virtuosismo en la guitarra eléctrica hay una serie de notas que visualizo como una cascada auditiva. Es un solo de guitarra, por tanto, nadie canta; sin embargo, algo en esa música me saca una lágrima. No creo que sea de tristeza, ya que no lo estoy en ese momento; es como si no lograra contener las emociones que la música me provoca. Es una erupción de emoción.

Tampoco recuerdo cómo fue que conocí su banda de rock, pero procedí a conseguir toda la discografía disponible en ese momento. Probablemente, comencé la colección con 1984 y de ahí el disco epónimo Van Halen, en el que se encuentra “Eruption”. Ahora que lo pienso, tal vez conseguí el segundo disco, Van Halen II, primero. Sé que, en poco tiempo, pude obtenerlos todos. Leía cuanta entrevista había disponible en las revistas, sea de música, sea de guitarra. Incluso, compraba las revistas que mostraban cómo tocar sus canciones…, a pesar de no tener guitarra, ni haber tocado una jamás. En la escuela superior, mis compañeros roqueros siempre tenían una banda y guitarrista preferidos: uno era fan de Stryper (¡Wepa, Miguel Ayala!), otro de Iron Maiden (¡Ey, Carlos Font!) y así por el estilo. Yo, por supuesto, era fanático de Eddie. Las discusiones juveniles acerca de quién era el mejor no faltaban, aunque era difícil argumentar qué guitarrista era mejor que Eddie porque el tipo era otra cosa.

Decía eso en ese entonces y, aunque es una visión juvenil y mal informada (en ese momento, ni guitarra tocaba) tenía algo de razón. Hoy día no lo digo yo; basta con leer los obituarios escritos por músicos desde que murió el maestro para darse cuenta de que Edward cambió la manera en que se toca el instrumento.

Luego de graduarme de escuela superior, mis gustos musicales fueron cambiando poco a poco. Además de interesarme en la música que había influido a Eddie, fui explorando la música de otros virtuosos. En cierta manera, comenzaba a darme cuenta de que la letra de las canciones de Van Halen realmente no estaban a la altura de la música de su guitarrista, al menos, para mi criterio.

Pronto moriría ese estilo de música y daría paso a bandas como Nirvana y Pearl Jam, cuya musicalidad y profundidad literaria me apelaban. Ya fuera del País, buscaría reconectar con los sonidos del Caribe y me lancé a explorar en la Salsa, pero esa es otra historia. La cuestión es que pasaron los años y, aunque siempre sentí admiración por la música de Eddie, dejó de interesarme. Ni escuché los últimos dos discos que lanzaron y cuando tocaron en el José Miguel Agrelot en 2004, no fui. Hacía años que ni pensaba en eso, hasta unos meses atrás, mientras navegaba en Twitter. Vi que el hijo de Eddie había publicado una foto de su padre tomándole otra foto a un fanático de otra banda. El muchacho le había pedido a Eddie que le tomara una foto, sin saber a quién se la pedía. Me pareció cómico y muy a tono con la personalidad del virtuoso, que siempre parecía mantener un aura de travesura juvenil. Miré las cuentas de ambos, pero no había mucho que ver. Me alegré de que parecía estar contento con su vida.

Unas horas atrás, ya tres días después de la muerte de Eddie, me puse a escuchar las viejas canciones que tanto me habían gustado cuando adolescente. Escuché “Eruption” otra vez y me transporté a ese momento en el siglo pasado con un taco en la garganta y sin poder contener las lágrimas. Como si en aquel momento adolescente hubiese sentido la tristeza que siento hoy de cuarentón al saber que el ídolo de entonces ya no está. Como si el tiempo sucediera todo a la vez, como dicen los filósofos.

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